Comentario – Miércoles XVII de Tiempo Ordinario

(Mt 13, 44-46)

Al igual que el domingo anterior, año A, se nos ofrecen dos pequeñas parábolas unidas: la del tesoro y la de la perla fina. Parecen iguales, y a simple vista el mensaje de las dos es el mismo, pero en realidad no es así, porque cada una muestra un aspecto diferente de nuestra relación con Dios.

Miremos con atención. Se está hablando del Reino de Dios, que en realidad es Dios mismo reinando con su presencia en este mundo.

La primera parábola dice que Dios es como algo muy valioso que nosotros podemos encontrar. Haberlo encontrado a él, por pura gracia, porque él se dejó encontrar, es hallar un tesoro; y si verdaderamente lo hemos encontrado, eso nos llena de gozo, y nos damos cuenta que vale la pena entregarlo todo por ese tesoro. Está escondido, pero escondido en medio de las cosas de nuestra vida. Parece oculto, pero está a mano.

La segunda parábola, en cambio, dice que Dios es como un comerciante. Él no es la perla fina, sino un comerciante que anda buscando perlas finas. Pero ¿cuáles son las perlas finas? Evidentemente somos nosotros, que para sus ojos de Padre tenemos un inmenso valor. Por eso nos busca.

Nos queda otra pregunta. ¿Qué es lo que él puede vender para comprarnos? La respuesta está en varios textos de la Biblia que lo expresan con claridad (Hch 20,28; 1Cor 6, 20; 1Pedro 1, 18-19). El Padre Dios nos ha comprado con un alto precio, la sangre preciosa de su propio Hijo. Y eso debe hacernos descubrir que no podemos vendernos a cualquier cosa.

Vemos entonces que las dos parábolas unidas nos invitan a dos actitudes diferentes: por una parte, a reconocer a Dios como el mayor tesoro y a amarlo con gozo y con todo el ser, y por otra parte, a dejarnos amar por él, a dejarnos encontrar, a experimentar con gozo su mirada de amor que nos valora tanto, que entregó a su propio Hijo amado por nosotros.

Oración:

«Padre Dios, ayúdame a sacar mis ojos de las cosas que me absorben y dominan, para que pueda reconocerte a ti como el mayor tesoro; y enséñame a reconocer el valor que tiene mi vida, mirada y valorada con tanto amor».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día