Homilía – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

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La liturgia de la Palabra y la Eucaristía

Sigue la catequesis de Jesús sobre el Pan de la Vida, en la sinagoga de Cafarnaún. A pesar de que la terminología de todo el capítulo parece “eucarística” (ya desde la multiplicación de los panes y su distribución), la lógica de Jesús va dando pasos poco a poco.

La aplicación del “pan de la vida” se hace hoy en el sentido de la fe. Si Cristo es el Pan que Dios envía a la humanidad para que sacie su hambre (como es la Luz para que la ilumine y el Pastor para que la guíe y la Puerta por donde entre), la primera respuesta nuestra debe ser “creer” en él como Enviado de Dios: el que crea en él tendrá vida eterna. El domingo próximo Jesús desarrollará la idea que ya aparece hoy al final: comer la carne que Jesús nos va a dar, su propio Cuerpo, en la Eucaristía.

1 Reyes 19, 4-8. Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios

Elías fue un personaje importante de la vida de Israel, un profeta fogoso que luchó con energía contra el deterioro social y religioso de su tiempo. Pero hoy, perseguido a muerte por la reina Jezabel, tiene miedo y huye.

La escena de hoy lo presenta en el desierto, desanimado, pidiendo a Dios la muerte: “Basta, Señor, quítame la vida”. Pero el ángel de Dios le despierta por dos veces, le manda que coma y beba, y que siga su camino. El profeta encuentra pan y vino y, en efecto, sigue su camino hasta el monte donde se encontrará misteriosamente con Dios.

La lectura nos prepara para escuchar luego en el evangelio la promesa del Pan que nos piensa dar Cristo Jesús para que tengamos vida.

El salmo se hace eco de esta situación, símbolo de tantas que había sufrido el pueblo de Israel, y lleno de confianza en Dios, le alaba por su cercanía: “bendigo al Señor en todo momento… me libró de todas mis ansias”. Alude también al ángel, como el que atendió a Elías: “el ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege”, para pasar a una afirmación global: “si el afligido invoca al Señor, él lo escucha”, e invitar a todos a la alabanza y la confianza: “gustad y ved qué bueno es el Señor”.

 

Efesios, 4, 30 – 5, 2. Vivid en el amor como Cristo

Pablo da a los cristianos de Éfeso unas consignas de vida Comunitaria que siguen plenamente de actualidad. En negativo, “desterrad la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad”. En positivo, “sed buenos, comprensivos, perdonándonos unos a otros”.

La motivación no es una mera filantropía o un modo civilizado de convivir. Es una motivación desde Dios, y desde Dios Trino: “no pongáis triste al Espíritu Santo de Dios”, “perdonándoos como Dios os perdonó en Cristo”, “y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros”.

 

Juan 6, 41-51. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo

A esta altura del discurso de Jesús, al día siguiente de la multiplicación de los panes, en la sinagoga de Cafarnaún, Juan intercala una objeción de los presentes a lo que va diciendo Jesús. Una objeción esta vez claramente “cristológica” (no todavía “eucarística”): ¿cómo puede decir este que ha bajado del cielo? Se basan en que conocen a Jesús, “el hijo de José”, y también “a su padre y a su madre”.

Jesús sigue desarrollando su idea, sin contestar de momento a la pregunta: “os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna”. Los verbos de Juan se repiten: “ver, venir, creer”, y se añade otro, “atraer”, que indica que la fe no es fruto sólo de nuestro esfuerzo: “nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre”.

Al final aparece otro verbo, “comer”, que es el que conducirá el discurso hacia la Eucaristía: “el que coma de este Pan vivirá para siempre”. Anuncia ya que “el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

 

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La crisis de un profeta

Después de un triunfo espectacular que ha obtenido el profeta Elías contra los sacerdotes de los dioses falsos, es perseguido a muerte por la reina Jezabel y su débil esposo el rey Ajab. El que siempre había aparecido como profeta temperamental, atrevido, incansable, ahora tiene miedo y entra en crisis. Está en el desierto, no sólo geográficamente, sino psicológicamente.

Es una crisis que podemos llamar “vocacional”: se desanima porque no ve los frutos de su predicación, está cansado de hablar y no ser escuchado, cae en la tentación de “dimitir” y huye. Llega hasta el punto de desearse la muerte: “¡basta, Señor! ¡quítame la vida!”. Se siente abandonado de Dios. Es una crisis que vemos también en la historia de Moisés o de Jeremías, o en la de Jesús en el Huerto de Getsemaní, cuando con gritos y lágrimas (como dice la carta a los Hebreos) pidió a su Padre ser liberado de la muerte, y los evangelistas dicen que su “alma estaba triste hasta la muerte”. Esa expresión “hasta la muerte” (“usque ad mortem”) la interpretan algunos como “con una tristeza capaz de hacerme desear la muerte”.

Los cristianos, no sólo los que tienen una vocación más apostólica y ministerial, sino todos los fieles que son conscientes de su misión en el mundo y están comprometidos en la familia o en la sociedad, pueden conocer también momentos de crisis en su camino, momentos tal vez no tan dramáticos como los de Elías, pero en que se desaniman, se sienten abandonados de todos, cansados de trabajar en vano y de hacer el bien, poco animados por la comunidad y escépticos respecto a las propias fuerzas, y les entran deseos de “dimitir” y dejarlo estar. Se encuentran en el desierto, como Elías. En dirección contraria a la que trajeron gozosamente los israelitas cuando venían de Egipto: ahora Elías marcha de la ciudad hacia Egipto. No le vienen a los labios cantos gozosos como “qué alegría cuando me dijeron…”. Tampoco a nosotros, muchos días de nuestra vida. Aunque seguramente no hasta el extremo de tumbarnos bajo la retama y desearnos la muerte.

 

La respuesta de Dios

A pesar de las apariencias, Dios no abandona a Elías. De momento no le hace oír su voz -lo hará cuando llegue al monte Horeb- pero sí la del ángel: “levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas”. Hace que encuentre una hogaza de pan y un jarro de agua, para que siga su camino y tenga fuerzas hasta el final: “levántate, come”.

Dios no le libera de su misión profética: le da fuerzas para llevarla a cabo. En efecto, Elías “se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches”.

Tal vez Dios le está dando una lección porque le ve demasiado confiado en sus propias fuerzas, un poco presuntuoso y violento en sus métodos. Sin la ayuda de Dios no podrá hacer nada. Más adelante, cuando se le aparezca en el monte, le dará otra lección: no se hace reconocer ni en la tormenta ni en el fuego ni en el terremoto, sino en una suave brisa. Finalmente, le mandará que vuelva de nuevo a la ciudad, de la que estaba huyendo, a continuar su misión.

Cuando nosotros flaqueamos en el camino -un camino que a veces nos resulta realmente difícil- no podemos apoyarnos sólo en nuestras propias fuerzas, sino en Dios.

También a nosotros nos hace oír Dios unas “voces”, que no necesariamente son de un ángel, pero sí de personas y acontecimientos que nos están recordando que él nos está cercano y que, como dice el salmista, “si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias”.

También a nosotros nos ha preparado Dios “una hogaza de pan cocido y un jarro de agua”, que nos ayuda a proseguir nuestro camino, por áspero que sea: la Iglesia, su doctrina, sus sacramentos, en especial la Eucaristía, el buen ejemplo de nuestros hermanos… Sobre todo, su Hijo Cristo Jesús, que es el Pan de la vida, y su Espíritu, a quien se representa muchas veces como el agua de la vida. Para que continuemos nuestro camino sin desánimos ni dimisiones.

También a nosotros tal vez nos convenga que Dios nos dé una lección, si somos presuntuosos y nos fiamos de nosotros mismos, o queremos trabajar con un estilo que puede no ser el de Cristo o el de Dios.

 

“Yo soy el Pan de la Vida”

Como respuesta a nuestra debilidad ha pensado Dios darnos un alimento para el camino: su Hijo Jesús. Como sucedió con aquella multitud cansada y hambrienta de la que se compadeció Jesús y les alimentó con el pan milagroso, pero apuntando al Pan que era él mismo: “yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre”.

Si creemos en él, o sea, si le admitimos sinceramente en nuestra vida, tendremos fuerza para seguir el camino: tendremos “vida eterna”. Si no creemos en él, si construimos nuestra vida independientemente de él, sin dejarnos iluminar y alimentar por él, no construiremos nada sólido, y nos perderemos por el desierto.

Los que oyeron el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún no parece que estuvieran muy decididos a creer en él: ¿cómo puede decir este que ha bajado del cielo? Se escudaron en que al “hijo de José” le conocían desde pequeño, así como también conocían “a su padre y a su madre”.

Por una parte no nos extraña este escepticismo. Si un obrero del pueblo de al lado nos dijera de repente que es el Hijo de Dios y que hay que creer en él para salvarse, tampoco nosotros nos sentiríamos muy inclinados a aceptar sus palabras. Pero en el caso de Jesús eran tales las “credenciales” que presentaba -entre ellas, la multiplicación de panes que acababa de realizar- que tenían que haber dado el salto hacia la fe.

El mismo Jesús, según 6, 62-63, parece darles la respuesta a su objeción sobre el verbo “bajar” del cielo, que les escandalizaba, apuntando a que sólo le podrían entender si más tarde le veían “subir” adonde estaba antes: sólo desde el misterio pascual completo -con su muerte, resurrección y ascensión, así como el envío del Espíritu- se puede entender algo el misterio de Cristo.

Es la fe la que nos anima, la que da sentido a nuestra vida cristiana. Cristo es el pan que nos da fuerzas. Claro que esta fe es don de Dios: “nadie puede venir a mí si el Padre no le atrae”. Pero también depende de cómo acogemos en nuestra vida ese don de Dios.

Cada vez que celebramos la Misa, parece como si siguiéramos el itinerario que nos señala Juan en este capítulo que estamos leyendo. Primero “comemos a Cristo Palabra”, profundizando en nuestra fe en él. Es la primera parte de la Misa, la “mesa de la Palabra”. Luego pasamos a “comerle como Pan y Vino”, en la comunión.

Cristo, Palabra y Pan. Celebramos la Palabra de Dios, o sea, acogemos a Cristo como la Palabra viviente que es de Dios. Eso mismo nos prepara para que luego, en la segunda “mesa”, le recibamos como Pan y Vino eucarísticos.

Tanto a la Palabra como a la Eucaristía se les puede llamar “pan” y “alimento”. En la introducción al Misal se afirma que “en la Misa se dispone la mesa, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran instrucción y alimento” (1GMR 28).

Ojalá se pueda decir también de nosotros: “y con la fuerza de aquel alimento caminó durante toda una semana”.

 

Consignas para la vida de la comunidad

Si el domingo pasado leíamos cómo Pablo invitaba a sus cristianos a vivir según el “hombre nuevo” y no según las costumbres que tenían antes, cuando eran paganos, hoy concreta su recomendación en uno de los aspectos que más veces subraya en sus cartas: la caridad fraterna.

Las consignas son siempre actuales. Por una parte hay que evitar cosas como “la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad”. Ciertamente no son estos los “frutos del Espíritu” que Pablo enumera en otros pasajes. Es lógico que afirme que estas cosas “ponen triste al Espíritu Santo de Dios” con el que estamos marcados desde el Bautismo.

La parte positiva es que debemos ser “buenos, comprensivos, perdonándonos unos a otros”. Estos sí son frutos del Espíritu.

Pablo, como siempre, se remonta al ejemplo de Jesús y del mismo Dios Padre. Motiva estas actitudes positivas que hemos de cultivar en una comunidad como imitación de Dios: “perdonándoos como Dios os perdonó en Cristo”. El amor que nos debemos tener no sólo es humano: “vivid en el amor como Cristo os amó” y Cristo nos mostró ese amor con las obras, “se entregó por nosotros a Dios como oblación”.

Bastante mejor nos irían las cosas en toda comunidad —eclesial, social, familiar- si hiciéramos caso de estos consejos de Pablo.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B