Comentario – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

El salmista nos invita a ver y a gustar lo bueno que es el Señor. Primero a ver y después a gustar. Hay cosas que sólo se pueden gustar (es decir, saborear) si antes se han visto o conocido. Es lo que sucede con la bondad de una persona. Gustemos, por tanto, la bondad de Dios que se nos ha manifestado en su Hijo, Jesucristo. Él no se limita a darnos un pan nutritivo como el que se le dio a Elías cuando, tras una jornada de camino por el desierto y hallándose sin fuerzas, se deseó la muerte. Dios, sin embargo, vino en su socorro enviándole un emisario que le dio de comer, de modo que con la fuerza de aquel alimento pudo alcanzar su destino, el Horeb, el monte de Dios.

Jesús –como ya he señalado- no se limita a darnos de comer; se nos ofrece a sí mismo como comida, proporcionándonos la fuerza necesaria para alcanzar nuestro destino, que es Dios mismo. Pero sus palabras no fueron fácilmente comprendidas ni aceptadas; al contrario, provocaron una fuerte oposición. Cuando dijo aquello de yo soy el pan bajado del cielo, arreciaron las críticas sobre él. Decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José?… ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo? Luego lo que les resulta más incomprensible no es que diga: yo soy el pan, sino que diga que ha bajado del cielo.

Es el problema de su procedencia, que afecta al problema de su identidad. La identidad de Jesús depende en gran medida de su origen: ¿de padres humanos y reconocidos o del cielo? Pues bien, Jesús, sin negar que es hijo de María (y en cierto modo de José), se proclama bajado del cielo. He ahí su misterio: ese enigma que tanta incomprensión provocó en sus contemporáneos y tantos quebraderos de cabeza ha dado a los teólogos de todos los tiempos. Y Jesús es consciente de la dificultad que supone aceptarlo así, tal como se presenta. Por eso dice: Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre.

Venir a él es creer en él, tal como él se concibe y se manifiesta, no tal como uno quiera imaginárselo o hasta donde a uno le parezca razonable. Y para creer en él como pan bajado del cielo, para entregarse a esta realidad misteriosa y, por tanto, nunca del todo asequible a la razón, se requiere la atracción del Padre. Se trata de una verdad que sólo se prueba cuando se acepta, esto es, cuando acontece en la vida de cada uno. Si el movimiento se demuestra andando, que Cristo es pan de vida se demuestra cuando lo acogemos como tal y nos sentimos alimentados, fortalecidos, vivificados.

La vida es algo que vamos haciendo con el tiempo. Lo que hacemos en la vida, lo mismo cuando comemos que cuando trabajamos o cuando rezamos o descansamos, es vivir. Pero la vida tiene también sus momentos: momentos de plenitud y de crisis, momentos de vigor y de desfallecimiento, momentos iniciales y momentos finales, etapas de crecimiento, de estancamiento y de debilitamiento. El pan, en cuanto alimento, viene a reanimar una vida desfallecida, a afianzar una vida en plenitud o a acrecentar una vida en crecimiento.

Pues bien, Cristo, en cuanto pan de vida, viene a cumplir esta función reanimadora, afianzadora y acrecentadora que cumple el pan en la vida de todo hombre. Pero no se trata de cualquier vida, ni de cualquier pan. Se trata de un pan vivo (que lleva vida en sí mismo y puede proporcionarla) y de un pan divino (que baja del cielo). Por ser divino la vida que proporciona es más que humana; es también divina o eterna, y por tanto que lleva nutrientes de perennidad. Por eso se dice: el que come de este pan vivirá para siempre, y también: para que el hombre coma de él y no muera. Vivir para siempre no tiene nada que ver con un envejecer ilimitado (tal sería una vida en el tiempo sin muerte), sino con una vida en la eternidad o vida fuera del tiempo. Pero para acceder a esta vida hay que pasar por la muerte. Sólo ella nos traslada del tiempo (y su sucesión) a la eternidad.

Lo decía él mismo: Os lo aseguro: el que cree tiene vida eternaYo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná, y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. Jesús se presenta como un ‘pan’ de mayor virtud y eficacia que el milagroso pan del maná que, siendo tan extraordinario, no evitó la muerte de quienes lo comieron. El que coma de él, en cambio, no morirá; porque la virtud de este pan vivo, bajado del cielo, lleva la impronta de la vida para siempre. Pero esta vida no se alcanza sino a través de la resurrección; implica, por tanto, el paso por la muerte. El que coma de este pan morirá, pero no morirá para siempre.

Jesús mismo, en persona, se ofrece, como pan. Pero para convertirse en este pan del que los hombres puedan alimentarse, tiene que morir. Se trata de un pan que, para servir de alimento, tiene que dejarse masticar, triturar. Y esto implica la entera inmolación de la propia vida. Sólo así puede convertirse en alimento para el mundo.

La correlación entre el pan, que él es, y su carne, para la vida de los que se nutran de él, es significativa. La donación del pan supone la entrega de la propia carne, como pone de manifiesto en la última cena, cuando a la acción de tomar el pan y dárselo a sus discípulos incorpora estas palabras: Tomad y comed; esto es mi cuerpo (=carne) que se entrega por vosotros. No era un mero simbolismo. Su cuerpo sería literalmente destrozado en la cruz. Se sacrificaba realmente para ser pan para la vida del mundo.

Pero el cuerpo entregado a la muerte sólo se convierte en pan vivificante cuando resucita de entre los muertos, no antes. En la eucaristía no comemos el cuerpo de un cadáver, sino de un resucitado, que proporciona la vida que posee en cuanto resucitado. Por eso puede dar vida eterna. Si esto es así, menospreciar el cuerpo de Cristo es privarse de unos “hidratos” o de unas “proteínas” que nos son muy necesarias para la vida eterna, si es que nos apetece vivir esta vida. Pero el “comer” en este caso implica la fe en Jesucristo como pan de vida y la gratitud por su entrega hasta la muerte; pues es el amor el que le ha llevado a convertirse en pan de vida para nosotros.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XIX de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos.
Él es nuestra salvación,
nuestra gloria para siempre.

Si con él morimos, viviremos con él;
si con él sufrimos, reinaremos con él.

En él nuestras penas, en él nuestro gozo;
en él la esperanza, en él nuestro amor.

En él toda gracia, en él nuestra paz;
en él nuestra gloria, en él la salvación. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Hb 13, 20-21

Que el Dios de la paz, que hizo subir de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os ponga a punto en todo bien, para que cumpláis su voluntad. Él realizará en nosotros lo que es de su agrado, por medio de Jesucristo; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Con la fuerza de aquella comida, Elías caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Con la fuerza de aquella comida, Elías caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios.

PRECES
Recordando la bondad de Cristo, que se compadeció del pueblo hambriento y obró en favor suyo los prodigios de su amor, digámosle con fe:

Muéstranos, Señor, tu amor.

Reconocemos, Señor, que todos los beneficios que hoy hemos recibido proceden de tu bondad;
— haz que no tornen a ti vacíos, sino que den fruto, con un corazón noble de nuestra parte.

Oh Cristo, luz y salvación de todos los pueblos, protege a los que dan testimonio de ti en el mundo
— y enciende en ellos el fuego de tu Espíritu.

Haz, Señor, que todos los hombres respeten la dignidad de sus hermanos,
— y que todos juntos edifiquemos un mundo cada vez más humano.

A ti, que eres el médico de las lamas y de los cuerpos,
— te pedimos que alivies a los enfermos y des la paz a los agonizantes, visitándolos con tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Dígnate agregar a los difuntos al número de tus escogidos,
— cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XVIII de Tiempo Ordinario

1.- Introducción.

Señor, yo quiero orar.  Necesito orar porque hay situaciones que sólo pueden solucionarse con una oración profunda y sincera.  No quiero la oración superficial de tus discípulos que  fue incapaz de curar al muchacho. Quiero orar con la oración de aquel padre angustiado por el sufrimiento de su hijo. Dame la fuerza de una oración existencial, enraizada en los problemas de la vida real. 

2.- Lectura sosegada del evangelio: Mateo 17, 14-20

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques: muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo. Jesús contestó: ¡Gente sin fe y perversa! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo. Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño. Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron, aparte: ¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros? Les contestó: Por vuestra poca fe. Os aseguro que, si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible.

3.- Qué dice el texto.

Mediación-reflexión

Hay en los evangelios una oración que siempre es escuchada: la de los padres que piden liberar a los hijos de un sufrimiento. El Jesús de los evangelios es muy sensible al sufrimiento de la gente. Tenía Jesús un corazón tan compasivo que no podía ver sufrir a nadie. En nuestro caso, hay un padre que sufre horrores a causa de la enfermedad de su hijo. Y acude a los discípulos de Jesús. Pero éstos  no han podido curarlo. La razón es la poca fe y la falta de una auténtica oración. Hay mucha gente que acude a nosotros pidiendo una oración y la  despachamos con un Padre-nuestro mal rezado. Seamos serios. Dios quiere que nos fiemos plenamente de Él, que sintamos en carne viva los problemas de la gente, que cambiemos de vida y nos convirtamos al Evangelio. No se trata de mover montañas de tierra sino creer en la fuerza del evangelio para mover montañas de prejuicios y dificultades a la hora de implantar en el corazón de las personas los criterios del Evangelio. Con el evangelio en las manos o en los labios, no podemos hacer mucho. Con el evangelio en el corazón, hecho vida y experiencia, tenemos la mejor levadura para transformar este mundo.  

Palabra del Papa.

¿Por qué esta falta de fe? Creo que es el corazón, que no se abre, el corazón cerrado, el corazón que quiere tener todo bajo control. Es un corazón, por lo tanto, que no se abre, que no le da el control de las cosas a Jesús, y cuando los discípulos le preguntan por qué no podían sanar al joven, el Señor dice que aquella especie de demonios no pueden ser expulsados por nada, excepto por la oración. Todos nosotros tenemos un poco de incredulidad en el interior. Es necesaria una oración fuerte, y esta oración humilde y fuerte hace que Jesús pueda hacer el milagro. La oración para pedir un milagro, para pedir una acción extraordinaria, debe ser una oración que involucre, que nos involucre a todos. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 20 de mayo de 201, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.-Propósito. Hoy pongo delante del Señor a una persona conocida que sufre mucho. No sirve cualquier tipo de oración.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, después de este rato de oración, he caído en la cuenta de que no basta con rezar, sino que hay que rezar bien. Los discípulos no habían aprendido a rezar y por eso no pudieron curar a ese niño enfermo. ¿Por qué protesto de que Dios no me escucha y no caigo en la cuenta de lo mal que rezo? Señor, enséñame a orar.

El Señor nos salva de la angustia (Salmo 33)

1.- Hace un par de semanas me refería al Salmo 33. Ahora, tanto en las lecturas de este domingo 19 del Tiempo Ordinario, como en las relativas al próximo, el vigésimo se incluye la lectura del referido salmo 33. La segunda parte del Salmo 33 la tendremos en la misa del domingo siguiente. Me ha parecido oportuno, entonces, volver sobre el tema, basándome en lo escrito anteriormente. Otra cuestión –todo sea dicho de paso—que muy pocas veces hay en las homilías comentarios sobre los salmos, aunque, obviamente, son parte muy básica y muy didáctica de la misa. Bueno, esa reiteración del salmo 33 para algunos lectores les resultará conocido, pero no así para otros.

Es un texto prodigioso, de máxima actualidad y que puede servir como receta para nuestra oración diaria. El Salmo 33 debe ser leído con mucha atención. Dice. “Yo consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias”. Y así fue para mí. Los versos del Salmo son como una narración personal. La angustia está siempre muy presente en los humanos. Y ese mal nos hace vivir peor. El Salmo 33 parece una obra moderna, como si hubiera sido escrito a la medida de nuestra época plena de estrés y sobrado de angustias. Reconozco tener una especial predilección por dicho Salmo. En cierta ocasión, todavía a medio convertir, en un momento grave y difícil, tras la lectura –casi accidental e imprevista del mismo—se produjo el cambio. Me problema se había resuelto de manera casi inmediata o, al menos, yo vi la solución ahí.

No cabe la menor duda que los Salmos son las piezas oracionales de gran importancia, dentro de lo que nos ofrecen las Sagradas Escrituras. Su lectura nos inicia en un tiempo de plegaria de enorme fuerza. No es pues casualidad que la Liturgia de las Horas –la formula de la Iglesia para rezar a Dios cinco veces al día—utilice los salmos como ingredientes principales. Por otro lado, los salmos son de una perspicacia social y psicológica muy notables. Se adaptan a nuestros problemas concretos, en un momento dado nos parece que alguien nos lo ha escrito a la medida, a pesar de han sido redactados hacia varios miles de años.

2.- “Cuando uno grita, el Señor les escucha y lo libra de sus angustias” Esa es mi juicio la invocación más segura. Uno, en el seno de su desesperación grita en ayuda del Señor y este acude de inmediato. El grito ha de ser sincero, no plañidero. Fuerte, inequívoco. Hay en el Salmo algunos versículos de parecida intención y contenido. “Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias”. Se trata de una frase muy parecida, que aparece casi al principio. Y también: “El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos”. Y es que en la tribulación el único consuelo verdadero y eficaz es Dios. “Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella”. Cambia de “argumento” el salmo y nos enseña el mal camino de la mentira. ¿Nos damos cuenta que en estos tiempos muchas conductas están basadas solo en la mentira y en la simulación? Pues así es. Y esas mentiras no solo son ofrecidas a los demás. Lo peor es mentirse a uno mismo y falsear nuestra propia conciencia. También es muy llamativo lo siguiente: “¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?”. Todos deseamos eso, pues también podemos pedírselo al Señor.

3.- La oferta de ayuda del Señor que conocemos por el Salmo 33 queda muy clara en el ofrecimiento del Señor Jesús de su Carne y de su Cuerpo. Y es que el Sacramento que encierra y contiene dicha donación es sublime y cura todas las enfermedades, físicas y espirituales. Y esto no es una metáfora. La Iglesia tiene muchos testimonios –a lo largo de los siglos—de que la Eucaristía influye indeleblemente en hombres y mujeres para ayudarlos y sacarlos de sus dolencias. El Evangelio de Juan que hemos escuchado hoy contiene esa revelación sorprendente de Jesús de Nazaret. Él es pan bajado del cielo y el que come ese pan vivirá para siempre. Ciertamente, el pan del cielo es vehículo y viático para el mundo futuro, para la eternidad, pero, igualmente, es remedio seguro para las azarosas jornadas de nuestra vida presente.

4.- Elías –lo dice el capítulo 19 del Libro de los Reyes—se ve vencido en plena caminata por el desierto. Una depresión muy fuerte ocupa su mente y quiere morir. Todo en él, en esos momentos, es angustia. Pero Dios, el Señor, por medio de su ángel le envía pan desde el cielo y recobra fuerzas y todo el tino para seguir. Por dos veces el alimento celestial le llega y gracias a él llega al Monte de Dios, al Orbe, donde para los judíos residía Yahvé. Guarda este episodio relación con el evangelio y, por supuesto, con el Salmo 33.

La lectura atenta del fragmento de la Carta de San Pablo a los Efesios es un parte y un todo de los mensajes que hoy nos trae la liturgia de esta misa del domingo 19 del Tiempo Ordinario. Y es que, sin duda, los sentimientos de Elías serían parecidos a los que describe Pablo de Tarso: amargura, ira, enfados, insultos y todos los ejemplos de la maldad. Es la “torcedura” de ánimo que muchas veces al día y durante muchas jornadas sufre un buen número de hermanos nuestros. Bien puede ser por la depresión que es la enfermedad más extendida –dicen—ahora. Pero si buscamos a Cristo –aliento y medicina—recibiremos el amor y este amor nos sanará.

Hemos de reflexionar con calma en ese camino de curación –de consuelo—que nos ofrece siempre esta mesa del Pan y de la Palabra que es la Eucaristía. No dejemos pasar la ocasión de ser más felices. Hoy y siempre Jesús nos ayuda con su amor.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Sábado XVIII de Tiempo Ordinario

(Mt 17, 14-20)

Los discípulos no pudieron liberar a un epiléptico, y Jesús lo atribuye a la falta de fe. Esa fe es tan pequeña que un granito de mostaza podría considerarse más grande que ella. Una fe del tamaño de ese granito bastaría para mover montañas.

Evidentemente se trata de una metáfora, pues ni Jesús ni sus discípulos luego de su resurrección movieron montañas. Jesús evitaba esos signos llamativos que no tuvieran relación con el bien del hombre y sólo realizaba prodigios para liberar a la gente de sus males o para dejar alguna enseñanza. Por lo tanto, Jesús no está invitando a sus discípulos a mover montañas, sino a buscar un crecimiento de su fe; ya que otros textos nos dicen que los discípulos habían expulsado demonios (Mc 6, 13; Lc 10, 17). En el caso del epiléptico podemos descubrir una nueva y especial dificultad, que requería una fe «mayor» e invitaba al crecimiento (cf. Mt 17, 14-20).

La fe puede desarrollarse hasta alcanzar un poder extraordinario, así como del grano de mostaza puede originarse una planta de grandes dimensiones (Mt 13, 31-32).

El texto expresa de modo didáctico la posibilidad, para el que cree, de realizar lo que humanamente parece imposible. Para el que cree nada es imposible (Mt 17, 20), así como nada es imposible para Dios (Lc 1, 37; Mc 10, 27), porque el creyente tiene una fuerza y una seguridad que le vienen de una especial participación en el poder divino.

No olvidemos además que la imagen de la destrucción de las montañas para dejar camino libre (Is 40, 4; 49, 11; Zac 14, 10) se usaba para anunciar la llegada de los tiempos mesiánicos. Por eso es importante advertir que la referencia a «mover montañas» de Mt 17, está ligada a la imposibilidad de haber realizado la expulsión de un demonio, no un milagro cualquiera; y en esto hay una clara referencia al dominio sobre el mal, propio de la plenitud escatológica, propio del Reino que irrumpe (Lc 11, 20).

Oración:

“Mira Señor mi fe pequeña, la debilidad de mi confianza, porque quizás me he conformado con la mediocridad y no me atrevo a dejarme llevar por ti. Aumenta mi fe, Señor, para que te permita que actúes en mí con todo tu poder”

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

¿Te reconocemos, Señor?

1.- Un servidor de combustible al acercarse un cliente para repostar le preguntó: ¿por qué viene Vd., a esta estación de servicio…por obligación o por necesidad? El automovilista contestó: ciertamente por necesidad. Sin el carburante, no podría seguir mi viaje ni llegar a la meta que me he marcado…

Sigue adelante este verano 2006. Son días tórridos donde, en muchos lugares de España, se han superado incluso los 40 grados. Esta sensación térmica produce cansancio y muerte, ansiedad y sed, desgaste, incendios, sequía y… necesidad de beber líquido en abundancia.

Y, en medio de estas calurosas semanas, parece como si el evangelio –que siempre se las sabe todas- nos pusiera el remedio: “Yo soy el Pan que baja del Cielo”.

Entrar durante el verano a una iglesia es encontrarse con un remanso privilegiado de paz y de frescura: el silencio produce serenidad y la Palabra de DIOS es mejor que una buena tónica o más efectiva que una coca/cola light.

Adentrarnos en la Eucaristía dominical y participar de ese PAN que en el cielo se cuece y en la tierra se vende…..produce un gran milagro si se saborea con el paladar de la fidelidad.

2.- Miramos al cielo en estos días queriendo encontrar alguna escasa nube que haga de paraguas entre los rayos del sol y nuestros cuerpos agotados.

Miremos también hacia el cielo para saber si somos capaces de valorar e intuir ese Pan que en la mesa del altar se convierte en vitamina para seguir caminando como hijos del Padre.

Miremos a nuestro corazón y preguntémonos si comemos por obligación o por necesidad. Sólo cuando se tiene hambre, se aprecia el pan con gusto y placer y además, quedan ganas de repetir.

Sólo, cuando se tiene hambre por obligación, somos capaces de tirar lo que sobra. De sonreír por lo que nos ponen en la mesa, de no dar el valor que representa un alimento.

Con la eucaristía, pasa tres cuartos de lo mismo: desde la necesidad de dios, la eucaristía, produce frutos que nunca hubiéramos imaginado. Desde la rutina y desde la pura mecanicidad se convierte en aburrimiento y en algo sin sentido.

Probemos en asistir a un banquete donde, ya de antemano, lleguemos tarde, pongamos cara larga, no escuchemos al anfitrión o sentémonos como si la comida no fuera con nosotros. Acabará la fiesta y, además de marcharnos sin comer, nos habremos dado cuenta que la responsabilidad no la tenía ni el ambiente ni el anfitrión, ni la audición o los interlocutores…sino la actitud que mantuvimos como comensales. Nuestro cerrazón a la verdad, a la Palabra, a la Vida y al Camino que nos propone Jesús.

Y, por si lo hemos olvidado, recordemos que el pan de la Eucaristía es pan de vida eterna.

¿TE CONOCEMOS, SEÑOR?

Hijo del pobre José,
pero rico y expresivo en tu lenguaje
Hijo de la sencilla María,
y complicado en tu vida
Hermano de tus hermanos,
y defensor de la verdad sin distinción
¿Te conocemos, Señor?
Decimos quererte, y no entramos en Ti
Decimos amarte, y no vivimos con el impulso de tu amor
Decimos alabarte, y lo hacemos despegando los labios
pero, tal vez, sin abrir el corazón.
Decimos honrarte, y olvidamos que en el obrar,
es donde te damos gloria y comprometida alabanza.
¿Te conocemos, Señor?
¿Sentimos al que te envió?
¿Acogemos al que te hizo nacer pobre y niño en Belén?
¿Obedecemos al que te hizo obedecer subiendo a la cruz?
¡Creemos, Señor, pero aumenta nuestra fe!
Fe para verte como Hijo de Dios
Fe para recibirte como el enviado del Padre
Fe para dejarte compartir nuestra existencia
Fe para transformarnos con el pan de la vida
Fe para llenarnos de felicidad con el pan de la Eucaristía
Amén.

Javier Leoz

…Y conoceremos a Dios como Él nos conoce

1. El fragmento del libro primero de los Reyes, nos habla de un pan bajado del cielo, puesto que lo trae un ángel, para alimentar al profeta Elías que va a caminar, durante cuarenta días y noches, a través del desierto para encontrarse con Dios en el monte Horeb.

La Iglesia nos dice que ese pan, traído por el ángel, era una figura de la Eucaristía, verdadero pan del cielo porque es el sacramento del cuerpo de Cristo. La misma oposición que ha encontrado Moisés entre su pueblo tiene desanimado, varios siglos después, al profeta Elías. Ambos experimentan que no es fácil ni liberar al pueblo ni mantenerlo en el camino de la rectitud. Dios reanima a sus profetas por medio de ese pan y por medio de su presencia personal. La lectura nos reafirma que Dios está dispuesto a hacer lo que sea para liberar a su pueblo y mantenerlo en el camino de su perfección.

Esta lectura está perfectamente conectada con el Evangelio y las dos forman parte de un ciclo corto acerca de la Eucaristía, ciclo en el que este domingo es el tercero.

2. La segunda lectura está tomada de la carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso. Está llena de recomendaciones útiles, recomendaciones a las que no hemos hecho mucho caso. Estar bautizado-confirmado es estar sellado con el sello del Espíritu Santo; es como estar marcado ahora para entrar en el Reino de Dios cuando éste llegue a su plenitud de realización entre nosotros. No podemos dejarnos llevar por el pesimismo, dice Pablo; cuando Cristo inaugure la plenitud de su Reino estaremos con El y participaremos en todas sus bendiciones.

Para el entretanto Pablo nos recomienda que desterremos de nosotros la amargura, la cólera con todas sus consecuencias. Nos recomienda que seamos buenos, comprensivos y que nos perdonemos los unos a los otros ya que Dios ha perdonado a cada uno de nosotros nuestros pecados. Nos recomienda que seamos imitadores de Dios y que nos amemos como Cristo nos amó. Ciertamente el mundo entero sería ahora cristiano de verdad si nosotros hubiéramos seguido siempre estas exhortaciones paulinas.

3. Y continuamos, desde el Evangelio, el ciclo de explicaciones acerca de la Eucaristía. Para los judíos una de las características de la época del Mesías sería la reaparición del maná, pero, dice el evangelio según san Juan, la Eucaristía es más que el maná; el que comía el maná después acababa por morirse, el que coma la Eucaristía será resucitado y no volverá a morir. Cuando uno ama a alguien, dice Juan, tiende a hacerse uno con esa persona amada, Dios se ha hecho hasta comible para que, por medio de la Eucaristía, nos hagamos una sola cosa con él. Dios se ha hecho carne para que la carne pueda ser algún día Dios.

Observemos el detalle evangélico. El que cree en Jesús sabe, por fe, que Dios es Padre de Jesús, que Jesús es el Hijo de Dios. Para Juan el pecado de los no creyentes en Jesús está en argüir la ascendencia o procedencia humana (nosotros, dicen sus conciudadanos, sabemos que su padre y su madre son María y José) para negar su condición divina. ¿Por qué utiliza Juan este argumento? Porque ese puede ser nuestro pecado: Argüir la ascendencia humana del prójimo para negar su condición divina, la del prójimo. Desde Cristo en adelante, para quien tiene fe, y sólo por la fe, cada ser humano es Dios-y-hombre-verdadero; lo que yo haga con el prójimo lo estoy haciendo con Dios, porque Dios se ha encarnado y no le podemos quitar la carne. En Cristo se me revela no sólo todo lo que Dios es, sino también todo lo que el hombre es y puede llegar a ser en plenitud.

4. Toda esa aclaración “joánica” sobre que nadie ha visto al Padre-Dios, sino aquel que ha venido de Dios, es una forma de aclararnos que Jesús es mucho más importante que Moisés. Moisés no vio a Dios, pero ahora, dice Juan, quien ve a Jesús ve al Padre-Dios. Jesús está, dice este evangelio, muy por encima de Moisés porque Jesucristo es la plenitud de la divinidad hecha visible. Nadie ha visto a Dios como no sea viendo a Jesús porque Dios está visible en El como en un espejo; sólo al final definitivo y eterno, cuando la creación entera haya llegado al extremo de su evolución posible, veremos y conoceremos a Dios como El nos conoce.

En el trozo que tenemos en el evangelio de esta Eucaristía san Juan remacha la idea de que Jesús sí es el verdadero pan, el verdadero maná del cielo; El sí es el verdadero Moisés (líder y legislador) del pueblo de Dios; un líder y legislador que no sólo está dispuesto a dar su vida, sino que, más todavía, se nos da El mismo, en la Eucaristía, en forma sacramental, pero real, para hacerse con nosotros una sola carne y una sola sangre. Al fondo de toda esta catequesis acerca de la Eucaristía está la idea de que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”; Juan se encarga desde el comienzo de su Evangelio de recalcarnos que Jesús es la Palabra de Dios hecha carne.

Antonio Díaz Tortajada

La dificultad del camino

1. – Si Elías hubiera vivido en nuestros tiempos le habríamos enviado a un siquiatra, porque lo que tenía era una gran depresión, cansado del trabajo que Dios le había encomendado, harto de los hombres y de si mismo, con una gran angustia por la persecución de Jezrael, que no encuentra otra solución a sus problemas que la muerte, y sin ánimo más que para estar tumbado y dormir.

Pero Dios no le deja solo. Le deja dormir velando su sueño, le da fuerzas dándole alimento y le anima a caminar porque Él va a estar constantemente a su lado.

2. – También a nosotros se nos hace insoportable el camino, hartos de luchar, hartos de los demás y de nosotros mismos, hasta enfadados con Dios… y el camino de la vida se nos hace largo.

* Largo porque en vez de caminarlo lo dormimos y así siempre estamos en el mismo sitio con todo el camino por hacer.

* Largo porque no miramos más que las piedras con que tropezamos, cuando deberíamos mirar hacia arriba, hacia esa cima cada vez más cercana de esa vida que Jesús nos promete y que ya llevamos dentro por nuestra Fe en Él.

* Largo porque no sabemos gozar de las pequeñas maravillas que bordean el sendero: la florecilla silvestre, el arroyuelo cantarín, la mariposa llena de color, una bonita amistad.

* Largo porque lo andamos sin alegría… y cantando se pasa mejor en la vida.

* Largo porque nos empeñamos en caminarlo en ayunas, sin acudir al pan que da vida y energía, y que Jesús nos ha dejado en la Eucaristía

* Largo sobre todo porque nos empeñamos en recorrerlo solos, lejos de una mano amiga que nos ayude en las cuestas arriba.

“Tabi wa michizure” dice el dicho japonés. El camino se hace suave o se hace insoportable dependiendo del compañero que lo comparte con nosotros. Y Jesús se ha hecho nuestro compañero.

3. – Jesús no nos va a llevar por autopistas bien asfaltadas. Jesús es pastor y nos lleva por senda de montaña. Pero va delante, haciendo el camino, y dándonos la mano para que la subida se nos haga suave y agradable. “El que quiera venir conmigo que me siga…”, porque él va delante.

Pidamos en la Eucaristía que sepamos encontrar en ella el alimento que nos da energía y vitalidad, y que también encontremos al compañero de nuestro largo camino.

José María Maruri, S. J.

Saber vivir

Cuántas veces lo hemos escuchado: «Lo que verdaderamente importa es saber vivir». Y, sin embargo, no nos resulta nada fácil explicar qué es en verdad «saber vivir». Con frecuencia, nuestra vida es demasiado rutinaria y monótona. De color gris.

Pero hay momentos en que nuestra existencia se vuelve feliz, se transfigura, aunque sea de manera fugaz. Momentos en los que el amor, la ternura, la convivencia, la solidaridad, el trabajo creador o la fiesta adquieren una intensidad diferente. Nos sentimos vivir. Desde el fondo de nuestro ser nos decimos a nosotros mismos: «Esto es vida».

El evangelio de hoy nos recuerda unas palabras de Jesús que nos pueden dejar un tanto desconcertados: «Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna». La expresión «vida eterna» no significa simplemente una vida de duración ilimitada después de la muerte.

Se trata, antes que nada, de una vida de profundidad y calidad nuevas, una vida que pertenece al mundo definitivo. Una vida que no puede ser destruida por un bacilo ni quedar truncada en el cruce de cualquier carretera. Una vida plena que va más allá de nosotros mismos, porque es ya una participación en la vida misma de Dios.

La tarea más apasionante que tenemos todos ante nosotros es la de ser cada día más humanos, y los cristianos creemos que la manera más auténtica de vivir humanamente es la que nace de una adhesión total a Jesucristo. «Ser cristiano significa ser hombre, no un tipo de hombre, sino el hombre que Cristo crea en nosotros» (Dietrich Bonhoeffer).

Quizá tengamos que empezar por creer que nuestra vida puede ser más plena y profunda, más libre y gozosa. Quizá tengamos que atrevernos a vivir el amor con más radicalidad para descubrir un poco qué es «tener vida abundante». Un escrito cristiano se atreve a decir: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida cuando amamos a nuestros hermanos» (1 Juan 3,14).

Pero no se trata de amar porque nos han dicho que amemos, sino porque nos sentimos radicalmente amados. Y porque creemos cada vez con más firmeza que «nuestra vida está oculta con Cristo en Dios». Hay una vida, una plenitud, un dinamismo, una libertad, una ternura que «el mundo no puede dar». Solo lo descubre quien acierta a arraigar su vida en Jesucristo.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado XVIII de Tiempo Ordinario

El Señor, nuestro Dios, es solamente uno

La fe es hoy el centro de la Palabra de Dios. El conocido y hermoso texto del Deuteronomio, la “Shemá Israel” expresa la fe del Pueblo judío en el único Dios, que tiene tanta importancia que debe estar continuamente presente en la mente de los creyentes, y hacer todo lo que sea posible para recordarlo.

El recuerdo de esta unicidad de Dios no está amenazado sólo por divinidades de los pueblos circundantes, sino también por esos bienes que se convierten en nuestros ídolos, cuando nos va bien en la vida y nos olvidamos del único Dios que puede salvarnos. A veces ciertas desgracias que amenazan nuestra vida de raíz y ante las que las seguridades materiales de nada sirven, nos obligan a volvernos a Dios e implorar de Él la salvación.

El evangelio de hoy nos pone ante una de estas situaciones. Un padre angustiado ve cómo su hijo está poseído por una fuerza maligna que le impide vivir con autonomía y sentido. Después de probar todo tipo de remedios sin éxito, finalmente recurre a Jesús, por medio de sus discípulos (recordemos que en el momento de acudir a la ayuda de los apóstoles, Jesús se encontraba en el monte Tabor, con Pedro, Juan y Santiago).

Los discípulos habían de hecho recibido del Maestro el poder de curar y expulsar demonios. Pero por motivos que desconocemos, en este caso, no habían tenido éxito. Jesús reacciona con una ira que nos desconcierta, pero, finalmente, cura al niño. Parece que la reacción de Cristo tiene que ver con la falta de fe de los discípulos y, posiblemente, del que solicita ayuda. Y es que, cuando acudimos a Dios sólo en situación de necesidad, lo hacemos, posiblemente, por un déficit de fe, acuciados sólo por los problemas para los que no encontramos solución. Queremos signos y favores para creer, en vez de creer como una apertura incondicional y confiada por la que permitimos entrar a Jesús en nuestra vida cotidiana, y no sólo “cuando nos hace falta”.

Por parte de los discípulos, la poca fe se refiere, posiblemente a la falta de confianza en que la autoridad de Jesús, de la que nos ha hecho partícipes, actúa realmente en nosotros y nos habilita para sanar los espíritus afligidos por toda clase de males. Olvidamos con frecuencia que, además de la predicación del Evangelio y el perdón de los pecados, Jesús nos ha dado poder para sanar enfermedades (sobre todo, del alma, tantas veces profundamente herida de tantas maneras) y para expulsar demonios que nos amargan la existencia. El que ejerzamos tan poco estas posibilidades tan presentes en los Evangelios, ¿no será un índice de nuestra falta de fe?

Ciudad Redonda