Comentario – Domingo XV de Tiempo Ordinario

El envío para la misión es un acto constituyente que forma parte de la actividad mesiánica de Jesús tal como ponen de relieve los relatos evangélicos. Cristo no podía dejar que su misión se agotara con su propia existencia histórica. Por eso elige de entre sus discípulos a doce, los Doce, y les forma para el apostolado, haciendo de ellos apóstoles (de apostello = enviar) o enviados para prolongar su misión en el tiempo. A esta formación para el apostolado pertenecen ensayos como el que refiere el texto de Marcos.

Nos dice el evangelista que, en cierta ocasión, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Los Doce forman ya un grupo bien definido. Son esos discípulos de Jesús que están con él de modo más o menos permanente, que suelen acompañarle a todas partes y que reciben enseñanza personalizada. En un determinado momento, cuando lo creyó oportuno, reunió a esos Doce y los fue enviando de dos en dos a una experiencia misionera. El envío hace de ellos enviados, es decir, apóstoles.

Pero semejante envío iba acompañado de una autoridad, que implicaba una potestad –no hay autoridad sin potestad para su ejercicio- sobre los espíritus inmundos. Semejante autoridad no entrañaba únicamente la ejecución de ciertos exorcismos o la actuación sobre los endemoniados. Su misión no consistía sólo en esto. Tener autoridad sobre los espíritus inmundos era aplicarse a una tarea de mayor alcance, una tarea que consistía ante todo en extender el Reino de Dios debilitando el dominio de las fuerzas del mal en todas sus expresiones (enfermedad, pecado, posesión diabólica) y ganando terreno a estas fuerzas instaladas en el mundo.

Para esta misión itinerante no necesitaban más que la palabra y los descansos necesarios para reponer fuerzas. Los elementos prescindibles que nos suelen acompañar en la vida ordinaria podían convertirse en un obstáculo o en una distracción, o al menos en cosas inservibles para la misión a la que eran enviados. Por eso les encarga que prescindan de todo lo que es prescindible. Además, así aprenderán a vivir de la providencia divina, que se cuida de que a su apóstol no le falte el sustento ni el descanso necesarios.

Ello explica las instrucciones que les da: Les encargó –dice el evangelio- que llevaran para el camino un bastón (el bastón del peregrino que es tan frecuente ver en las largas caminatas y peregrinaciones a pie) y nada máspero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Parece que Jesús tiene especial interés en ver a sus “misioneros” salir a la misión “despojados de todo”, hasta de lo que en la vida ordinaria parece necesario, pero que en tiempos de misión resulta superfluo, como el pan del día, o los víveres almacenados en la alforja, o el dinero suelto para las compras más elementales.

De lo necesario para la vida de cada día ya se ocupa el mismo Dios, que alimenta a las aves del cielo y viste con todo esplendor a los lirios del campo, y que vela por las necesidades de sus elegidos y enviados. Ya habrá quienes les procuren el pan y la casa a estos misioneros que no necesitan siquiera llevar una túnica de repuesto. Los que se dejen captar por el mensaje del Reino les repondrán de lo necesario. ¿A qué preocuparse, por tanto, de estos utensilios o de este equipaje que resta libertad para moverse con ligereza y diligencia en los asuntos propios de la misión?

Estas recomendaciones no son, sin embargo, las de un lunático insensato e inconsciente que vive en la inopia y carece del más mínimo sentido de la realidad, dado que no es capaz de advertir las necesidades del hombre en su condición terrestre. Él sabe muy bien que sus apóstoles necesitarán no sólo de bastón para el camino, sino también de casa para descansar y de pan para comer. Por eso, añade: Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.

Jesús les asegura, por tanto, que encontrarán casas donde reposar, casas donde serán bien acogidos, porque siempre habrá puertas que se abran y acojan a los enviados de Dios. Pues bien, les dice que aprovechen esas ofertas y permanezcan en la casa que les haya acogido, y que disfruten de la estancia y agradezcan la hospitalidad que les dispensen, y que a cambio les dejen el regalo de la paz (ese conjunto de bienes salvíficos) de la que ellos son portadores de parte de Dios. Porque el obrero merece su salario.

Y cuando un “lugar” no les reciba –que también sucederá- ni les escuche –a él tampoco lo recibieron ni escucharon en muchos lugares-, que no se extrañen, porque el miedo, la desconfianza y la ingratitud son también patrimonio humano y ellos habrán de experimentarlo en sus propias carnes; que simplemente se sacudan el polvo de los pies en señal de disconformidad o desaprobación, como si no quisieran compartir con los moradores del lugar ni siquiera el polvo del terreno que se pega a los pies de todos los que transitan por él.

De esta manera pondrán de manifiesto su culpa, es decir, su desprecio, su cerrazón, su falta de apertura al don de Dios que no se hace perceptible sino a través de sus mediaciones humanas. Por eso, despreciando a sus enviados (sus mediaciones) podemos estar substrayéndonos al mismo Dios: el que a vosotros recibe a mí me recibe; el que a vosotros rechaza a mí me rechaza. Esta es la lógica de Dios, que pasa por la aceptación de sus mediaciones. Y las mediaciones, siendo humanas o mundanas, son siempre imperfectas; y hasta vulgares nos pueden parecer. Pero no por eso dejan de ser “mediaciones de Dios”, es decir, cauces a través de los cuales Dios se nos comunica.

Aquellos discípulos, respondiendo al envío, salieron a predicar la conversión (al mensaje del Reino), echaban muchos demonios (dando muestras de la potestad recibida), ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban (confirmando así la eficacia de su palabra o la fuerza de la autoridad con la que habían sido investidos). Sus obras eran el mejor refrendo de la autoridad con la que Jesús les había dotado para la misión. Los enviados habían recibido del enviante su misma potestad de operar sobre la enfermedad y los demonios en bien del hombre oprimido, pero llamado a participar de los bienes mesiánicos del Reino de los cielos.

Aquella misión fue, sin embargo, un ensayo de lo que habría de consolidarse después como misión de la Iglesia, y aquel envío, un esbozo del mandato misionero posterior a la resurrección del Señor: Id por todo el mundo y proclamad el evangelio a toda la creación… La misión de la Iglesia brota de la misión de Jesús, y tiene como fin prolongar en el tiempo lo iniciado por el Cristo o dar continuidad a lo sembrado por el Mesías en nuestra tierra: contribuir al acrecentamiento del Reino de Dios.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo XV de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XV de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos.
Él es nuestra salvación,
nuestra gloria para siempre.

Si con él morimos, viviremos con él;
si con él sufrimos, reinaremos con él.

En él nuestras penas, en él nuestro gozo;
en él la esperanza, en él nuestro amor.

En él toda gracia, en él nuestra paz;
en él nuestra gloria, en él la salvación. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Hb 13, 20-21

Que el Dios de la paz, que hizo subir de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os ponga a punto en todo bien, para que cumpláis su voluntad. Él realizará en nosotros lo que es de su agrado, por medio de Jesucristo; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos a predicar la conversión.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos a predicar la conversión.

PRECES
Recordando la bondad de Cristo, que se compadeció del pueblo hambriento y obró en favor suyo los prodigios de su amor, digámosle con fe:

Muéstranos, Señor, tu amor.

Reconocemos, Señor, que todos los beneficios que hoy hemos recibido proceden de tu bondad;
— haz que no tornen a ti vacíos, sino que den fruto, con un corazón noble de nuestra parte.

Oh Cristo, luz y salvación de todos los pueblos, protege a los que dan testimonio de ti en el mundo
— y enciende en ellos el fuego de tu Espíritu.

Haz, Señor, que todos los hombres respeten la dignidad de sus hermanos,
— y que todos juntos edifiquemos un mundo cada vez más humano.

A ti, que eres el médico de las lamas y de los cuerpos,
— te pedimos que alivies a los enfermos y des la paz a los agonizantes, visitándolos con tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Dígnate agregar a los difuntos al número de tus escogidos,
— cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XIV de Tiempo Ordinario

1.-Oración introductoria

Señor, hoy sólo quiero pedirte en este rato de oración, que siempre se cumplan en mí tus deseos: “no está el discípulo por encima del Maestro”. Has puesto la meta demasiado alta como para poder no sólo superarla sino ni siquiera igualarla. Tan solo te pido que cada día me parezca un “poquito más a Ti”, que me sienta un “poquito” más cerca de Ti; que esté un “poquito” más entusiasmado contigo. ¡Un poquito más!

2.- Qué dice el texto. Mateo 10, 24-33

«No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos! «No les tengáis miedo. Pues no hay nada encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde los terrados. «Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. «Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión.

Me encanta el uso de los diminutivos en el evangelio. Los judíos, acostumbrados a la trascendencia y majestuosidad de Dios, tenían prohibida una oración que decía que “Dios cuidaba el nido de los pajarillos” ¿Cómo va a estar un Dios tan grande preocupado de algo tan insignificante? Pero he aquí que Dios, el verdadero Dios, el que se ha encarnado en la persona de Jesús, nos ha dicho que su Padre cuida de los pajarillos y hasta tiene tiempo para contar los cabellos de nuestra cabeza. Si eso sabe hacer con lo pequeño ¿qué hará con lo grande, con sus hijos queridos? La mirada cariñosa de Dios sobre cada uno de nosotros, seres en sí tan insignificantes, nos hace grandes, nos hace importantes, nos hace crecer.

“No tengáis miedo…nada hay oculto que no deba saberse” Confieso que esta frase del evangelionunca la había entendido hasta que no ha venido el Papa Francisco. No hay que tener miedo a los casos ocultos, a los pecados escondidos, a la basura de los pozos negros de la Iglesia. Todo debe ser sabido, juzgado y, en su caso condenado, precisamente para que no vuelvan a ocurrir en el futuro. La Iglesia de Jesús nunca debe tener miedo a la verdad.

Palabra del Papa

También nosotros, en la oración debemos ser capaces de llevar ante Dios nuestras fatigas, el sufrimiento de ciertas situaciones, de ciertas jornadas, el compromiso cotidiano de seguirlo, de ser cristianos, y también el peso del mal que vemos en y alrededor de nosotros, porque Él nos da esperanza, nos hace sentir su cercanía, nos da un poco de luz en el camino de la vida. […] Cada día en la oración del Padre Nuestro le pedimos al Señor: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Reconocemos, por ello, que hay una voluntad de Dios con nosotros y para nosotros, una voluntad de Dios en nuestras vidas, que debe convertirse cada día más en la referencia de nuestro querer y de nuestro ser; reconocemos entonces que es en el «cielo» donde se hace la voluntad de Dios y que la «tierra» se vuelve «cielo», lugar de la presencia del amor, de la bondad, de la verdad, de la belleza divina, solo si en ella se hace la voluntad de Dios. Benedicto XVI, 1 de febrero de 2012.

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Guardo silencio)

5.- Propósito. Salir a la Naturaleza y observar la cantidad de cosas pequeñas; bellas, hermosas. Y dar gracias a Dios por cada una de ellas.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, quiero acabar esta oración dándote gracias por haberte fijado en lo pequeño, en lo que no cuenta, en aquellos que no se dan importancia. Y, a la hora de elegir a tu propia madre, te fuiste a una aldea insignificante, a una doncella innominada, y le propones la gran oferta de ser tu madre. ¿Qué viste en ella? Lo dice María en el Magníficat: “Ha mirado la humildad de su esclava”. Crear es hacer una cosa de la nada. Dejemos que Dios siga haciendo cosas tan bellas con nosotros, ¡con lo poco que somos!…

¡Salid a predicar!


1.- El Señor Jesús manda a sus Apóstoles a predicar. Han de ir de dos en dos. Y sin medios, sin dineros, sin alforjas. Eso es lo que se ha venido en llamar la pobreza apostólica. A veces las buenas obras –el apostolado, la ayuda a los hermanos—no se llevan a cabo porque especulamos y calculamos en demasía los medios que necesitan para cumplir esa misión. Y al final el primer impulso queda ahogado de tanto planificar. Y no debe ser así. En cuanto el Señor nos lo mande hemos de salir inmediatamente a la calle. Vamos a recibir gracias suficientes para realizar nuestro trabajo. Los Apóstoles van a ser capaces de expulsar a los espíritus malignos y curaran con la unción con aceite. Ya se anuncia aquí lo que será después el sacramento de la Unción, sacramento este que es de vivos y no de muertos. Y que debe recibirse para ser curado y no a modo de extremaunción. Solo el poder divino puede expulsar demonios y curar enfermos. Y esa es la prueba que el Señor va a dar mucho poder a los Apóstoles –y a todos los que quieran dedicarse al apostolado—para mejor cumplir su misión. Y la difusión de la Palabra de Dios debemos confiar más en la ayuda del Señor, que en nuestras propias fuerzas, aunque para evitar tentaciones del Maligno, hemos de poner todo nuestro esfuerzo en ese empeño. Hemos de salir al campo inmediatamente y comenzar a trabajar.

La característica de ese trabajo evangelizador está excepcionalmente bien reflejado en fragmento del Capítulo Siete del Libro de Amós, que hemos leído hoy. El encargo al profeta es muy preciso y sin lugar a dudas. Y así suele presentarnos Dios sus proyectos. Pero eso sí: debemos tener muy abiertos los “oídos del corazón” para comprender su mensaje. Igualmente, Jesús cuando manda a los Doce les indica lo que tienen que hacer, incluso “sacudirse el polvo de los pies o llevar solo un bastón.

2.- Hemos comenzado la lectura de la Carta del Apóstol San Pablo a los Efesios. Y ese inicio se ha convertido en uno de los himnos más bellos que utiliza la Iglesia. Pero es además una declaración teológica de gran hondura y la confirmación como proyecto divino de lo que es la Iglesia. La doctrina de Pablo sobre Cristo como cabeza y los demás fieles (la Iglesia) como cuerpo es un designio de Dios que da vida a nuestra actividad común, entonces y ahora. No hemos de olvidar la substancia divina que reside en la Iglesia. No es una organización estrictamente humana, mejor o peor dirigida o intencionada. Es una fundación de Dios, basada en la misión de su Hijo Unigénito para reconciliar al mundo.

3.- Y sirvan estas últimas palabras a modo de epilogo y recordatorio para toda la semana. El comienzo de la Carta de San Pablo a los Efesios se utiliza como himno en la Liturgia de las Horas. La mayoría de los inicios de las epístolas paulinas contiene bellísimos actos de acción de gracias por la conversión de sus discípulos. La obra que conocemos de San Pablo es más que monumental y muy importante para el desarrollo de la Iglesia. Es un compendio doctrinal de tal naturaleza que bien podríamos decir que “ya no ha hecho falta más”. Pero la importancia de San Pablo no eclipsa el mensaje evangélico propiamente dicho a cargo de los cuatro evangelistas. En el texto de San Marcos de esta semana hay un encargo para salir a predicar. Es un como un entrenamiento previo para acciones mayores y futuras. Les da poder para expulsar a los espíritus malos y para curar y no puede dejarse de pensar la gracia recibida. Unos rústicos pescadores van a tener inmediatamente capacidad para exponer que es el Reino de Dios y, además, curaran del cuerpo y del espíritu. Hay siempre en la acción del apostolado una aportación de fuerzas que no parece propia. Ciertamente, no es una cuestión “automática”. Donde uno cree que va a ser más fácil convencer, resulta muy complicado; pero, inesperadamente, aparecen otros momentos que todo se presenta como más fácil. Jesús estaba con los apóstoles –predicadores y peregrinos– que salieron al mundo. Está, también, con todo aquellos que se inician en la misión de llevar la Palabra de Dios a los otros hermanos. Dios está con todos los apóstoles, con quienes ejercen con esperanza el apostolado.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado XIV de Tiempo Ordinario

(Mt 10, 24-33)

Jesús advierte a sus discípulos que deberán sufrir persecuciones y contrariedades, intentando prepararlos para que no dejen de anunciar la Palabra de Dios por causa del miedo.

Así se entiende la afirmación de que no hay nada oculto que no se descubra o se divulgue. Jesús quiere hacer descubrir a los discípulos que su mensaje no puede ser escondido, sino que necesariamente sale a la luz, de manera que si ellos quieren ser sus discípulos no les queda otra posibilidad más que anunciar ese mensaje.

El verdadero discípulo de Jesús no puede ocultarlo, no puede esconder el tesoro que alberga en su pecho. Su riqueza interior de alguna manera se manifiesta; y si no es así, es sencillamente porque ha dejado de creer en el mensaje del Señor.

Jesús recomienda a sus amigos que se cuiden de caer en el intento de disfrazar la propia realidad, porque “no hay nada escondido que no se descubra”. Y luego, para que no caigan en el mecanismo de la apariencia como táctica para evitar persecuciones o burlas, Jesús los invita a confiar en el Padre Dios que no olvida ni siquiera a los pajaritos, y a mirar el bien de la salvación más que el de la vida misma.

Pero aquí podríamos leer también una invitación a valorar la propia dignidad para no caer en la indignidad de esconder las propias convicciones: “Ustedes valen más que muchos pájaros”.

Oración:

“Señor Jesús, si a ti te persiguieron yo no tengo derecho a pretender aplausos, reconocimientos y tranquilidad. Dame la gracia de descubrir mi dignidad como hijo del Padre Dios para no caer en la indignidad del que oculta sus convicciones en la mentira y la falsedad”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Comentario – Sábado XIV de Tiempo Ordinario

Jesús, como buen maestro, habla con frecuencia a sus discípulos, sin descartar el tema del discipulado, un tema que debía estar entre los preferidos en este espacio relacional: Un discípulo no es más que su maestro –les decía-, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo. Si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados!

Mientras un discípulo permanece discípulo de su maestro, está en una relación de aprendizaje respecto de él. El maestro debe ser su referente y por él tiene que dejarse guiar. En este sentido un discípulo no puede ser más que su maestro, aunque pueda llegar a superar a su maestro en el futuro, una vez transcurrido el tiempo de su aprendizaje, como ha sucedido de hecho en tantos casos a lo largo de la historia. Lo mismo sucede con el esclavo o el criado, que están al servicio de su amo, y mientras se mantengan esclavo o criado, lo seguirán estando.

Pero este estado de cosas puede cambiar, y el esclavo dejar de serlo. Pero si al dueño de la casa lo han llamado Belzebú, ¡qué no dirán de los criados que están a su servicio o bajo su dominio! Y si a Jesús, el Maestro de Nazaret, lo perseguirán y llevarán al patíbulo, ¿qué cabe esperar que hagan con sus discípulos? Jesús previene a sus discípulos de lo que les espera y les habla con extrema claridad de su suerte, ligada a la suerte de su maestro, pues en cuanto discípulos pasarán a ser sus consortes en vida y destino. Serán sometidos a las mismas pruebas que su Maestro, porque no son más que su Maestro. Pero no deben tenerles miedo. Ellos, los que le han llamado Belzebú, tienen un poder muy limitado: no podrán mantener oculta la verdad que un día se descubrirá; aunque puedan matar el cuerpo, no podrán matar el alma; además, hay quien se ocupa de ellos mucho más que de esos gorriones que apenas valen unos cuartos.

Los hombres disponemos de capacidad no sólo para sufrir miedo, sino también para causarlo. De ciertos hombres podemos esperar las mayores acechanzas: un robo, una agresión, un asesinato, una calumnia, una negligencia imperdonable, una irresponsabilidad. Podrán incluso mantener oculta la verdad o disfrazar la realidad de un ropaje engañoso durante cierto tiempo; pero este empeño por encubrir la realidad no les servirá de nada, porque la verdad acabará saliendo a flote y poniendo al descubierto la mentira encubridora. Entonces se desvanecerán los efectos de la calumnia, la difamación o la maledicencia, y la verdad resplandecerá con todo su fulgor. Y lo que se ha dicho en privado o de noche se hará público y podrá ser proclamado como en pleno día o ser pregonado desde la azotea. Es lo que sucederá con las palabras y acciones de Jesús, que, por ser verdaderas, recibirán en su día la publicidad necesaria. Así, el mensaje del evangelio podrá ser oído en pleno día y desde los púlpitos; se hará público y notorio en ese mundo que quiere encerrarlo en las sacristías o en los museos que exponen a la vista recreativa de los curiosos objetos del pasado.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Es evidente que los que dan muerte al cuerpo arrebatan la vida corpórea; pero ¿esta vida encierra toda vida? Para Jesús hay una vida, la del alma, que no pueden matar los que matan el cuerpo, pues esa vida no está al alcance de espadas, de balas o de hogueras. Si los mártires logran vencer el miedo a la muerte es porque tienen la certeza de que hay una vida que sobrevive a la muerte causada por quienes matan el cuerpo. Temed –añade Jesús- al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo.

¿Quién es el que puede causar semejante destrucción que afecta a la totalidad del ser humano? No podrá ser otro que el que ha dado ser a ese mismo ser, y con el ser la vida humana. Nada puede ser más temible que ese fuego aniquilante que afecta al hombre no sólo en su dimensión corpórea, sino también en su dimensión anímica. ¿Esto significa que Dios, nuestro Creador, debe ser también el objeto supremo de nuestro temor?

Tal vez; pero a lo que Jesús invita finalmente es a poner en Él nuestra confianza; porque si Dios se cuida hasta de creaturas tan insignificantes como esos gorriones que se venden por unos cuartos y que no caen al suelo sin que Él lo disponga, ¡cuánto más se cuidará de nosotros que tenemos contados hasta los cabellos de nuestra cabeza y que valemos mucho más que esos gorriones que vuelan a nuestro alrededor! La conclusión que podemos extraer de las palabras de Jesús es que estamos en buenas manos, esto es, que estamos en las manos de un Padre todopoderoso que no puede permitir nuestro daño irreversible, a no ser que nosotros nos empeñemos en infligírnoslo a nosotros mismos. Además, podemos contar con otro factor decisivo, podemos contar con él como aliado y amigo, y como intercesor; porque si somos capaces de ponernos de su parte ante los hombres, también él se pondrá de nuestra parte ante el Padre y Juez supremo.

Estemos, pues, de su parte para tenerle de nuestra parte. ¿Y quién puede ser mejor aliado para un maestro que su discípulo? Bastará con sentirnos discípulos de Jesús para estar no solamente con él, sino también de su parte, en las más diversas circunstancias de la vida.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Enviados de Cristo

1.- “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel” (Am 7, 15) Amós era labrador. Allá por las tierras del sur, cultivaba las verdes higueras de Judá, pastoreaba su rebaño, inmerso en la soledad ancha de aquellos paisajes llenos de historia santa. Y un día llegó a sus oídos la voz recia de Yahvé, esa voz de muchas aguas que llamaba a quien proclamara su mensaje de justa indignación. Israel, la adúltera del norte, se había olvidado de Dios. Y era preciso recordarle las exigencias de este Dios enamorado. Y Amós fue escogido para ello y enviado a pesar de las dificultades. Y esa vocación y misión serán su carta de garantía, como la firma que avala la autenticidad de sus palabras.

Y es que el verdadero profeta sólo lo es el llamado por Dios, el que recibe la misión de hablar en su nombre. Por eso en la Iglesia, en el pueblo de Dios, sólo se puede considerar verdadero profeta al que llama Dios a través de sus apóstoles, o de sus sucesores los obispos. Y será buen profeta sólo si transmite el mensaje que se le ha confiado. Tanto es así, que cuando caigan en la tentación de pronunciar palabras propias, o palabras ajenas a las que le fueron confiadas, estarán traicionando al que le envió.

Estamos necesitados de verdaderos profetas, de hombres llamados por Dios, enviados con la misión de proclamar el divino mensaje. Hombres fieles que no se dejen llevar de sus propios intereses, que no pretendan estar de moda, atraerse el aplauso de la multitud. Hombres que no traicionen al que le envió, al Obispo que le confió la delicada misión de hacer resonar en las mentes y en los corazones la palabra de Dios.

“Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá: come allí tu pan y profetiza allí” (Am 7, 12) Amós ha llegado hasta Betel, llevando palabras de fuego contra los que no cumplen la ley de Yahvé, contra todos aquellos que reducían el culto de Dios a una serie de prácticas meramente externas, a un vivir cómodo y sin complicaciones personales, sin una entrega total y sin abnegación de sí mismos. Su palabra escuece, levanta inquietud y zozobra en los espíritus aburguesados, en los que quieren vivir a gusto, sin lucha, sin doblegarse ante el criterio del que hace cabeza.

También Amasías, el sacerdote de Betel, ha sentido en su carne el golpe rudo de la palabra de Amós. Y protesta y se revuelve rabioso: Vete a tu tierra, visionario. Come allí tu pan y predica a los tuyos. Déjanos en paz… Amasías estaba a gusto, tranquilo en su vida fácil, sin lucha. Por eso las exigencias de este hombre de campo que brama en nombre de Dios, le molestan, le resultan insoportables. Y le manda callar.

Como hemos hecho nosotros cuando la palabra de Dios nos ha llegado preñada de exigencias y de renuncias. Nos hemos rebelado, nos hemos justificado, hemos buscado mil razones para escabullirnos, para seguir haciendo lo que nos ha resultado más fácil. Y hemos protestado contra los que, en nombre de Dios y enviados por él, nos han hablado claramente de entrega, de justicia, de verdad, de humildad.

2.- “Voy a escuchar lo que dice el Señor…” (Sal 84, 9) Ojalá sea también un deseo tuyo este de escuchar hoy al Señor. Sí, ojalá escuches y no endurezcas tu corazón como lo endurecieron los israelitas en el desierto. Las palabras que siguen en el salmo, ésas que hemos de escuchar en este momento, dicen así: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra…” Qué verdad es que los pensamientos del Señor son pensamientos de paz y no de aflicción. Lo que él desea para cada uno de nosotros es nuestra misma felicidad, la alegría y el sosiego de nuestro espíritu.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. La misericordia de Dios va de generación en generación, su amor dura por siempre; sin dejarse abatir por la falta de correspondencia, está abierto de forma permanente al perdón y al comenzar de nuevo. Y al mismo tiempo su justicia no tiene paliativos ni favoritismos, la justicia de Dios que todo lo ve y todo lo sabe, sin necesidad de testigos, ni abogados defensores o fiscales implacables. Párate un poco a pensar en todo esto, para que te animes en la lucha por corresponder a ese amor y fidelidad, en el afán por superar con éxito el examen final de tu vida.

“Muéstranos, Señor, tu misericordia” (Sal 84, 8) Y danos tu salvación, continúa la oración del salmista, que hemos de hacer oración personal, diálogo de tú a tú con Dios nuestro Padre… El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.

En aquella tierra, lo mismo que en la nuestra, la lluvia en el tiempo oportuno era decisiva para las cosechas. Aquellos hombres, que el salmista representa, también cultivaban el trigo y la cebada, los olivares y las viñas. Eran tierras de secano, sometidas a las aguas que el cielo enviaba o retiraba. De ahí esa actitud de dependencia casi absoluta de la bendición de lo alto. Si Dios mandaba el agua, todo estaba salvado. Si no, eran inútiles todas las fatigas y sudores del año.

En la vida espiritual ocurre otro tanto. Somos tierra de secano. Sólo tenemos cosecha cuando hay lluvia, sólo daremos algún fruto sobrenatural si Dios nos riega con su gracia. Con razón decía el Apóstol que ni el que planta ni el que siega es nada, sino sólo Dios que da el crecimiento. Y también Jesús nos asegura que sin él nada podemos… Acudamos, pues, a Dios con insistencia, con humildad, para que nos mande la lluvia necesaria.

3.- “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 1, 3) Muchas veces en los escritos paulinos encontramos lo que técnicamente se llama una doxología, exclamaciones de alabanza a Dios, expresiones llenas de júbilo y de gratitud. En este pasaje tenemos una de las más bellas y extensas doxologías de San Pablo. Comienza con esta frase que todavía hoy es usual entre nosotros: Bendito sea Dios. Una expresión que la gente sencilla y buena sigue repitiendo en circunstancias de alegría y también de penas.

Sí, siempre que el hombre se siente cerca del Señor, por la alegría o por el dolor, exclama con espontaneidad: Bendito sea Dios… Aquí Pablo expone los motivos que le hacen exclamar gozoso esas palabras tan significativas. Ante todo porque Dios nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales, nos ha elegido para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor. Antes de crear el mundo ya pensaba Dios en cada uno de nosotros, ya nos amaba, ya deseaba favorecernos, ayudarnos, darnos la vida eterna, hacernos felices a través del amor … Ante todo esto no cabe otra cosa que exclamar llenos de alegría: Bendito sea Dios.

“Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido el perdón de los pecados” (Ef 1, 7) Sigue San Pablo con entusiasmo: “Él nos ha destinado en la persona de Cristo –por pura iniciativa suya– a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia, ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad”.

Un derroche, dice San Pablo. Un derroche porque son infinitos los bienes que Dios nos ha concedido, infinitos en cantidad, y, sobre todo, en calidad. Bienes que no acabamos de apreciar porque somos tremendamente torpes, tremendamente materialistas. Por eso existe el peligro de que ese derroche por la abundancia, se convierta en un derroche por la inutilidad de su aprovechamiento. Es decir, que todo el inmenso bien que Dios nos quiere comunicar se quede en muy poco, o en nada, a causa de nuestra desidia, a causa de nuestra torpeza, de nuestra ingratitud, de nuestra mezquindad… Ojalá recapacitemos, ojalá rectifiquemos a tiempo, ojalá comprendamos el derroche de amor que Dios hace con nosotros y le correspondamos de forma adecuada.

4.- “Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos…” (Mc 6, 7) El Señor fue preparando de forma paulatina a sus apóstoles; aquellos hombres que, a pesar de sus limitaciones, fueron escogidos para la misión de implantar el Reino de Dios sobre la tierra. Eran hombres rudos, algunos incluso ignorantes, torpes a menudo para entender las cosas de Dios. Sin embargo, fueron generosos, audaces a la hora de seguir a Jesús. Se olvidaron de sus propios defectos y confiaron plenamente en el poder divino.

Para aumentar su confianza en Dios, fueron enviados sin dinero, con lo puesto casi. Ellos no lo pensaron dos veces y marcharon por los caminos de Palestina, recorriendo los pueblos y alquerías para anunciar que la salvación había llegado con Jesús de Nazaret, el joven Rabí que enseñaba la comprensión mutua, la conquista de un mundo mejor a través de la propia renuncia, de la entrega por amor a Dios en el servicio a todos los hombres.

Era una aventura para gente joven, para hombres y mujeres que supieran de amores limpios y nobles, para “locos de remate” que se olvidaran de sí mismos y se preocuparan de los demás. Se trata de una tarea de redención universal, de una guerra donde las armas son la persuasión amable, la oración ferviente, el sacrificio escondido, la santidad personal en una palabra.

Aquellos pescadores y labriegos emprendieron una marcha que, a través de sus sucesores, ha de durar durante siglos, la marcha de los misioneros evangélicos. Aquella fue la primera misión y tuvo un éxito rotundo. Volvieron gozosos y radiantes porque la paz y la alegría habían brotado al conjuro de sus palabras. Aquello era sólo el principio, una prueba fehaciente de que quienes se ponen en camino en nombre de Cristo, a pesar de sus limitaciones personales, sembrarán con eficacia la semilla de la fe, del amor y de la esperanza.

Antonio García Moreno

¡Manos para la obra! ¿Las encontrará en nosotros?

1.- En este XV domingo del Tiempo Ordinario, cuando tenemos un recuerdo entrañable por los hombres y mujeres del mar, en el día de la Virgen del Carmen, nos reunimos en el Día del Señor como continuadores de aquella gran obra de los apóstoles; de aquellos hombres y mujeres que gozaron con la presencia del resucitado, que se fortalecieron con el pan de la eucaristía todos los domingos y que, no dudaron, en sacudirse de encima todo lo que les estorbaba para ser canales por los que siguiera corriendo el agua fresca que Jesús trajo con el Reino de Dios.

Entre aquellos y nosotros ha pasado el tiempo, pero el tesoro de la fe junto con su contenido, sigue siendo el mismo, aunque las formas –en algunos aspectos- hayan variado.

2.- Da vértigo y asombra el pensar la multitud de hermanos nuestros que han escuchado las mismas palabras de Jesús que nosotros hemos tenido la oportunidad de reflexionar hoy:

-Cuántos de ellos, sin más bastón que el apoyo en Dios, supieron fiarse en El y seguir adelante por su nombre.

-Cuántos de ellos, sin más alforja que la confianza en Dios, marcharon por esos mundos de Dios pregonando a los cuatro vientos que Jesús era el máximo bien añorado por todos los tiempos.

-Cuántos de ellos, sin más dinero que el esperar a que amaneciera para poder comer, no se distrajeron por el pan que calma el hambre, sino volcaron su ser en el afán de dar a conocer el evangelio.

-Cuántos de ellos, sin más vestido que la sencillez, no reservaron minutos para mirarse al espejo o en el reflejo del agua, porque sabían que no había tiempo que perder.

3.- ¿Y nosotros? Hagámonos un breve examen de conciencia:

¿Nos sentimos enviados por Jesús o simplemente miembros de una asociación con derechos y sin obligaciones?

¿En qué nos recreamos? ¿En la moda o en la felicidad que da el ser? ¿En la apariencia o en la sobriedad? ¿En la oración o en una cartilla saludable y pletórica de dinero?

¿Cómo reaccionamos ante las contrariedades? ¿En huída hacia delante o dando razón de nuestra fe? ¿Manifestando lo que somos o diluyéndonos como si fuésemos sal en un vaso de agua?

4.- Pidamos al Señor que, en primer lugar, arrojemos de nosotros mismos tantos demonios que nos impiden continuar –con nitidez y sin tapujos- la presencia de la gran bendición de Dios a nuestra tierra: JESUCRISTO

Pidamos al Señor que, en segundo lugar, nos sintamos responsables y activos misioneros en nuestras familias; en nuestro barrio; en nuestra cuadrilla de amigos. No hace falta marchar a miles de kilómetros para anunciar el Evangelio. Los más cercanos a nosotros, necesitan de un primer o segundo anuncio del Señor.

A nosotros que estamos tan acostumbrados a ir fletados en seguridades; con la tarjeta de crédito de acompañante; al grito de la última moda y con un refresco en la mano cuando hace calor….el Señor nos pide un poco de tiempo, una opción por el compromiso, un poco de desprendimiento y saber salir airosos de las situaciones que nos impiden el realizar nuestra misión de bautizados.

En el verano (un tiempo en el que nos despojamos de tantas cosas que dan calor) que el Señor nos haga ver que, en el resto del año, también es importante –por su Reino y por los demás- llevar un equipaje ligero y tener unas ideas claras.

Javier Leoz

De acuerdo con el mensaje

1. La primera lectura de la liturgia eucarística es del libro del profeta Amós. Amos es un pastor y cultivador de higos enviado por Dios a profetizar contra la injusticia social. El libro nos relata lo que ocurrió con el profeta cuya misión duró alrededor de tres meses nada más. Parece ser que Amós se corrompió lo suficiente como para dedicarse a comer del mismo santuario al que criticaba. Cuando uno de los sacerdotes de ese santuario se lo hizo notar, el profeta cayó en la cuenta de su pecado y volvió al buen camino de su honestidad; se retiró y no se supo más de él.

No basta que digamos la verdad, hace falta que nuestra vida esté de acuerdo a nuestro mensaje. Nuestra vida y nuestras palabras tienen que ir de acuerdo. No podemos mantener una incoherencia entre la fe que decimos profesar y la vida que llevemos. Nuestra fe debe verse por nuestras obras.

La protesta de Amós acerca de su ser o no ser profeta nos indica hasta qué punto el oficio de profeta se había desprestigiado ya para esa época. Ni los verdaderos profetas querían ser tenidos por tales. El desprestigio se debió a que cualquiera se presentaba diciendo: A mí el Señor me dijo tal cosa o tal otra. El desprestigio llegó hasta la época de Jesús y así vemos a Juan Bautista negando que él fuera profeta.

2. Con la segunda lectura empieza el desarrollo de la carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso. Es un himno de acción de gracias a Dios por su plan salvador. Se trata de una confesión de fe en lo que la persona de Cristo es. Es una especie de desenvolvimiento o explicitación de lo que decimos al final de la plegaria eucarística: “Por Cristo, con El y en El”, nada más que en esta ocasión lo que se explica es lo que por Cristo, con Cristo y en Cristo nos ocurre a todos nosotros los hijos de Dios y miembros de su cuerpo. Por Cristo, con El y en El, hemos sido bendecidos, elegidos para ser consagrados, incondicionalmente redimidos, perdonados, constituidos herederos, llenados del Espíritu Santo.

3. La tercera lectura está tomada del evangelio según san Marcos. Las instrucciones que Jesús da a sus enviados a evangelizar van dirigidas enteramente a subrayar que el evangelizar es algo urgente, algo tan urgente que no debe ser retrasado ni detenido por ningún motivo. Nada debe detener a los enviados; ellos deben moverse continuamente; nada debe resultarle un impedimento para viajar ininterrumpidamente. No se trata de ningún ensayo o entrenamiento, se trata de que anunciar el Reino de Dios urge. Todas las medidas a tomar, según el relato que analizamos, son las medidas que toma quien emprende un nomadeo urgente y sin fin.

Los primeros cristianos vivieron diariamente la sensación de tener que escoger entre hacerse discípulos de Cristo o quedar bien con los miembros de su familia, amistades o ciudad. Tenían que escoger aun entre Cristo y su propia vida. Hacerse anunciador del Evangelio, del Reino, es hacerse continuador de la misión de Jesús. Igual que el Padre envió a Cristo, El envía a sus seguidores a continuar esa misión. La misión de los seguidores es la misión de Cristo.

Un detalle del relato, en el que vale la pena fijarse, es el de que los envió de dos en dos. No significa que mandó a Pedro con Santiago, por ejemplo, sino que los envió a cada uno con su esposa. Así lo interpreta claramente San Pablo en la primera carta a los Corintios: “Acaso no tenemos derecho a viajar en compañía de un mujer cristiana como los demás apóstoles, incluyendo a los parientes del Señor y a Pedro?”.

El hecho de que en otra parte del Evangelio se den las mismas instrucciones referidas a los “setentaidós” lo único que implica es que nosotros vemos diferencias entre esos dos grupos de apóstoles (los doce o los “setentaidós”), pero que los evangelistas no las veían y que tampoco las veían los doce o los “setentaidós” seguidores de Jesús y continuadores de la misión de anunciar y proclamar el Reino de Dios.

Si el Reino de Dios significa algo en Marcos es precisamente la derrota definitiva de Satanás. En donde Reina Dios no puede reinar lo que se le opone, lo maligno, lo que no es Dios. Si creemos en el poder de Cristo no podemos creer en que el demonio tenga poder. El Reino de Dios se ofrece, se regala, lo mismo que Dios se ofrece y se regala porque tiene valor infinito y sabe que nosotros no podemos pagar su precio.

Si hubiéramos seguido esas indicaciones evangélicas de Cristo para su predicación y testimonio acerca del Reino, qué hubiera ocurrido con el mundo? ¿Cómo anunciamos nosotros que creemos en el Reino de Dios?

Antonio Díaz Tortajada

Con pocas cosas

¿Qué ha podido pasar para distanciarnos tanto de aquel proyecto inicial de Jesús? ¿Dónde ha quedado el encargo del Maestro? ¿Quién sigue escuchando hoy sus recomendaciones?

Pocos relatos evangélicos nos descubren mejor la intención original de Jesús que este que nos presenta a Jesús enviando a sus discípulos de dos en dos, sin alforjas, dinero ni túnica de repuesto.

Basta un amigo, un bastón y unas sandalias para adentrarse por los caminos de la vida, anunciando a todos ese cambio que necesitamos para descubrir el secreto último de la vida y el camino hacia la verdadera liberación.

No desvirtuemos ligeramente el encargo de Jesús. No pensemos que se trata de una utopía ingenua, propia quizá de una sociedad seminómada ya superada, pero imposible en un mundo como el nuestro.

Aquí hay algo que no podemos eludir. El evangelio es anunciado por aquellos que saben vivir con sencillez. Hombres y mujeres libres que conocen el gozo de caminar por la vida sin sentirse esclavos de las cosas. No son los poderosos, los financieros, los tecnócratas, los grandes estrategas de la política los que van a construir un mundo más humano.

Esta sociedad necesita descubrir que hay que volver a una vida sencilla y sobria. No basta con aumentar la producción y alcanzar un mayor nivel de vida. No es suficiente ganar siempre más, comprar más y más cosas, disfrutar de mayor bienestar.

Esta sociedad necesita como nunca el impacto de hombres y mujeres que sepan vivir con pocas cosas. Creyentes capaces de mostrar que la felicidad no está en acumular bienes. Seguidores de Jesús que nos recuerden que no somos ricos cuando poseemos muchas cosas, sino cuando sabemos disfrutarlas con sencillez y compartirlas con generosidad. Quienes viven una vida sencilla y una solidaridad generosa son los que mejor predican hoy la conversión que más necesita nuestra sociedad.

José Antonio Pagola