Lectio Divina – Viernes XIV de Tiempo Ordinario

1.-Oración preparatoria.  

Dios mío, te agradezco que me hables claro, que me digas desde el principio que el ser cristiano no es fácil, conlleva dificultades, persecuciones y, en algún caso, la misma muerte. Nada, por otra parte, que no haya sucedido a Jesús. Y el discípulo no puede ser de mejor condición que el maestro. Pero la causa de Jesús nunca fracasa porque la muerte siempre termina en vida. Señor, que aún en medio de mis dificultades, jamás pierda la esperanza.

2.- Lectura reposada del evangelio: Mateo 10, 16-23

Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero ¡cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles. Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis: en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo; se rebelarán los hijos contra sus padres y los matarán. Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el final, se salvará. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra. En verdad os digo que no terminaréis con las ciudades de Israel antes de que vuelva el Hijo del hombre

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión

Os envío como ovejas en medio de lobos. Estas palabras de Jesús sólo pueden entenderse a la luz de los profetas. Isaías había anunciado para los tiempos mesiánicos cosas admirables, lo nunca visto: “Entonces, el lobo y el cordero irán juntos; y la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león engordarán juntos… un niño jugará en la hura del áspid” (Is. 11,6-8). Ahí vemos, con toda naturalidad, habitar juntos un animal doméstico con un animal salvaje.  El animal pacífico domesticará al salvaje. Todo lo salvaje y bestial del hombre será domesticado por la fuerza del amor. El bien se apoderará del mal. La vida será un juego, un bonito juego donde nadie sospechará de nadie; nadie se sentirá extraño ni peregrino; todos se sentirán amigos y hermanos; todos se darán las manos en una maravillosa danza de amor y así con las manos enlazadas, nadie tendrá ya las manos libres para hacer el mal y estando las manos enlazadas, ya no quedarán manos pidiendo una limosna. Los primeros cristianos lo tenían todo en común y no había necesidades entre ellos. Cuando se comparte, aunque sea poco, llega a todos.

Palabra del Papa

Estas palabras del evangelio nos hacen comprender que en las pruebas aceptadas a causa de la fe, la violencia es derrotada por el amor, la muerte por la vida. Para acoger verdaderamente a Jesús en nuestra existencia y prolongar la alegría de la Noche Santa, el camino es precisamente el que indica este Evangelio. Es decir, testimoniar a Jesús en la humildad, en el servicio silencioso, sin miedo a ir contracorriente y pagar en persona. Y, si no todos están llamados, como san Esteban, a derramar su propia sangre, a todo cristiano se le pide, sin embargo, que sea coherente en cada circunstancia con la fe que profesa. Es la coherencia cristiana. Es una gracia que debemos pedir al Señor. Ser coherentes, vivir como cristianos. Y no decir ‘soy cristiano’ y vivir como pagano. La coherencia es una gracia que hay que pedir hoy (Angelus de S.S. Francisco, 26 de diciembre de 2014).

4.- Qué me dice a mí este texto que acabo de meditar. (Silencio)

5.- Propósito: Al que me ponga mala cara o esté enfadado, yo le devolveré una sonrisa.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, me encantan los sueños de los profetas. Son gente maja: audaces, creadores, alegres, personas llenas de ilusión y de esperanza. Hoy más que nunca necesitamos profetas que anuncien con sus palabras y, sobre todo, con el testimonio de su vida, que un mundo nuevo es posible; que vale la pena luchar por un mundo más humano, más unido. Que todavía caben las utopías y aún nos es lícito soñar. !Gracias, Señor!

Comentario – Viernes XIV de Tiempo Ordinario

(Mt 10, 16-23)

Jesús anuncia los conflictos que deberán sufrir los discípulos porque el mensaje del evangelio no siempre es bien recibido, provoca resistencia en los corazones aferrados al mal y a sus propios proyectos egoístas.

En el v.16 usa símbolos de animales para indicar la actitud de los cristianos en medio del mundo hostil. Deben reconocer que son como ovejas en medio de lobos, por lo cual deben estar atentos pero no responder al mal con mal; algo semejante se quiere expresar en la invitación a ser astutos como las serpientes pero sencillos como las palomas.

Hay que estar dispuestos a llegar hasta dar la sangre a causa de la oposición del mundo; pero eso no significa que haya que ofrecerse como víctima sin necesidad.

El Señor no anula las capacidades de sus discípulos, que deben usar su astucia para intentar liberarse del poder del enemigo, y que deben saber huir a tiempo, de quien pueda destruirlos de distintas maneras.

Dios acepta con amor la ofrenda de sus hijos que entregaron su vida con amor en el martirio por no negar su fe; pero no se goza en la destrucción inútil de sus hijos amados cuando podría ser evitado.

Por eso los grandes maestros espirituales siempre han enseñado que el martirio es un don que Dios da, pero nunca un sacrificio que deba ser buscado o provocado. Ni siquiera debe ser pedido temerariamente. La vida es un regalo divino que debe ser cuidado y nunca expuesto inútilmente.

Esto, que vale para la entrega total, vale también para otras entregas que Dios puede pedir a sus hijos, pero que sólo tienen sentido si es él quien las pide. Porque si él las pide, entonces él mismo da la gracia necesaria para cumplirlas.

Oración:

“Señor, que quisiste que diera testimonio de ti, en medio de un mundo que a veces rechaza tu mensaje y prefiere que todos vivan según sus criterios. Concédeme la astucia necesaria para no caer en las redes del mundo, pero también un corazón sereno que no responda con violencia”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La misa del domingo

Luego de la muerte del rey Salomón (X a. C.) el pueblo de Israel sufre una división. Al sur las tribus de Judá y de Benjamín mantienen el templo de Jerusalén como único lugar de culto, mientras las diez restantes tribus de Israel acuden a un templo en Betel.

Un siglo después Dios elige a Amós como mensajero suyo (1ª lectura) y lo envía a Betel diciéndole: «Ve y profetiza a mi pueblo Israel». Su anuncio no será bien recibido. Amasías, sacerdote del templo de Betel, lo conmina a volver a su tierra diciéndole: «Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en Betel».

También “los Doce” son elegidos y enviados por el Señor Jesús, el Hijo de Dios. Él los reviste de autoridad antes de enviarlos. Esta autoridad divina delegada a los apóstoles por el Señor les confiere derecho de actuar con total libertad de acción, en Su Nombre y con poder para expulsar demonios y curar enfermos.

A “los Doce” los fue enviando «de dos en dos», no sólo para ayudarse y acompañarse mutuamente, sino para que el testimonio de uno estuviese avalado por otro testigo. Son enviados para «predicar la conversión» debido a la inminente llegada del “Reino de los Cielos” (ver Mc 1, 15).

El Reino de Dios sería inaugurado en la tierra por el Mesías prometido por Dios. La expulsión de demonios así como la curación milagrosa de los enfermos eran signos patentes que certificaban la llegada de los tiempos mesiánicos (ver Mt 11, 2-6; Lc 7, 18-23) y acreditaban a los apóstoles como embajadores del Mesías que venía detrás de ellos.

En las indicaciones del Señor a sus apóstoles de no llevar ninguna provisión para el camino hemos de ver una invitación a la confianza total en Dios, en su providencia y asistencia divina. Esta providencia divina habrá de manifestarse a través de la acogida y generosidad de aquellos que sabrán recibir a los apóstoles y su anuncio (ver Lc 10, 7). “Los Doce” experimentarán que en el fiel cumplimiento de su misión nada les faltará, porque Dios vela por ellos (ver Lc 22, 35). Esta instrucción era dada para aquella ocasión específica y no debe ser vista como una norma general (ver Lc 22, 36).

Este envío será un anticipo de la futura y universal misión de los apóstoles. Es parte de su formación para lo que harán toda su vida: anunciar a Jesucristo, Salvador y Reconciliador del mundo. De este modo quiso Dios asociar a hombres concretos a la realización de sus designios reconciliadores.

En la segunda lectura San Pablo invita a los cristianos de Éfeso a dar gracias a Dios Padre, pues en Cristo «nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales». Gracias al anuncio de la Palabra de la verdad, del Evangelio de salvación, los cristianos hemos recibido gratuitamente un cúmulo inmenso de bendiciones. Este anuncio es esencial para llevar a cabo el proyecto divino de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza», y por aquel mandato apostólico de Cristo resuena aún hoy en la Iglesia y se dirige a todos los bautizados, porque el mensaje de la salvación y reconciliación debe llegar a todos los rincones del mundo, a todos los corazones necesitados del Don de la Reconciliación.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Gracias al testimonio audaz y valiente que los apóstoles y primeros discípulos dieron de Cristo, gracias al fiel cumplimiento de la misión recibida del Señor de anunciar el Evangelio a todos los pueblos, nosotros hemos recibido el don de la fe. «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero!» (Is 52, 7) ¡Y qué enorme bendición que por ellos hemos recibido! Sí, la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el mayor regalo que luego de la vida hemos podido haber recibido, es nuestro mayor tesoro. Y por ello hemos de exclamar continuamente con el Apóstol Pablo: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales… en Cristo».

Quienes hemos recibido el don de la fe, dos mil años después que la gesta evangelizadora se iniciaba cuando el Espíritu divino fue derramado en forma de lenguas de fuego en el corazón de los apóstoles y discípulos reunidos en torno a María el día de Pentecostés, escuchamos también la invitación del Señor: «Gratis lo recibieron; denlo gratis» (Mt 10, 8). En efecto, hoy todos nosotros estamos llamados a comunicar a cuantos podamos el Evangelio que gratuitamente hemos recibido y a hacer llegar sus bendiciones a muchos otros. Quien ha sido alcanzado y reconciliado por Cristo, quien ha recibido el don maravilloso de la vida nueva, se experimenta impulsado a anunciarlo y trasmitirlo a los demás.

En esta tarea de anunciar el Evangelio de Jesucristo no caben excusas. Nadie puede excluirse de esta responsabilidad pensando que “eso les toca sólo a sacerdotes y monjas”, “yo no puedo”, “yo soy incapaz”, “yo no sé hablar”, etc. ¡No! ¡Nada puede ni debe ser obstáculo para anunciar a Cristo y su Evangelio! Y si algún obstáculo encuentra en sí mismo o el mundo que lo rodea, en el Señor y en su Espíritu encontrarán la fuerza, el valor y el arrojo para anunciar a los demás lo que él mismo ha encontrado en el Señor Jesús: el perdón, la reconciliación, una vida nueva, el sentido pleno de la existencia humana, el gozo que nada ni nadie podrá arrebatarle jamás (ver Jn 16, 22). ¡Cuántas veces, cuando superando miedos y cobardías nos lanzamos a anunciar a Cristo y su Evangelio, experimentamos cómo Él habla a través de nuestros labios, nos inspira la palabra oportuna y ablanda los corazones más endurecidos! Sí, cuando confiamos en Él, el Señor actúa en nosotros y a través de nosotros, más allá de nuestras debilidades e insuficiencias. Nada hemos de temer, porque Él estará con nosotros.

Como a los primeros apóstoles, también Él nos acompañará con la fuerza de su Espíritu, con su gracia y con su poder. Así pues, confiemos en el Señor y proclamemos alto y fuerte nuestra fe, para que también muchos otros puedan creer y alcanzar las innumerables bendiciones que Dios nos ha regalado por medio de su Hijo.

Fiándome de tu palabra

 

(Para el camino, Señor,
no llevo oro, ni plata,
ni dinero en el bolsillo
me fío de tu palabra.

Ni tengo alforja con provisiones y repuestos,
que me basta tu compañía
y el pan de cada día.

Túnica, la puesta, sin más,
que no tengo que ocultar nada,
y el frío y el calor se atemperan
cuando se comparten, en familia.

Tampoco llevo bastón,
aunque tú dijiste que podíamos,
pues mis hermanos me sostienen y dan la mano
cuando el camino se hace duro,
y sangro, tropiezo y caigo.

Y sandalias, unas de quita y pon,
abiertas y bien ajustadas,
para evitar callos y rozaduras
en el cuerpo y en el alma,
andar ligero
y no olvidarme del suelo que piso
cuando tu Espíritu me levanta,
me mece libre, al viento,
me lleva y me arrastra.

Eso sí, voy en compañía,
desbordando ternura y paz
regalando salud y buena noticia
y caminando con alegría.

Casi ligero de equipaje,
fiándome de tu palabra,
yo te sigo y…
eso me basta.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XIV de Tiempo Ordinario

La misión a la que son enviados los apóstoles es peligrosa. Muy peligrosa. Jesús no esconde a nadie ni minimiza la suerte que amenaza el destino libremente asumido del seguidor.

La comparación que aquí utiliza es durísima: “Como ovejas entre lobos”… “Lobos” son todos aquellos que, sin asomo de escrúpulo, persiguen, maltratan, amenazan o hacen desaparecer a los portadores del Evangelio. No importa si los “lobos” son los poseedores del poder en este mundo, los gobernantes, los adversarios declarados o, incluso, la propia familia. El ambiente que vaticina es, pues, de gran tensión. En el momento dado, puede inducir a la pérdida de confianza y autocontrol si no se asume una actitud serena y una inquebrantable fe en el futuro.

Ante la persecución, el cristiano no puede sumirse en el pánico y quedar paralizado en el pavor. Atender a las enseñanzas del evangelio supone aprender a confiar en el Espíritu de Jesús que lo conduce por los nebulosos caminos del discernimiento. ¿Qué hacer para no convertirse, a su vez, en lobos, ante sus ataques inmisericordes? Su propuesta se orienta en cuatro direcciones.

Ser sencillos como palomas y sagaces como serpientes. Usar la inteligencia práctica. Decía Chesterton con fino humor inglés que el cristiano al entrar en la iglesia “debe quitarse el sombrero, pero no la cabeza”. Pues eso, simplicidad y astucia ante el adversario. No cabe ni la temeridad, ni la ingenuidad.

Cuidarse de la gente. Que no significa desconfiar de todos, alejarse de las personas, rechazarlas, contraatacarlas, o amenazarlas con castigos de lo alto o de lo bajo… El seguidor sabe distinguir el “juicio temerario” de la “duda metódica”. Ser avisados no es faltar a la caridad. Es, sencillamente, abrir los ojos y analizar lo que de retorcido puede contener el corazón de una persona.

No preocuparse de lo que se ha de decir. Evitar el agobio paralizador generado por el miedo en los momentos de dificultad. ¡Es tan mal consejero! Los sufrimientos son más duros –y peligrosos- de sobrellevar cuando se imaginan que cuando suceden realmente. A cada momento el Espíritu sopla y guía. Nosotros ponemos las velas, Él el viento. También en los peligros.

Huir a otra ciudad, cuando sean perseguidos una. No hay concesión alguna a la temeridad, ni al aventurerismo. La prudencia dicta sortear peligros, esquivar golpes y, cuando sea posible y necesario, retirarse hábilmente. El espíritu del evangelio no es para héroes o supermanes.

Hoy sería tal vez un buen día para repasar nuestra vida, contemplando las pequeñas o grandes cicatrices que la misión ido dejando tatuadas en nuestra alma. Y a la luz de este evangelio, dejarnos consolar y aprender del pasado los criterios de actuación para el futuro que nos recuerda el Señor.

Ciudad Redonda

Meditación – Viernes XIV de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes XIV de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 10,16-23):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros.

Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra. Yo os aseguro: no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre».

Hoy, Jesús anuncia a los suyos lo que sufrirán por el hecho de ser apóstoles. No les abre perspectivas muy motivadoras: juicios, azotes, odio de la propia familia, persecuciones, muerte. Actitud de los apóstoles: astucia e inocencia. Su tarea: recorrer el mundo dando testimonio de Jesús, hablando inspirados por el Espíritu Santo… huyendo cuando sea necesario. Lo más importante: perseverar hasta el fin.

“Apóstol” es un término griego que significa “enviado”; enviado por Jesús para anunciar su mensaje. Son doce los que Jesús escogió. Para mantener íntegro el Evangelio, la predicación apostólica se conserva desde el principio hasta el fin de los tiempos, por una sucesión ininterrumpida. Esta transmisión viva la denominamos “tradición”: predicación apostólica continuada en la sucesión apostólica. Tradición y Escritura son las dos grandes fuentes de la fe.

—Señor, gracias por los apóstoles que han hecho llegar la fe hasta hoy, y porque nos envías a nosotros como parte de esta “cadena” apostólica que anuncia el Evangelio.

Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM

Liturgia – Viernes XIV de Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA XIV SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-impar.

  • Gén 46, 1-7. 28-30. Puedo morir, después de haber contemplado tu rostro.
  • Sal 36. El Señor es quien salva a los justos.
  • Mt 10 16-23. No seréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu de vuestro Padre.

Antífona de entrada          Cf. Sal 27, 8-9
El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido. Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad, sé su pastor por siempre.

Monición de entrada y acto penitencial
Hoy, en la Eucaristía, pediremos de un modo especial perdón al Señor por nuestros pecados; porque todos nosotros somos miembros de una Iglesia que es a la vez santa y necesitada de purificación. Conscientes, por tanto, de esta realidad, comenzamos la celebración de la Eucaristía poniéndonos ante la presencia de Dios, y nos sinceramos con Él en unos momentos de silencio, reconociendo nuestra pobreza y debilidad, e implorando su gracia y su perdón.

• Tú, que acoges a todos. Señor, ten piedad.
• Tú, que eres el camino seguro. Cristo, ten piedad.
• Tú, que eres la vida en plenitud. Señor, ten piedad.

Oración colecta
TEN misericordia de tu pueblo, Señor,
y perdónale todos sus pecados,
para que tu misericordia perdone
lo que nos merecieran nuestras ofensas.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Dirijamos ahora, confiados y perseverantes, nuestras plegarias a Dios Padre todopoderoso.

1.- Para que Dios proteja y guíe a su Santa Iglesia. Roguemos al Señor.

2.- Para que suscite vocaciones sacerdotales y religiosas. Roguemos al Señor.

3.- Para que conceda a todo el mundo la justicia y la paz. Roguemos al Señor.

4.- Para que socorra a los que están en algún peligro. Roguemos al Señor.

5.- Para que nos conforte a todos y nos conserve en su servicio. Roguemos al Señor

Señor, Dios de misericordia, que nos llamas a la tarea de llevar la salvación de tu Hijo al mundo, escucha nuestras oraciones y danos la fuerza de tu Espíritu que nos sostenga en todas las dificultades. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
ACEPTA, Señor,
este sacrificio de reconciliación y alabanza
y concédenos que, purificados por su eficacia,
te ofrezcamos el obsequio agradable de nuestro corazón.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Sal 144, 15
Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú les das la comida a su tiempo.

Oración después de la comunión
CONCÉDENOS, Dios misericordioso
a quienes, por este sacrificio,
hemos recibido el perdón de nuestros pecados,
que con tu gracia podamos evitarlos de ahora en adelante
y servirte con sincero corazón.
Por Jesucristo, nuestro Señor.