2Cor 4, 7-15 (2ª lectura Solemnidad de Santiago Apóstol)

El tesoro de ser apóstol, en vasos de barro

En la defensa que Pablo tiene que hacer de su apostolado ante la comunidad de Corinto, porque han llegado “algunos” con cartas de recomendación para “dirigir” a la comunidad, se expresa la pasión del “apóstol” de los gentiles por el mensaje de la salvación con una lista de calamidades con las que se quiere ilustrar la metáfora del vaso de barro. Pero esas calamidades no destruyen -se entiende que por la ayuda y la acción de Dios-, ese vaso de debilidad que es el apóstol que predica el evangelio. Es decir, el tesoro, que es el evangelio o el mismo servicio del evangelio, hace posible que el apóstol o los apóstoles no vivan angustiados ni desesperados ni abandonados ni perdidos. Se trata de un catálogo que algunos han comparado con las adversidades que relatan los filósofos cínico-estoicos. Pero la verdad es que no está hablando de una propuesta de ataraxía o imperturbabilidad por parte de Pablo, sino que es una descripción de identificación con el misterio de Cristo, para poder participar así también, con esperanza, del triunfo de la resurrección. Por ello va a echar mano de la experiencia personal que todo creyente debe tener con Jesucristo, con su muerte y su resurrección.

Pero más aún, el “emisario” o “apóstol” del evangelio debe estar en disposición de vivir esta vida en Cristo: entregarse a la muerte, para que los otros vivan de ese evangelio. Así se dice clara y manifiestamente en 4, 12: “de este modo, la muerte acontece en nosotros, y en vosotros la vida”. Significa que mientras el apóstol, por causa del evangelio, va gastando su vida, en esa medida siembra vida en la comunidad que acoge ese mensaje. Pablo ha expresado esta identificación con Cristo en otros momentos, como en Gál 2, 20 o en Flp 3, 7-11. Pero el hecho de que ahora apoye su ministerio en el kerygma: muerte y resurrección de Jesús, es porque sirve extraordinariamente a la metáfora paradójica del “vaso de barro” y del “tesoro”. El predicador del evangelio, pues, experimenta personalmente la soteriología en su doble dimensión de muerte y de vida. No se puede vivir sino muriendo, de la misma manera que Cristo no ha podido resucitar o “ser resucitado”, sino pasando por la debilidad de la muerte (v. 10). Si todos los cristianos, pues, tienen que acoger esta experiencia soteriológica de identificación con Cristo, no puede ser menos el apóstol que está encargado de este ministerio.