Comentario – Domingo XV de Tiempo Ordinario

El envío para la misión es un acto constituyente que forma parte de la actividad mesiánica de Jesús tal como ponen de relieve los relatos evangélicos. Cristo no podía dejar que su misión se agotara con su propia existencia histórica. Por eso elige de entre sus discípulos a doce, los Doce, y les forma para el apostolado, haciendo de ellos apóstoles (de apostello = enviar) o enviados para prolongar su misión en el tiempo. A esta formación para el apostolado pertenecen ensayos como el que refiere el texto de Marcos.

Nos dice el evangelista que, en cierta ocasión, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Los Doce forman ya un grupo bien definido. Son esos discípulos de Jesús que están con él de modo más o menos permanente, que suelen acompañarle a todas partes y que reciben enseñanza personalizada. En un determinado momento, cuando lo creyó oportuno, reunió a esos Doce y los fue enviando de dos en dos a una experiencia misionera. El envío hace de ellos enviados, es decir, apóstoles.

Pero semejante envío iba acompañado de una autoridad, que implicaba una potestad –no hay autoridad sin potestad para su ejercicio- sobre los espíritus inmundos. Semejante autoridad no entrañaba únicamente la ejecución de ciertos exorcismos o la actuación sobre los endemoniados. Su misión no consistía sólo en esto. Tener autoridad sobre los espíritus inmundos era aplicarse a una tarea de mayor alcance, una tarea que consistía ante todo en extender el Reino de Dios debilitando el dominio de las fuerzas del mal en todas sus expresiones (enfermedad, pecado, posesión diabólica) y ganando terreno a estas fuerzas instaladas en el mundo.

Para esta misión itinerante no necesitaban más que la palabra y los descansos necesarios para reponer fuerzas. Los elementos prescindibles que nos suelen acompañar en la vida ordinaria podían convertirse en un obstáculo o en una distracción, o al menos en cosas inservibles para la misión a la que eran enviados. Por eso les encarga que prescindan de todo lo que es prescindible. Además, así aprenderán a vivir de la providencia divina, que se cuida de que a su apóstol no le falte el sustento ni el descanso necesarios.

Ello explica las instrucciones que les da: Les encargó –dice el evangelio- que llevaran para el camino un bastón (el bastón del peregrino que es tan frecuente ver en las largas caminatas y peregrinaciones a pie) y nada máspero ni pan ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Parece que Jesús tiene especial interés en ver a sus «misioneros» salir a la misión «despojados de todo», hasta de lo que en la vida ordinaria parece necesario, pero que en tiempos de misión resulta superfluo, como el pan del día, o los víveres almacenados en la alforja, o el dinero suelto para las compras más elementales.

De lo necesario para la vida de cada día ya se ocupa el mismo Dios, que alimenta a las aves del cielo y viste con todo esplendor a los lirios del campo, y que vela por las necesidades de sus elegidos y enviados. Ya habrá quienes les procuren el pan y la casa a estos misioneros que no necesitan siquiera llevar una túnica de repuesto. Los que se dejen captar por el mensaje del Reino les repondrán de lo necesario. ¿A qué preocuparse, por tanto, de estos utensilios o de este equipaje que resta libertad para moverse con ligereza y diligencia en los asuntos propios de la misión?

Estas recomendaciones no son, sin embargo, las de un lunático insensato e inconsciente que vive en la inopia y carece del más mínimo sentido de la realidad, dado que no es capaz de advertir las necesidades del hombre en su condición terrestre. Él sabe muy bien que sus apóstoles necesitarán no sólo de bastón para el camino, sino también de casa para descansar y de pan para comer. Por eso, añade: Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.

Jesús les asegura, por tanto, que encontrarán casas donde reposar, casas donde serán bien acogidos, porque siempre habrá puertas que se abran y acojan a los enviados de Dios. Pues bien, les dice que aprovechen esas ofertas y permanezcan en la casa que les haya acogido, y que disfruten de la estancia y agradezcan la hospitalidad que les dispensen, y que a cambio les dejen el regalo de la paz (ese conjunto de bienes salvíficos) de la que ellos son portadores de parte de Dios. Porque el obrero merece su salario.

Y cuando un «lugar» no les reciba –que también sucederá- ni les escuche –a él tampoco lo recibieron ni escucharon en muchos lugares-, que no se extrañen, porque el miedo, la desconfianza y la ingratitud son también patrimonio humano y ellos habrán de experimentarlo en sus propias carnes; que simplemente se sacudan el polvo de los pies en señal de disconformidad o desaprobación, como si no quisieran compartir con los moradores del lugar ni siquiera el polvo del terreno que se pega a los pies de todos los que transitan por él.

De esta manera pondrán de manifiesto su culpa, es decir, su desprecio, su cerrazón, su falta de apertura al don de Dios que no se hace perceptible sino a través de sus mediaciones humanas. Por eso, despreciando a sus enviados (sus mediaciones) podemos estar substrayéndonos al mismo Dios: el que a vosotros recibe a mí me recibe; el que a vosotros rechaza a mí me rechaza. Esta es la lógica de Dios, que pasa por la aceptación de sus mediaciones. Y las mediaciones, siendo humanas o mundanas, son siempre imperfectas; y hasta vulgares nos pueden parecer. Pero no por eso dejan de ser «mediaciones de Dios», es decir, cauces a través de los cuales Dios se nos comunica.

Aquellos discípulos, respondiendo al envío, salieron a predicar la conversión (al mensaje del Reino), echaban muchos demonios (dando muestras de la potestad recibida), ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban (confirmando así la eficacia de su palabra o la fuerza de la autoridad con la que habían sido investidos). Sus obras eran el mejor refrendo de la autoridad con la que Jesús les había dotado para la misión. Los enviados habían recibido del enviante su misma potestad de operar sobre la enfermedad y los demonios en bien del hombre oprimido, pero llamado a participar de los bienes mesiánicos del Reino de los cielos.

Aquella misión fue, sin embargo, un ensayo de lo que habría de consolidarse después como misión de la Iglesia, y aquel envío, un esbozo del mandato misionero posterior a la resurrección del Señor: Id por todo el mundo y proclamad el evangelio a toda la creación… La misión de la Iglesia brota de la misión de Jesús, y tiene como fin prolongar en el tiempo lo iniciado por el Cristo o dar continuidad a lo sembrado por el Mesías en nuestra tierra: contribuir al acrecentamiento del Reino de Dios.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística