De acuerdo con el mensaje

1. La primera lectura de la liturgia eucarística es del libro del profeta Amós. Amos es un pastor y cultivador de higos enviado por Dios a profetizar contra la injusticia social. El libro nos relata lo que ocurrió con el profeta cuya misión duró alrededor de tres meses nada más. Parece ser que Amós se corrompió lo suficiente como para dedicarse a comer del mismo santuario al que criticaba. Cuando uno de los sacerdotes de ese santuario se lo hizo notar, el profeta cayó en la cuenta de su pecado y volvió al buen camino de su honestidad; se retiró y no se supo más de él.

No basta que digamos la verdad, hace falta que nuestra vida esté de acuerdo a nuestro mensaje. Nuestra vida y nuestras palabras tienen que ir de acuerdo. No podemos mantener una incoherencia entre la fe que decimos profesar y la vida que llevemos. Nuestra fe debe verse por nuestras obras.

La protesta de Amós acerca de su ser o no ser profeta nos indica hasta qué punto el oficio de profeta se había desprestigiado ya para esa época. Ni los verdaderos profetas querían ser tenidos por tales. El desprestigio se debió a que cualquiera se presentaba diciendo: A mí el Señor me dijo tal cosa o tal otra. El desprestigio llegó hasta la época de Jesús y así vemos a Juan Bautista negando que él fuera profeta.

2. Con la segunda lectura empieza el desarrollo de la carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso. Es un himno de acción de gracias a Dios por su plan salvador. Se trata de una confesión de fe en lo que la persona de Cristo es. Es una especie de desenvolvimiento o explicitación de lo que decimos al final de la plegaria eucarística: “Por Cristo, con El y en El”, nada más que en esta ocasión lo que se explica es lo que por Cristo, con Cristo y en Cristo nos ocurre a todos nosotros los hijos de Dios y miembros de su cuerpo. Por Cristo, con El y en El, hemos sido bendecidos, elegidos para ser consagrados, incondicionalmente redimidos, perdonados, constituidos herederos, llenados del Espíritu Santo.

3. La tercera lectura está tomada del evangelio según san Marcos. Las instrucciones que Jesús da a sus enviados a evangelizar van dirigidas enteramente a subrayar que el evangelizar es algo urgente, algo tan urgente que no debe ser retrasado ni detenido por ningún motivo. Nada debe detener a los enviados; ellos deben moverse continuamente; nada debe resultarle un impedimento para viajar ininterrumpidamente. No se trata de ningún ensayo o entrenamiento, se trata de que anunciar el Reino de Dios urge. Todas las medidas a tomar, según el relato que analizamos, son las medidas que toma quien emprende un nomadeo urgente y sin fin.

Los primeros cristianos vivieron diariamente la sensación de tener que escoger entre hacerse discípulos de Cristo o quedar bien con los miembros de su familia, amistades o ciudad. Tenían que escoger aun entre Cristo y su propia vida. Hacerse anunciador del Evangelio, del Reino, es hacerse continuador de la misión de Jesús. Igual que el Padre envió a Cristo, El envía a sus seguidores a continuar esa misión. La misión de los seguidores es la misión de Cristo.

Un detalle del relato, en el que vale la pena fijarse, es el de que los envió de dos en dos. No significa que mandó a Pedro con Santiago, por ejemplo, sino que los envió a cada uno con su esposa. Así lo interpreta claramente San Pablo en la primera carta a los Corintios: “Acaso no tenemos derecho a viajar en compañía de un mujer cristiana como los demás apóstoles, incluyendo a los parientes del Señor y a Pedro?”.

El hecho de que en otra parte del Evangelio se den las mismas instrucciones referidas a los “setentaidós” lo único que implica es que nosotros vemos diferencias entre esos dos grupos de apóstoles (los doce o los “setentaidós”), pero que los evangelistas no las veían y que tampoco las veían los doce o los “setentaidós” seguidores de Jesús y continuadores de la misión de anunciar y proclamar el Reino de Dios.

Si el Reino de Dios significa algo en Marcos es precisamente la derrota definitiva de Satanás. En donde Reina Dios no puede reinar lo que se le opone, lo maligno, lo que no es Dios. Si creemos en el poder de Cristo no podemos creer en que el demonio tenga poder. El Reino de Dios se ofrece, se regala, lo mismo que Dios se ofrece y se regala porque tiene valor infinito y sabe que nosotros no podemos pagar su precio.

Si hubiéramos seguido esas indicaciones evangélicas de Cristo para su predicación y testimonio acerca del Reino, qué hubiera ocurrido con el mundo? ¿Cómo anunciamos nosotros que creemos en el Reino de Dios?

Antonio Díaz Tortajada