Comentario – Viernes XVIII de Tiempo Ordinario

(Mt 16, 24-28)

Después que Jesús ha mostrado claramente que él debe pasar por la pasión, indica a los discípulos que también ellos deben aceptar su parte de pasión, también ellos deben cargar la cruz.

Pretendiendo una vida sin problemas en realidad se pierde la vida, pero aceptando perder la vida en realidad se la está salvando. Para poder vivir esto es necesario aceptar que son los valores más profundos los que le dan sentido a nuestra vida, valores que a veces hay que defender con sangre y lágrimas. Sin esos valores ya no hay vida que valga realmente la pena.

No se trata de cargar la cruz por amor al dolor o como si el sufrimiento fuera lo más importante. Se trata de cargar con la cruz que nos toca, la propia cruz, la que ya tenemos, pero para seguir a Cristo.

Porque alguien que vive renegando de los problemas, de las dificultades y de las exigencias de la vida no puede seguir a Cristo, ya que gasta todas sus energías rechazando y despreciando la cruz que le toca llevar.

En 16, 28 Jesús anuncia una inminente venida del Reino. Es lo que presenciaron y vivieron los discípulos a partir de la resurrección de Jesús. Pero digamos también que los primeros discípulos habían interpretado este anuncio como la llegada inminente de la Parusía, porque Jesús hablaba también del premio que recibiría cada uno por sus obras al fin de los tiempos (v. 27). Luego, con el paso de los años, esa espera del fin de los tiempos, como si fuera algo inminente se fue atenuando, y se convirtió en el empeño por vivir a pleno cada día como si fuera el último.

Oración:

“Tomo mi cruz Señor; esa molestia que nunca falta, esas cosas que me cuesta aceptar en mis seres queridos, ese cansancio en medio del trabajo cotidiano, esa burla que recibo por ser tu discípulo. Acepto esa cruz Señor, te la ofrezco y la llevo contigo”.  

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día