Notas para fijarnos en el Evangelio

• “Los judíos” (41)

— Aquí, Juan utiliza la expresión “los judíos” en lugar de “la gente” como hasta ahora. Eso indica que el contexto de la polémica es la sinagoga de Cafarnaún —adonde todos se han desplazado (Jn 6, 17. 24).

— La expresión “los judíos” sale muchas veces en Juan. Nunca se le da un sentido étnico (el pueblo judío como tal) sino religioso: son los representantes del pueblo de Israel que se oponen a la comunidad a la que pertenece el evangelista y a su fe en Jesús. Pero también expresa la oposición que el mismo Jesús halló en los dirigentes judíos. El marco de la confrontación, aunque es la sinagoga, a menudo es el templo (Jn 2, 13-22; 5, 10-18; 10. 22-39).

• “Criticaban” (41). ES u na crítica o murmuración que recuerda la que hacían contra Moisés los que recibieron el maná en el desierto: La comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto diciendo: “¡Ojalá hubiéramos muertos a manos del Señor en Egipto, cuando nos estábamos alrededor de la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda la comunidad” (Ex 16, 2-3). Allá, como aquí, la murmuración expresaba una falta de fe, negarse a aceptar lo que viene de Dios. Y lo que viene de Dios pasa por Moisés, en un caso, y es Jesús mismo, en el otro. No aceptarlo es no admitir que la fe es gratuita, que no se puede controlar, que es sorprendente. Y que, al mismo tiempo, compromete a asumir la propia responsabilidad para atravesar “el desierto” -la dureza de la vida para ganarse el pan-.

“¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? (42). También en la escena del reparto de los panes y los peces, la gente pretendía dominar a Jesús encasillándolo en los esquemas que tenían: “Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo2 (Jn 6, 14), y lo querían tentar y retener proclamándolo rey (Jn 6, 15). Ahora pretenden conocer el origen de Jesús (42). Es otra manera de dominarlo, de encasillarlo. Si aceptan que “ha bajado del cielo” (41), tienen que aceptar que no pueden dominarlo. Está en juego la acogida o el rechazo del Evangelio: “La Palabra se hizo carne, y acompañó entre nosotros” (Jn 1, 14).

• “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado” (44). La fe también es don de Dios, tiene el origen el Padre, como el “enviado”, Dios, del mismo modo que tiene la iniciativa de salvarnos, tiene la iniciativa en nuestra respuesta, acoger la persona de Jesús. Eso es la fe -acoger la persona de Jesús-, no las creencias que nosotros mismos nos podamos construir.

• “Atraer”, en este versículo (44), no tiene nada que ver con un posible juego caprichoso del Padre, que atraía a unos y no a otros. La cita (45) del profeta Isaías (Is 54, 13) ha sido corregida por Jesús, precisamente poniendo el “todos” y no “los hijos”, para evitar interpretaciones exclusivistas: la llamada de Dios es universal, no hay excepciones.

• Por otro lado, ni este “atraer” ni la respuesta de fe es una experiencia interiorista. La fe, fruto de la atracción del Padre, es entrar en la vida de Dios. Pero consiste en “escuchar” acoger la enseñanza (45) de la Escritura transmitida a Israel. “Escuchar” una voz que viene de fuera, no de dentro de uno mismo. Otra vez podemos tener presente que en Jesús la Palabra se ha hecho carne, se ha hecho hombre (Jn 1, 1. 14).

• Jesús se presenta Él mismo como “el pan de vida” (35. 48), el pan de Dios, el verdadero alimento. Si para los judíos el verdadero alimento era la Ley, ahora tienen el alimento verdadero en la palabra que se ha hecho carne (Jn 1, 1. 14). Es decir, el verdadero alimento se ha comprometido en la vida de quienes lo reciben. El verdadero alimento se ha hecho hombre de modo que compromete a quienes lo quieren recibir. La Ley, la Palabra, no es ideología: es una vida concreta. No se queda lejos, en el cielo, de manera que se le pueda hacer decir lo que convenga (=manipular): está con nosotros y dice lo que hace.

• “Mi carne” (51). “Carne” es la misma palabra que en el capítulo 1 de Juan se suele traducir por hombre (Jn 1, 14). Por tanto, no se debe entender como la sustancia del organismo humano. Su significado apunta a la naturaleza humana, a la humanidad. Aquí, puesta en labios de Jesús, es para hablar de sí mismo en su condición mortal. ES decir, el que da la vida -muerte y resurrección- por todos (50-51). La adhesión a su persona -“comer”- es nuestra vida, “la vida del mundo” (51).