Compañeros de Jesús

1. – Hoy hacemos memoria de Santiago, apóstol y heraldo del Evangelio, quien movido por la fuerza del Espíritu peregrinó a Occidente enseñándonos el camino de Cristo a través del mensaje del Evangelio.

Él había acompañado a Jesús por Galilea con el grupo de los doce, viajó por Samaria hacia Jerusalén, contempló la resurrección de la hija de Jairo en Cafarnaún, fue testigo de la Transfiguración del Señor en el Tabor, asistió angustiado al sufrimiento de Jesús en Getsemaní, y en el Cenáculo estando con los once a la mesa recibió el mandato del Resucitado de ir por todo el mundo proclamando la buena noticia a toda la humanidad para ser testigos del Salvador hasta el fin del mundo. A través del Apóstol nos ha llegado una visión de la vida desde la fe, basada en un testimonio histórico concreto donde Jesús es el camino y en él encontramos la verdad que buscamos y la vida que deseamos.

2.- Esta experiencia de fe le lleva a escribir a san Pablo: «Creí por eso hablé, sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien». Aquí radica la innovación y la originalidad del discernimiento cristiano.

La inserción de Dios en la historia, la unión del Verbo divino con la condición humana, la redención y el comienzo de una nueva era, la plenitud de la revelación, la nueva visión de Dios y del hombre en su relación con él. Todo eso es una radical novedad, una variación de un orden de magnitud incomparable con cualquier otro. El hombre, única criatura capaz de preguntarse por el mundo, por la realidad o simplemente de hacerse preguntas, desde la orientación cristiana es contemplado de una manera nueva. Creado porque la vida le ha sido dada, es un ser inestimablemente libre que no se basta a sí mismo. Es imagen de Dios y es amado por El para siempre.

3.- Para el hombre la vida es algo que acontece, que se va haciendo instante tras instante, modificando las circunstancias, aprovechando sus posibilidades, intentando superar tos riesgos y las amenazas del mal para colmar las aspiraciones más nobles del corazón humano con la gracia de Dios.

«Nos aprietan por todos los lados, pero no nos aplastan; estamos apurados pero no desesperados; acosados pero no abandonados; nos derriban pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». En este acontecer dramático en que se entreteje la vida humana con un instante último en el tiempo, mantenemos la esperanza de seguir viviendo después de la muerte corporal y biológica porque ésta no es la extinción de la persona humana. No podemos perder esta perspectiva en el conocimiento, relativamente descuidado, de lo que significa ser persona.

Nuestra fe en la resurrección, contenido estrictamente religioso cristiano, nos lleva a la expectativa de la vida perdurable donde se espera salvar todo lo auténtico y donde todo lo oculto aparecerá, adquiriendo en presencia de Dios un valor incomparable. Si la relación con Dios se limitara a la vida terrenal, la religión misma perdería su sentido. La vida perdurable es lo más importante, justificación de todo lo demás, orientado hacia esa esperanza. Nuestra atención se ha concentrado en esta vida y sus afanes, y la vida eterna ha quedado relegada a una calidad bastante inerte.

Sin embargo de nuestro interior surge la conciencia de estar llamados a ser no algo sino alguien, esperando al término de nuestra peregrinación alcanzar la plenitud de nuestras posibilidades. El amor y la fidelidad de Dios no nos abandonarán a la oscuridad de la falta de sentido, del vacío y de la muelle. «Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo». Éste es el testimonio que debemos dar también hoy en nuestra civilización, en la que los valores evangélicos son motivo de esperanza.

4.- Hoy es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos. Sin embargo, esto debe hacerse respetando debidamente el camino siempre distinto de cada persona y atendiendo a las diversas culturas a las que ha de llegar el mensaje cristiano, de tal manera que no se nieguen los valores peculiares de cada pueblo, sino que sean purificados y llevados a su plenitud.

Antonio Díaz Tortajada