“En la mesa con santo Domingo”

«En la mesa con santo Domingo» es el lema jubilar que la Orden de Predicadores ha elegido para conmemorar los 800 años de su Dies Natalis, de su nacimiento a la vida eterna. En el día de hoy 8 de agosto, celebrando su solemnidad, la Familia Dominicana encuentra muchos motivos para profundizar en la Palabra de Dios y predicar su mensaje. Ocho siglos, es verdad, nos separan de su época y de su momento cultural, pero el modo que tuvo de vivir y predicar el Evangelio es de una actualidad remarcable.  Su personalidad nos resulta atrayente porque nos acerca al Evangelio, nos ayuda a comprenderlo y, sobre todo, a vivirlo de forma más humana y comprometida. Domingo sigue teniendo en la actualidad un atractivo especial. Nos muestra un camino posible para vivir la fe en el momento social y cultural en el que nos encontramos.

Los textos de la Palabra de Dios que hoy se proclaman en el día de su fiesta nos recuerdan tres dimensiones importantes, no sólo para los dominicos y dominicas, sino también para la vida de todos los que buscan a Dios y esperan de él una presencia de consuelo y esperanza. Estas expresiones de la fe nos ayudan, desde su firmeza, a comprender la vida de Domingo y a reflexionar sobre la nuestra. «Participamos con él en la mesa de la fraternidad».

“Yo pongo mis palabras en tu boca”

Así se expresa el profeta Jeremías cuando nos quiere indicar la presencia cercana de Dios. Aquellos, como santo Domingo, son grandes cuando logran en el quehacer cotidiano de sus vidas vivir la amistad con Dios de una forma tan cercana y tan íntima que enriquecen la propia vida y las de aquellos que les escuchan. Decir ‘yo pongo mis palabras en tu boca’, es lo mismo que decir «tú dices bien de mí porque hablas por mí». Las palabras que pronuncia el profeta están llenas de Dios. Hoy, en nuestro mundo, son muchos los discursos que nos rodean, muchas las palabras que pronunciamos, pero pocos los mensajes que realmente hablan. Santo Domingo, en su modo de hacer, nos muestra el camino de la palabra que realmente habla. En su espiritualidad podemos encontrar muchos gestos de intimidad con Dios. Por eso logró en su tiempo que el Evangelio, por medio de su predicación, realmente hablase a sus contemporáneos. Hemos de considerar el valor de las palabras que pronunciamos y por tanto hemos de valorar si nuestra vida es mensaje –palabra- para alguien. Seremos palabra si alimentamos nuestra relación con Dios en términos de amistad y de intimidad con El. 

“Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta con toda paciencia y deseo de instruir”

Es el mensaje del Apóstol Pablo a Timoteo. La proclamación de la palabra no se hace al margen de los demás. No hay proclamación de la Palabra si los oyentes no se ven acogidos, considerados, valorados, aceptados, reconocidos y, porque no, queridos. Esta solemne petición a todo cristiano pasa por las relaciones sociales y por integrar en nuestras palabras las diversas sensibilidades que la presencia de Dios despierta en cada uno, sin desdecir por ello su Palabra. Santo Domingo no nos muestra intransigencia ni fanatismo religioso. Tampoco es el hombre aislado de los problemas y dificultades de sus oyentes. La realidad de los otros, sus sufrimientos y dolores, está en la proclamación de su Palabra. De nuevo volvemos al valor de la amistad. No entendemos este valor como exclusividad, sino como capacidad de diálogo y de encuentro con los otros. El diálogo en común exige ciertos niveles de profundidad que sólo aquellos que saben lo que es el valor de la amistad pueden entender. Hemos de considerar, inevitablemente, el lugar que los otros ocupan en nuestros pensamientos y en nuestros afectos. Si la exhortación de la Palabra nos exige paciencia, tendremos que procurar escucharnos más entre nosotros. Aquellos rostros humanos que te preocupan y ocupan tu persona te ayudarán a ver lo que estás haciendo con tu vida. 

“Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo”

Es la confesión que hace el Evangelio de Mateo. Decía Unamuno que «nos morimos de frío, no de oscuridad,ya que. La noche no mata, mata el frío». No deben ‘matarnos’ los problemas, las dificultades. Hemos de ser ‘luz’. Mata la falta de calor, de fraternidad, de amistad entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Esta carencia nos anula como personas. El diálogo de la amistad ha de volcarse en fraternidad si no queremos que nuestras palabras sean estériles. Sin calor no hay luz. Y para que haya calor cristiano y dominicano será preciso lograr entre todos una vida más fraterna. Santo Domingo da mucha importancia al valor de la familia y de la comunidad. En la familia y en la comunidad nos percibimos como necesitados y dependientes los unos de los otros. Este gesto de humildad y de sana y equilibrada dependencia nos hace ser luz en el mundo. En la experiencia de verme necesitado, no autosuficiente, y en la experiencia de percibir que los otros también requieren de mi ayuda encuentro respuesta a lo que estoy haciendo con mi vida.

La predicación cristiana, dominicana, alcance aquí su mayor valor y su mejor aportación al mundo y a la Iglesia, al poner de manifiesto el esfuerzo de buscar con humildad la verdad de Dios y de los hombres y mujeres de cada tiempo y no en convencer por la imposición de la fuerza o la intimidación. He aquí el mensaje de la fraternidad evangélica: la verdad buscada se encuentra en la amistad íntima con Dios; en el valor de la Palabra, sentida y proclamada, cuando ésta no se proclama al margen de los demás, sino que los dignifica porque los tiene en cuenta; y, en la calidad humana de las relaciones interpersonales, entre grupos diferentes de personas, porque ahí surge la luz y la sal evangélicas; calor humano y sazón fraterna para iluminar el camino de la propia vida y la de los demás.

Que santo Domingo, en su Año Jubilar, interceda por nosotros para que su familia refuerce el encuentro contemplativo con Dios; proclame su Palabra; nos ayude a descubrirla en nuestras palabras; y, logre dar testimonio de ella con desprendimiento y gratuidad.

Fray Jesús Díaz Sariego O.P.