¿Te reconocemos, Señor?

1.- Un servidor de combustible al acercarse un cliente para repostar le preguntó: ¿por qué viene Vd., a esta estación de servicio…por obligación o por necesidad? El automovilista contestó: ciertamente por necesidad. Sin el carburante, no podría seguir mi viaje ni llegar a la meta que me he marcado…

Sigue adelante este verano 2006. Son días tórridos donde, en muchos lugares de España, se han superado incluso los 40 grados. Esta sensación térmica produce cansancio y muerte, ansiedad y sed, desgaste, incendios, sequía y… necesidad de beber líquido en abundancia.

Y, en medio de estas calurosas semanas, parece como si el evangelio –que siempre se las sabe todas- nos pusiera el remedio: “Yo soy el Pan que baja del Cielo”.

Entrar durante el verano a una iglesia es encontrarse con un remanso privilegiado de paz y de frescura: el silencio produce serenidad y la Palabra de DIOS es mejor que una buena tónica o más efectiva que una coca/cola light.

Adentrarnos en la Eucaristía dominical y participar de ese PAN que en el cielo se cuece y en la tierra se vende…..produce un gran milagro si se saborea con el paladar de la fidelidad.

2.- Miramos al cielo en estos días queriendo encontrar alguna escasa nube que haga de paraguas entre los rayos del sol y nuestros cuerpos agotados.

Miremos también hacia el cielo para saber si somos capaces de valorar e intuir ese Pan que en la mesa del altar se convierte en vitamina para seguir caminando como hijos del Padre.

Miremos a nuestro corazón y preguntémonos si comemos por obligación o por necesidad. Sólo cuando se tiene hambre, se aprecia el pan con gusto y placer y además, quedan ganas de repetir.

Sólo, cuando se tiene hambre por obligación, somos capaces de tirar lo que sobra. De sonreír por lo que nos ponen en la mesa, de no dar el valor que representa un alimento.

Con la eucaristía, pasa tres cuartos de lo mismo: desde la necesidad de dios, la eucaristía, produce frutos que nunca hubiéramos imaginado. Desde la rutina y desde la pura mecanicidad se convierte en aburrimiento y en algo sin sentido.

Probemos en asistir a un banquete donde, ya de antemano, lleguemos tarde, pongamos cara larga, no escuchemos al anfitrión o sentémonos como si la comida no fuera con nosotros. Acabará la fiesta y, además de marcharnos sin comer, nos habremos dado cuenta que la responsabilidad no la tenía ni el ambiente ni el anfitrión, ni la audición o los interlocutores…sino la actitud que mantuvimos como comensales. Nuestro cerrazón a la verdad, a la Palabra, a la Vida y al Camino que nos propone Jesús.

Y, por si lo hemos olvidado, recordemos que el pan de la Eucaristía es pan de vida eterna.

¿TE CONOCEMOS, SEÑOR?

Hijo del pobre José,
pero rico y expresivo en tu lenguaje
Hijo de la sencilla María,
y complicado en tu vida
Hermano de tus hermanos,
y defensor de la verdad sin distinción
¿Te conocemos, Señor?
Decimos quererte, y no entramos en Ti
Decimos amarte, y no vivimos con el impulso de tu amor
Decimos alabarte, y lo hacemos despegando los labios
pero, tal vez, sin abrir el corazón.
Decimos honrarte, y olvidamos que en el obrar,
es donde te damos gloria y comprometida alabanza.
¿Te conocemos, Señor?
¿Sentimos al que te envió?
¿Acogemos al que te hizo nacer pobre y niño en Belén?
¿Obedecemos al que te hizo obedecer subiendo a la cruz?
¡Creemos, Señor, pero aumenta nuestra fe!
Fe para verte como Hijo de Dios
Fe para recibirte como el enviado del Padre
Fe para dejarte compartir nuestra existencia
Fe para transformarnos con el pan de la vida
Fe para llenarnos de felicidad con el pan de la Eucaristía
Amén.

Javier Leoz