No vivimos en paz

1. – En la primera lectura del segundo libro de los Reyes, se nos cuenta una historia muy breve paralela a la que aparece en el evangelio de Juan: Un milagro realizado por el profeta Eliseo. Se trata, como en el caso de Jesús, imagen anticipada del milagro de Jesús, del “pan de las primicias”, panes de cebada; se trata de repartirlos a mucha gente hambrienta; se trata de que el encargado de repartirlos hace notar la insuficiencia; se trata de que el pan, después de repartido y saciada la gente, sobra; se trata de que la Palabra de Dios se cumple.

La primera lectura nos señala ya que Jesús habla en nombre de Dios, es profeta de Dios, y por ello su palabra, por ser la Palabra de Dios, se cumple. Se trata de señalarnos que los milagros son signos, señales, de que el Reino de Dios llega, ya está aquí y ya ha empezado con la persona de Jesús de Nazaret.

La segunda lectura recoge los primeros compases de la larga exhortación de San Pablo a los cristianos de Éfeso. El Apóstol nos pide que vivamos como lo que decimos que somos. Y añade una serie de recomendaciones que ciertamente no hemos seguido. No somos ni humildes ni amables, ni comprensivos, no nos sobrellevamos mutuamente con amor, no mantenemos la unidad del Espíritu, no vivimos en paz. No nos sentimos miembros de un mismo cuerpo. Es más, el Espíritu Santo, que debiera llevarnos siempre a mantenernos unidos en una sola comunidad de amor, nos sirve muchas veces de pretexto para mantenernos aparte, separados, paralelos al resto de la comunidad de seguidores de Jesús. ¡Otro gallo nos hubiera cantado a los cristianos, durante estos dos mil años, si hubiéramos seguido los consejos que nos da san Pablo! ¡Ojalá esta celebración eucarística nos sirviera para comenzar la lucha por vivir cada día lo que san Pablo nos recomienda con tanto amor!

2.- San Juan presenta a Jesús no sólo como el nuevo Adán, el hombre nuevo, sino también, como el nuevo Moisés, el verdadero líder y maestro del nuevo pueblo de Dios. Se le presenta como aquel en quien el Dios de la Antigua Alianza se hace plenamente presente. Va a superar la Pascua.

Para el Evangelio según san Juan, Jesús es el nuevo y mejor Moisés, el nuevo y mejor “maná”, el nuevo y mejor cordero pascual. El verdadero paso (la verdadera Pascua, porque eso es lo que significa la palabra “pascua”: Paso) se da en Él; el paso de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad, de vivir en la carne o mundo a vivir en el espíritu.

En este fragmento del evangelio Juan habla de comida, de Eucaristía. El milagro es signo, icono, sólo signo, de la realidad sacramental. Juan divide su evangelio en “antes de la hora” y “después de la hora”. La “hora” es el momento de la muerte de Jesús en la cruz. Antes de “la hora” sólo hay signos; después de “la hora” sólo realidades sacramentales: Verdadero pan, que da la verdadera vida, porque es, verdaderamente, el cuerpo de Cristo, pan y palabra de Dios que dan la vida verdadera al hombre nuevo, al verdadero hombre.

La comida es de panes y peces. Desde la destrucción del templo, año 70, los judíos celebraban la Pascua con panes y peces, en vez de pan y cordero. Cristo cambia la Pascua judía por una pascua nueva en que lo que comen los seguidores es pan del cielo, su propio cuerpo y sangre sacramentales y realmente presentes en la Eucaristía.

3. El relato que tenemos en la versión del Evangelio según san Juan del relato de las tentaciones de Jesús, que aparecen explicitadas en los otros tres evangelistas. Aparece el pan multiplicado (la riqueza o la abundancia) en forma de banquete, típica de la mentalidad judía antigua y de la evangélica. Aparece el milagrerismo: El profeta que multiplica panes y hace milagros. Aparece el poder: Venían a hacerlo rey. Aparece Jesús venciendo la tentación pues se va al monte, solo. Las tentaciones que pueden hacer que la misión de Jesús se convierta en algo demoníaco siguen siendo las mismas para su cuerpo, la Iglesia: La riqueza, el milagrerismo, el poder. Ninguno de los tres liberará al pueblo de Dios. Sólo libera el servir hasta dar la vida por él.

Jesús sabía que la solución del hambre del pueblo está en compartir. Hubo muchos más milagro en que los que querían acaparar aprendieran a dar. La solución no está en comprar, en tener plata guardada para invertirla en pan; la solución no vendrá de la sociedad de consumo. Se trata de organizar la vida de todos de otra manera, organizarla de tal manera que la gente quiera compartir los panes y peces que cada uno tenga. En la alegría, el pueblo, que por fin comparte y sacia su hambre, descubre que Jesús es el Mesías que tenía que venir al mundo.

Antonio Díaz Tortajada