Se puso a enseñarles con calma

1ª Lectura: Yahvé, justicia nuestra

La bella imagen del pastor solícito de su rebaño, tan extendida en la cultura agrícola y pastoril del oriente antiguo, le servía a Israel para plasmar su fe en un Dios compasivo, inclinado hacia la humanidad y protector de los suyos. No podían concebir una comunidad errante por el desierto, como ovejas sin pastor. Cobijados bajo el extenso paraguas del guardián de Israel y de acuerdo con el oráculo profético sobre Jerusalén (Is 1,21.26), esperaban el día en que Yahvé instauraría plenamente su justicia: mirad que vienen días en que reinará un rey prudente cuyo nombre seráYahvé, justicia nuestra”.

Yahvé, el Dios justo, encarnaba de este modo las esperanzas de un pueblo olvidado por sus dirigentes. Como buen Pastor, velaría por los derechos e intereses de su rebaño; implantaría la justicia y el derecho del Dios Santo, bondadoso en su misericordia. No podían ser otros los designios de un Dios Salvador.

2ª Lectura: Cristo, nuestra paz

Ahora bien, ¿dónde quedaban las antiguas esperanzas de Israel? De todos era conocido el muro de enemistad, el desprecio, e incluso el odio, que se dispensaban mutuamente judíos y paganos. Así lo testimoniaba el muro de piedra que separaba en el templo de Jerusalén el patio de los judíos del patio de los paganos.

La justicia de Dios, que apuntaba hacia un nuevo horizonte de vida, encontraba en Jesús, su destinatario, al verdadero artífice de la paz. Con su nuevo mensaje y estilo de vida, sellado en lo alto de la cruz, firmaba e inauguraba el verdadero camino de encuentro y de reconciliación entre ambos pueblos. Al mismo tiempo que destruía en su sangre el muro infranqueable que los separaba, propiciaba la verdadera paz, fruto de la justicia amorosa y compasiva del Buen Dios. Nacía una nueva Humanidad, ensamblada en un cuerpo único y alentada por el soplo del Espíritu.

En la gramática cristiana no cabe la disyuntiva entre “lejanos” y “cercanos”. La compasión por el pueblo de Dios desborda los lazos del afecto puramente humano. Unidos por el cordón umbilical del bautismo, conformamos todos un solo Cuerpo.  Todos, los unos y los otros, tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu, el del Jesús glorificado y exaltado.

Evangelio: Sintió compasión de ellos y se puso a enseñarles muchas cosas

Los Doce, que habían sido enviados a misionar de dos en dos, volvían a encontrarse con Jesús para contarle todo lo que habían hecho y enseñado. Curiosamente, este inicio del fragmento evangélico se corresponde con su final: Jesús, antes de saciar el hambre de la multitud con la primera multiplicación de los panes, se puso a enseñarles muchas cosas. Con este sencillo detalle, el evangelista deja entrever a los lectores cuál era el verdadero sentido de la misión de Jesús. Atendería sin duda la imperiosa necesidad de los hambrientos, pero sin olvidar el cometido para el que había sido enviado: dar a conocer a todos el Reino de Dios. Su actividad taumatúrgica se convertía así en un signo de la presencia del Reino.

Se explica, pues, el que Jesús propiciara a sus discípulos un lugar solitario con el fin de  reconsiderar y retroalimentar su agitada agenda misional. Había un motivo más para ello: acababa de ser decapitado Juan el Bautista. Como pastores del rebaño, necesitaban el sosiego íntimo y silencioso de la reflexión y la oración para evaluar su experiencia.  ¡Tú solo, Señor, tienes palabras de vida eterna! Junto al pan que reconforta al hambriento, no puede faltar el alimento de la Palabra. La compasión de Jesús, solidario ante cualquier emergencia, llega hasta lo más hondo del ser humano: bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados(Mt 5,6); venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados... (Mt 11,28).

Fray Juan Huarte Osácar