Comentario – Martes XIV de Tiempo Ordinario

(Mt 9, 32-38)

Los que envidiaban a Jesús y querían manchar su imagen para evitar la admiración de la gente, ya no sabían qué decir frente a los prodigios que Jesús realizaba, sobre todo porque liberaba a la gente de sus males más profundos, que para los judíos eran “demonios”, por el poder del mismo jefe de esos demonios: Satanás.

Pero Jesús indica que si él mismo fuera el jefe de los demonios, entonces ellos estarían en guerra unos con otros, y así se destruirían, ya que ningún reino puede subsistir en la división.

Es el poder de Dios el que actúa en Jesús para liberar a la gente de sus demonios, es la gloria de Dios la que se manifiesta en todos sus prodigios.

Y Jesús explica que hacen falta instrumentos de Dios, personas dispuestas a dejarse llevar por Dios para ayudar a la gente a liberarse de sus angustias.

Pero para eso, los instrumentos elegidos tienen que aprender a mirar a los demás con la mirada de Jesús, que es capaz de compadecerse de corazón al ver a los que sufren sin tener quien los auxilie.

Por eso, cuando alguien está padeciendo, sin poder resolver sus necesidades más urgentes, no es porque Dios no desee liberarlo, sino porque alguno de los instrumentos humanos que podrían ayudarlo no está escuchando el llamado de Dios o no está cumpliendo con su función, o porque la misma persona angustiada no quiere utilizar los medios necesarios que Dios le da para salir adelante.

Oración:

“Señor, tú conoces el egoísmo que reina muchas veces en este mundo, donde cada uno parece buscar sólo su propio interés. Ven Señor a reinar un poco más en esta tierra, para que cada uno haga lo que esté en sus manos para aliviar los males ajenos y así pueda nacer un mundo de justicia y de paz”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día