Comunismo

1.- Ya sabéis, mis queridos jóvenes lectores, que en el evangelio de Juan debemos buscar siempre una segunda intención, es decir, que el texto no es una simple crónica. No seré yo quien lo ignore, pero, no obstante, para que lleguemos al meollo de la cuestión es preciso pasar primero por la corteza. (Como para entrar en el interior de la vivienda de un amigo, es necesario primero saber donde se alberga y después atravesar la fachada). Que todo el evangelio de hoy nos prepara para la realidad insigne de la Eucaristía, no hay duda, pero que la Revelación nos llega mediante un escenario que hay que conocer y unas circunstancias en las que hay que fijarse, también es verdad.

Os recuerdo que el episodio ocurre a lado de una gran masa de agua que confiere al ambiente un alto grado de humedad, el lago de Galilea. Que se vive a 200 metros bajo el nivel del mar y que la temperatura llega a veces a subir por encima de los de 40º C. La sensación de bochorno en estos lugares es inmensa. Por muy habituados que estuviesen aquellos galileos, Jesús entre ellos, influían estas circunstancias en su estado de ánimo. Ciertamente que disponían de tiempo en abundancia, cosa de la que nosotros carecemos casi siempre. Podían escuchar al Maestro largamente y nada impedía que si les entraba sueño, se quedasen dormidos, pero el hambre, sin duda, corroería su interior al cabo de un tiempo. La pereza dificultaría tomar decisiones firmes, pero no embotaría el entendimiento, ni frenaría la secreción gástrica y por ende la sensibilidad del estómago vacío.

2.- Jesús que con serenidad pretende iniciarlos en uno de sus más sublimes proyectos, es realista y tiene conciencia de que ha llegado el momento en que la gente siente desfallecimiento a causa de no haber comido. Quiere compartir la preocupación con los suyos. De parte del primer discípulo con quien habla, escucha palabras escapistas. Pero no se queda en la constatación de que se necesitarían muchas cargas de alimentos para satisfacer las necesidades de aquella multitud. Indaga en las posibilidades con que cuentan. Le dice otro, Andrés, hermano de Pedro, que hay un chico que tiene cinco panes y dos peces, poca cosa, pero no despreciable, si está dispuesto el chaval que los ha traído, a cederlos.

Cinco panes de cebada (duros serían y nada esponjosos, como corresponde a los elaborados con este cereal) Dos peces, salados sin duda, como los elaboraban por aquellas tierras, especialmente en la vecina Mágdala, situada a pocos kilómetros del lugar (para entendernos sería algo así como nuestro bacalao). Tratándose de tan poca cosa ¿a quien se le ocurre pedírselos, para repartirlos a los demás?

3.- Entendámonos: es relativamente fácil decidir un día, que cada uno se lleve su merienda, que luego se pondrá sobre un mantel y se compartirá entre todos. El comunismo idealista de los que tienen mucho, es fácil de entender y no tan difícil de practicar. Lo que cuesta es compartir con los demás, que no han traído nada, lo poquito que uno tiene. Cuesta y además es estrambótico pretenderlo. Seamos realistas: una miga de pan no calma el hambre. Y no mucho más que una miga es lo que les podía tocar a aquella multitud fervorosa, reunida alrededor del Maestro. Y un trocito de aleta de pescado salado, tampoco podía saciarles. Así es, pero también lo es que, a veces, hay personas que tiene una generosidad quijotesca. A este anónimo chico que se desprendió de lo poco que había traído en su zurrón, se le debería levantar un monumento. En la Eternidad, con seguridad que ya se lo han erigido.

El joven aporta su pequeña gran generosidad y Jesús con ella obra la portentosa gran y divina generosidad. Seguramente que aquel muchacho entendía muy poco de lo que se explicaba cada sábado en la sinagoga, seguramente que a Jesús le conocía muy poco. Simplemente fue generoso y gracias a ello se obró el prodigio y se ofreció a los hombres un ensayo de Eucaristía. La más elemental y profunda diferencia que distingue entre sí a los hombres, es que unos son generosos y otros egoístas. Preguntaos ahora, cada uno de vosotros, donde os encontráis

4.- Pero no olvidéis, mis queridos jóvenes lectores, que aun en estos momentos tan solemnes, Jesús piensa en los necesitados ¿a dónde fueron a parar todos aquellos cestos de panes que sobraron? No se han preocupado los autores de decírnoslo. En realidad, fueran a parar donde quisieran, la conciencia de que si hay hambre no se puede tirar comida, la aprendieron. Y nosotros hoy, también la debemos aprender y obrar en consecuencia, aunque en casa creamos que no hay sitio para guardar las cosas que a otros que carecen de ellas, les pueden ser útiles.

Y el Señor aun en estos momentos no se desprende de la modestia. Van a condecorarle, pues Él se evade. No ha venido a recoger trofeos, sino a servir. Otro día veremos que, todo esto, no ha sido más que una introducción, al generoso y admirable don de la Eucaristía.

Pedrojosé Ynaraja