Enviados de Cristo

1.- “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel” (Am 7, 15) Amós era labrador. Allá por las tierras del sur, cultivaba las verdes higueras de Judá, pastoreaba su rebaño, inmerso en la soledad ancha de aquellos paisajes llenos de historia santa. Y un día llegó a sus oídos la voz recia de Yahvé, esa voz de muchas aguas que llamaba a quien proclamara su mensaje de justa indignación. Israel, la adúltera del norte, se había olvidado de Dios. Y era preciso recordarle las exigencias de este Dios enamorado. Y Amós fue escogido para ello y enviado a pesar de las dificultades. Y esa vocación y misión serán su carta de garantía, como la firma que avala la autenticidad de sus palabras.

Y es que el verdadero profeta sólo lo es el llamado por Dios, el que recibe la misión de hablar en su nombre. Por eso en la Iglesia, en el pueblo de Dios, sólo se puede considerar verdadero profeta al que llama Dios a través de sus apóstoles, o de sus sucesores los obispos. Y será buen profeta sólo si transmite el mensaje que se le ha confiado. Tanto es así, que cuando caigan en la tentación de pronunciar palabras propias, o palabras ajenas a las que le fueron confiadas, estarán traicionando al que le envió.

Estamos necesitados de verdaderos profetas, de hombres llamados por Dios, enviados con la misión de proclamar el divino mensaje. Hombres fieles que no se dejen llevar de sus propios intereses, que no pretendan estar de moda, atraerse el aplauso de la multitud. Hombres que no traicionen al que le envió, al Obispo que le confió la delicada misión de hacer resonar en las mentes y en los corazones la palabra de Dios.

“Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá: come allí tu pan y profetiza allí” (Am 7, 12) Amós ha llegado hasta Betel, llevando palabras de fuego contra los que no cumplen la ley de Yahvé, contra todos aquellos que reducían el culto de Dios a una serie de prácticas meramente externas, a un vivir cómodo y sin complicaciones personales, sin una entrega total y sin abnegación de sí mismos. Su palabra escuece, levanta inquietud y zozobra en los espíritus aburguesados, en los que quieren vivir a gusto, sin lucha, sin doblegarse ante el criterio del que hace cabeza.

También Amasías, el sacerdote de Betel, ha sentido en su carne el golpe rudo de la palabra de Amós. Y protesta y se revuelve rabioso: Vete a tu tierra, visionario. Come allí tu pan y predica a los tuyos. Déjanos en paz… Amasías estaba a gusto, tranquilo en su vida fácil, sin lucha. Por eso las exigencias de este hombre de campo que brama en nombre de Dios, le molestan, le resultan insoportables. Y le manda callar.

Como hemos hecho nosotros cuando la palabra de Dios nos ha llegado preñada de exigencias y de renuncias. Nos hemos rebelado, nos hemos justificado, hemos buscado mil razones para escabullirnos, para seguir haciendo lo que nos ha resultado más fácil. Y hemos protestado contra los que, en nombre de Dios y enviados por él, nos han hablado claramente de entrega, de justicia, de verdad, de humildad.

2.- “Voy a escuchar lo que dice el Señor…” (Sal 84, 9) Ojalá sea también un deseo tuyo este de escuchar hoy al Señor. Sí, ojalá escuches y no endurezcas tu corazón como lo endurecieron los israelitas en el desierto. Las palabras que siguen en el salmo, ésas que hemos de escuchar en este momento, dicen así: “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra…” Qué verdad es que los pensamientos del Señor son pensamientos de paz y no de aflicción. Lo que él desea para cada uno de nosotros es nuestra misma felicidad, la alegría y el sosiego de nuestro espíritu.

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. La misericordia de Dios va de generación en generación, su amor dura por siempre; sin dejarse abatir por la falta de correspondencia, está abierto de forma permanente al perdón y al comenzar de nuevo. Y al mismo tiempo su justicia no tiene paliativos ni favoritismos, la justicia de Dios que todo lo ve y todo lo sabe, sin necesidad de testigos, ni abogados defensores o fiscales implacables. Párate un poco a pensar en todo esto, para que te animes en la lucha por corresponder a ese amor y fidelidad, en el afán por superar con éxito el examen final de tu vida.

“Muéstranos, Señor, tu misericordia” (Sal 84, 8) Y danos tu salvación, continúa la oración del salmista, que hemos de hacer oración personal, diálogo de tú a tú con Dios nuestro Padre… El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos.

En aquella tierra, lo mismo que en la nuestra, la lluvia en el tiempo oportuno era decisiva para las cosechas. Aquellos hombres, que el salmista representa, también cultivaban el trigo y la cebada, los olivares y las viñas. Eran tierras de secano, sometidas a las aguas que el cielo enviaba o retiraba. De ahí esa actitud de dependencia casi absoluta de la bendición de lo alto. Si Dios mandaba el agua, todo estaba salvado. Si no, eran inútiles todas las fatigas y sudores del año.

En la vida espiritual ocurre otro tanto. Somos tierra de secano. Sólo tenemos cosecha cuando hay lluvia, sólo daremos algún fruto sobrenatural si Dios nos riega con su gracia. Con razón decía el Apóstol que ni el que planta ni el que siega es nada, sino sólo Dios que da el crecimiento. Y también Jesús nos asegura que sin él nada podemos… Acudamos, pues, a Dios con insistencia, con humildad, para que nos mande la lluvia necesaria.

3.- “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 1, 3) Muchas veces en los escritos paulinos encontramos lo que técnicamente se llama una doxología, exclamaciones de alabanza a Dios, expresiones llenas de júbilo y de gratitud. En este pasaje tenemos una de las más bellas y extensas doxologías de San Pablo. Comienza con esta frase que todavía hoy es usual entre nosotros: Bendito sea Dios. Una expresión que la gente sencilla y buena sigue repitiendo en circunstancias de alegría y también de penas.

Sí, siempre que el hombre se siente cerca del Señor, por la alegría o por el dolor, exclama con espontaneidad: Bendito sea Dios… Aquí Pablo expone los motivos que le hacen exclamar gozoso esas palabras tan significativas. Ante todo porque Dios nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales, nos ha elegido para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor. Antes de crear el mundo ya pensaba Dios en cada uno de nosotros, ya nos amaba, ya deseaba favorecernos, ayudarnos, darnos la vida eterna, hacernos felices a través del amor … Ante todo esto no cabe otra cosa que exclamar llenos de alegría: Bendito sea Dios.

“Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido el perdón de los pecados” (Ef 1, 7) Sigue San Pablo con entusiasmo: “Él nos ha destinado en la persona de Cristo –por pura iniciativa suya– a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia, ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad”.

Un derroche, dice San Pablo. Un derroche porque son infinitos los bienes que Dios nos ha concedido, infinitos en cantidad, y, sobre todo, en calidad. Bienes que no acabamos de apreciar porque somos tremendamente torpes, tremendamente materialistas. Por eso existe el peligro de que ese derroche por la abundancia, se convierta en un derroche por la inutilidad de su aprovechamiento. Es decir, que todo el inmenso bien que Dios nos quiere comunicar se quede en muy poco, o en nada, a causa de nuestra desidia, a causa de nuestra torpeza, de nuestra ingratitud, de nuestra mezquindad… Ojalá recapacitemos, ojalá rectifiquemos a tiempo, ojalá comprendamos el derroche de amor que Dios hace con nosotros y le correspondamos de forma adecuada.

4.- “Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos…” (Mc 6, 7) El Señor fue preparando de forma paulatina a sus apóstoles; aquellos hombres que, a pesar de sus limitaciones, fueron escogidos para la misión de implantar el Reino de Dios sobre la tierra. Eran hombres rudos, algunos incluso ignorantes, torpes a menudo para entender las cosas de Dios. Sin embargo, fueron generosos, audaces a la hora de seguir a Jesús. Se olvidaron de sus propios defectos y confiaron plenamente en el poder divino.

Para aumentar su confianza en Dios, fueron enviados sin dinero, con lo puesto casi. Ellos no lo pensaron dos veces y marcharon por los caminos de Palestina, recorriendo los pueblos y alquerías para anunciar que la salvación había llegado con Jesús de Nazaret, el joven Rabí que enseñaba la comprensión mutua, la conquista de un mundo mejor a través de la propia renuncia, de la entrega por amor a Dios en el servicio a todos los hombres.

Era una aventura para gente joven, para hombres y mujeres que supieran de amores limpios y nobles, para “locos de remate” que se olvidaran de sí mismos y se preocuparan de los demás. Se trata de una tarea de redención universal, de una guerra donde las armas son la persuasión amable, la oración ferviente, el sacrificio escondido, la santidad personal en una palabra.

Aquellos pescadores y labriegos emprendieron una marcha que, a través de sus sucesores, ha de durar durante siglos, la marcha de los misioneros evangélicos. Aquella fue la primera misión y tuvo un éxito rotundo. Volvieron gozosos y radiantes porque la paz y la alegría habían brotado al conjuro de sus palabras. Aquello era sólo el principio, una prueba fehaciente de que quienes se ponen en camino en nombre de Cristo, a pesar de sus limitaciones personales, sembrarán con eficacia la semilla de la fe, del amor y de la esperanza.

Antonio García Moreno