Lectio Divina – Santa Teresa Benedicta de la Cruz

1.- Oración Introductoria.

Hoy, Señor, quiero iluminar la lámpara de mi vida con la tuya. “Quiero que tu luz me deje ver la luz” (Sal. 36,9).  La lámpara de mi vida con frecuencia se apaga, si no se deja iluminar por tu Luz. Yo no puedo presumir de ser astro con luz propia; pero no me importa con tal de ser iluminado por Ti, mi Sol, que alumbras siempre y nunca te apagas. 

2.- Lectura reposada del evangelio Mateo 25, 1-13

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a medianoche se oyó un grito: «¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!» Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: «Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan.» Pero las prudentes replicaron: «No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis.» Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: «¡Señor, señor, ábrenos!» Pero él respondió: «En verdad os digo que no os conozco”. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.


3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión.

¡No bastan los sustantivos! También son necesarios los adjetivos. No basta decir “virgen” sino hay que decir “virgen prudente” o “virgen necia”. Todas han sido llamadas por Jesús al banquete de bodas. Pero no todas entraron. Sólo aquellas que tomaron el aceite para las lámparas. No basta decir: soy cristiano, soy sacerdote, soy religiosa. Hay que llevar el aceite del amor para salir al encuentro del esposo. Normalmente se llevaban una especie de “antorchas”, es decir, unos palos con trapos. Al llegar el esposo, esos trapos adheridos a los palos se impregnaban bien de aceite y lucían en procesión acompañando a la novia hacia la casa del novio. Una solemne procesión, al atardecer, con luces, con cantos, con alegría. Las vírgenes necias llevaban los palos con los trapos, pero al no tener aceite, se quemaron inmediatamente y quedaron sucios, feos, sin poder alumbrar. Y son una imagen perfecta de lo que es una vida vacía, sucia, frustrada, al no llevar el aceite de las buenas obras. Y es muy triste presentarse con las manos vacías ante Dios-Esposo, que nos espera con ilusión, y que, por nuestra culpa, sus sueños quedan frustrados. Lo contrario ocurre con las vírgenes que llegan con sus lámparas encendidas; vidas llenas de vida, de ilusión, de plenitud y de gozo. Y lo más importante: Vidas de esposas felices porque han agradado en todo a su Esposo.

Palabra del Papa.

La lámpara que tenemos es la mejor. Cuántas veces uno se despista y vive en la oscuridad. Y a veces unos se quieren poner a la luz del otro, como estas jóvenes que buscaron poner en sus lámparas el aceite de las otras. Pero cada uno tiene su luz. En cada uno Dios ha dejado una luz particular, una luz que le hace ser él mismo. Por eso, en el Reino de los cielos cada uno tiene que ser él mismo. Unas luces son más fuertes, otras más débiles, otras cambian constantemente… Y así podemos encontrar un sinfín de luces como personas. Y cada uno tiene que cuidar y dar cuentas de esa luz que recibió. Porque esa lámpara que Dios nos ha dado la tenemos que poner en el candelabro. Y puede que a veces no me guste mi lámpara, no me guste mi luz o gaste mi aceite. Puede que a veces utilice mis cualidades para presumir o a veces quiera ocultar esa luz, esas virtudes o defectos. Incluso a veces no quiero mi lámpara…Y siempre estoy queriendo la vela o el aceite de los otros. Pero, en realidad, la lámpara que tengo es la mejor, ¡porque es mi lámpara! Es un regalo de Dios. Lo importante es ver mi vida y mi historia desde los ojos de Dios y no desde una mirada humana. He de elevar la mirada; contemplar la maravillosa obra de Dios en mi vida y darle las gracias. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 10 de junio de 2016, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio).

5.-Propósito. Pienso en qué momento de este día puedo yo ser luz para alguna persona que vive en la oscuridad.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Dios mío, yo descubro que Tú siempre nos hablas de bodas, de fiesta, de comidas participadas con alegría. Pero a veces tu invitación no obtiene respuesta por nuestra parte. No me gusta hablar de castigos porque eres Padre y no te gusta castigar. Para mí el mayor castigo es el haberte defraudado, el que puedas decirme un día: Entra, pero que sepas que “esperaba más de ti”.

Se alegra mi espíritu en Dios

El evangelio de hoy está centrado en la salvación mesiánica que se manifiesta en la salvación de los humildes de este mundo. Su primera parte narra la visita de María a Isabel y la segunda es el canto de María  popularmente llamado “Magnificat”. Nos centramos en este canto tan arraigado en la espiritualidad cristiana.

Tiene un sabor veterotestamentario por sus múltiples referencias textuales pero aplicadas a la situación presente y debe ser leído con los esquemas de la fe pascual de la primitiva comunidad, pues posiblemente se usa un himno judeocristiano de la primitiva comunidad. Es un canto de liberación mesiánica que subraya la novedad del orden instaurado en Jesús. En ella se da la primacía a todos los postergados en aquel orden social: pobres, humildes, los sin significado social y relegados por quienes detentan el poder religioso y político. En ellos está el material sobre el que se instaura el nuevo orden social. Y el ejemplo más claro es un nuevo orden instaurado  en una criatura humilde y sin relieve social cual es la joven María originaria de una oscura aldea de Galilea lejos por tanto del poder que irradiaba desde Jerusalén. En ella se fija especialmente la bondad de Dios, se la proclama grande y beneficiaria excepcional de su bondad. Sobre ella descansará la originalidad del nuevo pueblo escogido. En ella está prefigurada y compendiada toda la novedad del pueblo y de un nuevo orden instaurado en ese pueblo.

El himno Magnificat es un fragmento poético insertado en la narración del saludo de la Virgen a su prima Isabel y es un texto que nació en el ambiente litúrgico de alguna comunidad cristiana que quiso reflejar la admiración que sentía esa primitiva comunidad  por el lugar que ocupaba la Virgen en el designio salvador de Jesús y, a la vez, expresa la disponibilidad de María al designio salvador de Jesús. Escrito en hebreo o en arameo, Lucas lo tradujo al griego al estilo de la versión de los Setenta y rememora a Jerusalén, la esposa de Yahvéh, que da a luz el pueblo mesiánico, que en su humillación es librada para dar al pueblo el Mesías, el Salvador. Lucas lo retocó para aplicarlo a María reconociendo ser obra exclusiva de Dios y realizándose en ella las promesas de Dios a su pueblo y concentró en él todas las atenciones de Dios para su pueblo  y la exquisitez de sus dones.

El himno consta de tres estrofas que compendian la obra de Dios con María.

Un canto sobre las grandezas que el Señor ha hecho en María

Dios es grande y es el salvador único de su pueblo. Se fijó en una sierva suya humilde, pequeña, insignificante para realizar en ella obras grandes y meritorias. Y por lo realizado en ella “me proclamarán bienaventurada todas las generaciones”. La comunidad cristiana en sus orígenes era consciente de este prodigio de obra del Señor que hizo en María maravillas de tal modo que los creyentes la llamarán siempre la Bienaventurada. El pueblo de Dios ha admirado siempre y le ha dado expresión y alabanzas a la obra de Dios realizada en María desde todos las generaciones, pues todo ello no son más que realizaciones del poder de Dios que ha escogida a su sierva para un destino único como es el dar a luz el salvador del mundo. En su seno se ha formado el Salvador de la humanidad y es de su propia carne y de su misma sangre la humanidad que tiene Dios, por lo que su identificación con el Poderoso es identificación de carne y sangre con el cuerpo de Cristo. La humanidad de Dios tiene toda ella sangre de María. Las generaciones futuras tendrán siempre esa admiración y respeto por quien es verdadera Madre del Salvador.

Revelación del inaccesible modo de obrar de Dios

En el nuevo orden de cosas instaurado en María se promete castigo a los soberbios de corazón, potentados injustos, ricos avaros, mientras se promete misericordia divina a los humildes, los pobres, los hambrientos. Es la doctrina sobre el comportamiento de Dios en la traducción sapiencial en la que el pueblo oprimido y de buena voluntad obtiene el beneplácito divino. Está ahí la sustancia del reino de Dios anunciado por Jesús.

Gratitud de la humanidad redimida por el modo de obrar Dios

Se canta la gratitud de Dios para el pueblo mesiánico, que Dios tiene siempre por el siervo fiel y misericordioso en el que está representada la figura de María que canta loores al Altísimo y así cumple la alianza hecha a Abraham y su descendencia. Siendo el Magnificat un canto personal de María es sobremanera un cántico de todo el pueblo elegido dignamente representado en María. Ella es la incomparable portavoz del pueblo  y su figura más excelsa, pues en ella están realizados todos los ideales propuestos a su pueblo y cumplidos todos los anhelos del pueblo.

Así es como hoy proclamamos que el Magnificat  es cumbre del pueblo de Dios  y realización personal de todos sus ideales y plenitud de los dones ofrecidos por Dios a su pueblo y realización brillante de los mismos. Al frente del Nuevo Testamento señala el ideal a lograr para todos sus miembros de todos los tiempos. La fe, esperanza y caridad de todo el pueblo de Dios y de todas las épocas está amontonado en María.

Fr. Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.

Comentario – Lunes XIX de Tiempo Ordinario

(Mt 17, 22-27)

Este episodio del impuesto para el templo nos ayuda a ver mejor la manera de actuar de Jesús y cómo él, siendo el Hijo de Dios, se adaptó a nosotros en todo, menos en el pecado.

Estamos en Cafarnaúm que era un pueblo muy pequeño. Los descubrimientos arqueológicos nos indican que tenía poco más de trescientos metros de largo, de manera que todo lo que Jesús hacía era sabido inmediatamente por todos. Allí se acercaron a Pedro, que era un habitante de esa población, los que cobraban el impuesto para sostener el templo de Jerusalén. Querían saber si Jesús iba a pagar ese impuesto.

No pagar ese impuesto era como rebelarse contra las tradiciones del pueblo y ser visto como una especie de ateo. Los habitantes de Cafarnaúm no verían esa actitud con agrado y les resultaría difícil aceptar a Jesús como maestro si se negaba a aportar una ayuda para el templo. Por otra parte, Jesús era el Hijo de Dios, y el templo la casa de su Padre, que lo había enviado; no estaba obligado a pagar. Además, allí se celebraba el culto judío, de sacrificios de animales, que él venía a declarar innecesario, ya que Jesús mismo entregará su propia vida en sacrificio (Heb 10, 4-10).

Sin embargo, para no ser una causa de escándalo para la gente, Jesús pide a Pedro que pague el impuesto. Así Jesús somete su libertad al bien del pueblo, y piensa más en evitar hacerles daño que en imponerles una verdad que ellos todavía no podrían entender. Esa misma delicadeza se espera de nosotros en nuestro trato con los demás.

Pueden ilustrar esta misma actitud las consideraciones de San Pablo en Rom 14 y en 1 Cor 8, donde Pablo concluye diciendo: «Si un alimento es ocasión de caída para mi hermano, nunca más lo comeré para evitar su caída» (1 Cor 8, 13).

Oración:

«Señor Jesús, te adoro en tu delicadeza, en tu amable consideración ante el pueblo amado; contemplo tu misericordia, tu compasión y tu paciencia, tu capacidad de adaptarte a la pequeñez y a los límites humanos. Gracias Señor».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Homilía – Asunción de la Virgen María

1

Una fiesta que alegra nuestro verano

La fiesta de hoy es una de las más populares y consoladoras de las que la Iglesia dedica a la Virgen María, que aparece además como modelo de lo que es y espera ser toda la comunidad cristiana.

Es una fiesta que, en nuestro hemisferio, alegra el verano y constituye en muchas poblaciones la «fiesta mayor», dándoles la ocasión de una entrañable celebración humana y cristiana. Es una buena noticia y una fiesta «contagiosa» de esperanza para la Iglesia: más aún, para toda la humanidad.

La solemnidad de la Asunción tiene también una misa vespertina de vigilia, pero aquí consideramos sólo la misa del día con sus textos de oración y de lectura bíblica, que nos parecen más apropiados.

 

Apocalipsis 11, 19a; 12,1. 3-6a.l0ab. Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal

En la batalla entablada entre el bien y el mal, tal como la cuenta con su lenguaje simbólico el Apocalipsis, hoy leemos la aparición de «una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida del sol… encinta, le llegó la hora y gritaba entre los espasmos del parto».

Contra ella surge «un enorme dragón rojo… enfrente de la mujer que iba a dar a luz». Pero la victoria es de Dios: «dio a luz un varón y lo llevaron junto al trono de Dios, y se oyó una gran voz: ya llega la victoria y el reino de nuestro Dios y el mando de su Mesías».

El salmo resalta también la figura de una mujer, presente en el triunfo de Dios: «de pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro». A esta mujer «la traen entre alegría y algazara» al palacio del rey.

 

1 Corintios 15, 20-27a. Primero Cristo, como primicia; después todos los que son de Cristo

En el capítulo que dedica al tema de la resurrección de los muertos, Pablo transmite a los cristianos de Corinto su convicción de que nuestra resurrección es lógica consecuencia de la de Cristo.

«Cristo ha resucitado como primicia de todos los que han muerto», como el segundo y definitivo Adán. Como del primero nos vino la muerte, del segundo todos esperamos vida. Después de Cristo, que es la primicia, resucitarán los cristianos, y esto será un proceso continuado, hasta que Cristo «devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza». Porque «Dios ha sometido todo bajo sus pies».

Pablo no nombra a la Virgen María como partícipe de esa resurrección a la vida. Pero en la fiesta de hoy lo que celebramos es precisamente que ella fue la primera después de su Hijo en experimentar esta victoria total contra la muerte, también corporalmente.

Lucas 1, 39-56. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí; enaltece a los humildes

El Magníficat, el himno de alabanza a Dios que Lucas pone en labios de María de Nazaret, es un canto «pascual» que agradece a Dios que sabe enaltecer a los humildes. Como ha resucitado a Cristo Jesús de entre los muertos, así Dios protege al pueblo elegido y, también, ha hecho maravillas en la Madre del Mesías.

Después de oír la alabanza de su prima Isabel: «dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá», María prorrumpe en el cántico que tantas veces proclama la comunidad cristiana desde hace dos mil años. Ella sí que puede decir: «ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo», porque «ha mirado la humillación de su esclava» (sería mejor traducir, como hace la versión catalana, «la pequeñez de su sierva»).

María alaba a Dios por el estilo con que lleva la historia: «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes».

 

2

Victoria en tres tiempos

La fiesta de hoy se puede decir que tiene tres niveles.

Es la victoria de Cristo Jesús, el Señor Resucitado, tal como nos la presenta Pablo, el punto culminante del plan salvador de Dios. Él es la «primicia», el que triunfa plenamente de la muerte y del mal, pasando a la nueva existencia, como el segundo y definitivo Adán que corrige el fallo del primero y conduce a la nueva humanidad a la salvación.

Es la victoria de la Virgen María, que, como primera seguidora de Jesús, primera cristiana y primera salvada por su Pascua, participa ya de la victoria de su Hijo, elevada también ella a la gloria definitiva en cuerpo y alma: «has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María» (oración colecta).

El motivo de este privilegio lo formula bien el prefacio de hoy: «Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la mujer que, por obra del Espíritu, concibió en su seno al autor de la vida, Jesucristo».

Ella, que supo abrirse totalmente a Dios, que le alabó con su Magníficat y le fue radicalmente dócil en su vida respondiendo con un «sí» total a su vocación («hágase en mí según tu Palabra»), es ahora glorificada y asociada a la victoria de su Hijo. Ella estuvo siempre con su Hijo, en su nacimiento, en su vida, al pie de la cruz y en la alegría de la resurrección. Ella se dejó llenar del Espíritu ya desde su concepción, y luego en su maternidad y en el acontecimiento de Pentecostés. Finalmente fue glorificada como primer fruto de la Pascua de Jesús, asociada a su victoria en cuerpo y alma, gozando ya para siempre junto a él. En verdad el Señor «ha hecho obras grandes» en ella.

Pero es también nuestra victoria, porque el triunfo de Cristo y de su Madre se proyecta a la Iglesia y a toda la humanidad. En María se condensa nuestro destino. Al igual que su «sí» fue como representante del nuestro, también el «sí» de Dios a ella, glorificándola, es un «sí» a todos nosotros: señala el destino que él nos prepara.

La comunidad eclesial es una comunidad en marcha, en lucha constante contra el mal y contra todos los «dragones» que la quieren hacer callar y eliminar. La Mujer del Apocalipsis, la Iglesia misma, y dentro de ella de modo eminente la Virgen María, nos garantiza nuestra victoria final. La Virgen es «figura y primicia de la Iglesia, que un día será glorificada: ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra» (prefacio). Por eso, además de ser fiesta de la Virgen, es también nuestra fiesta.

 

Un sí a la esperanza

La fiesta de hoy, con sus cantos, oraciones y lecturas, quiere contagiarnos esperanza y optimismo. Necesitamos fiestas de estas, porque la imagen de «comunidad en marcha y en lucha» que nos da el Apocalipsis de fines del primer siglo sigue siendo actual en nuestros tiempos, y también en la historia personal de cada cristiano. No nos resulta fácil el camino de la fidelidad a Dios.

La Asunción es un grito de fe en que es posible la salvación y la felicidad: que va en serio el programa liberador de Dios. Es una respuesta a los pesimistas, que todo lo ven negro. Es una respuesta a los materialistas, que no ven más que los factores económicos o sensuales: algo está presente en nuestro mundo que trasciende nuestras fuerzas y que lleva más allá. Es la prueba de que el destino del hombre no es la muerte, sino la vida, y que es toda la persona humana, corporeidad y espíritu, la que está destinada a la vida, subrayando también la dignidad y el futuro de nuestro cuerpo.

En María ya ha sucedido. En nosotros no sabemos cómo y cuándo sucederá. Pero tenemos plena confianza en Dios: lo que ha hecho en ella quiere hacerlo también en nosotros. La historia «tiene final feliz». En la oración colecta pedimos a Dios que «aspirando siempre a las realidades divinas lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo». María está presente en nuestro camino, como lo estuvo en el de su Hijo. Con su ejemplo, con su intercesión y auxilio materno.

 

Cada Eucaristía nos acerca a nuestra asunción

Cada vez que participamos en la Eucaristía, dirigimos a Dios nuestro canto de alabanza, inspirado en el Magníficat de María. La Plegaria Eucarística que el sacerdote proclama en nombre de todos es un canto que alaba a Dios por la historia de amor y salvación que va realizando en nuestro mundo. El Magníficat de María se ha convertido en el canto gozoso de liberación de tantas personas y pueblos que sufren en nuestro mundo, por motivos políticos o económicos. Los que se sienten oprimidos elevan, con María, su canto al Dios que derriba a los poderosos y que enaltece a los humildes.

En la Eucaristía recibimos como alimento el Cuerpo y la Sangre del Señor Resucitado, que nos aseguró: «quien come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día». La Eucaristía es como la semilla y la garantía de la vida inmortal para los seguidores de Jesús. Por tanto, de alguna manera, también nosotros estamos recorriendo el camino hacia la glorificación definitiva, como la que ya ha conseguido María, la Madre.

Cada Eucaristía nos sitúa en la línea y la esperanza de la Asunción. Si la celebramos bien, vamos por buen camino.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Lc 1, 39-56 (Evangelio Asunción de la Virgen María)

Un canto de “enamorada” de Dios

La visitación da paso a un desahogo espiritual de María por lo que ha vivido en Nazaret ¡había sido demasiado!. El Magnificat es un canto sobre Dios y a Dios. No sería adecuado ahora desentrañar la originalidad literaria del mismo, ni lo que pudiera ser un “problema” de copistas que ha llevado a algunos intérpretes a opinar que, en realidad, es un canto de Isabel, tomado del de Ana, la madre de Samuel (1Sam2,1-10) casi por los mismos beneficios de un hijo que llena la esterilidad materna. En realidad existen indicios de que podía ser así, pero la mayoría piensa que Lucas se lo atribuye a María a causa de la bendición como respuesta a las palabras de Isabel. Así quedará para siempre, sin que ello signifique que es un canto propio de María en aquel momento y para esa ocasión que hoy se nos relata.

Se dice que el canto puede leerse en cuatro estrofas con unos temas muy ideales, tanto desde el punto de vista teológico como espiritual; con gran sabor bíblico, que se actualiza en la nueva intervención de Dios en la historia de la humanidad, por medio de María, quien acepta, con fe, el proyecto salvífico de Dios. Ella le presta a Dios su seno, su maternidad, su amor, su persona. No se trata de una madre de “alquilér”, sino plenamente entregada a la causa de Dios. Deberíamos tener muy presente, se mire desde donde se mire, que Lucas ha querido mostrarnos con este canto (no sabemos si antes lo copistas lo habían transmitido de otra forma o de otra manera) a una joven que, después de lo que “ha pasado” en la Anunciación, es una joven “enamorada de Dios”. Esa es su fuerza.

Los temas, pues, podrían exponerse así: (1) la gozosa exaltación, gratitud y alabanza de María por su bendición personal; (2) el carácter y la misericordiosa disposición de Dios hacia todos los que le aceptan; (3) su soberanía y su amor especial por los humildes en el mundo de los hombres y mujeres; y (4) su especial misericordia para con Israel, que no ha de entenderse de un Israel nacionalista. La causa del canto de María es que Dios se ha dignado elegirla, doncella campesina, de condición social humilde, para cumplir la esperanza de toda doncella judía, pero representando a todas las madres del mundo de cualquier raza y religión. Y si en el judaísmo la maternidad gozosa y esperanzada era expectativa del Mesías, en María su maternidad es en expectativa de un Liberador.

Este canto liberador (no precisamente libertario) es para mostrar que, si se cuenta con Dios en la vida, todo es posible. Dios es la fuerza de los que no son nada, de los que no tienen nada, de los que no pertenecen a los poderosos. Es un canto de “mujer” y como tal, fuerte, penetrante, acertado, espiritual y teológico. Es un canto para saber que la muerte no tiene las últimas cartas en la mano. Es un canto a Dios, y eso se nota. No se trata de una plegaria egocéntrica de María, sino una expansión feminista y de maternidad de la que pueden aprender hombres y mujeres. Es, desde luego, un canto de libertad e incluso un programa para el mismo Jesús. De alguna manera, también así lo ha concebido Lucas, fuera o no su autor último.

1Cor 15, 20-27a (2ª lectura Asunción de la Virgen María)

En Cristo, todos tendremos una vida nueva

Cuando Pablo se enfrenta a los que niegan la resurrección de entre los muertos, se apoya en la resurrección de Cristo que ha proclamado como kerygma en los primeros versos de esta carta (1Cor 15,1-5). En el v. 20 el apóstol da un grito de victoria, con una afirmación desafiante frente a los que afirman que tras la muerte no hay nada. Si Cristo ha resucitado, hay una vida nueva. De lo contrario, Cristo que es hombre como nosotros, tampoco habría resucitado.

Podríamos decir muchas más cosas que Pablo sugiere en este momento. Él le llama “primicia” (aparchê), no en el sentido temporal, sino de plenitud. En Cristo es en quien Dios ha manifestado de verdad lo que nos espera a sus hijos. Él es el nuevo Adán, en él se resuelve el drama de la humanidad; por eso es desde aquí desde donde debe arrancar la verdadera teología de la Asunción, es decir, de la resurrección de María. Porque la Asunción no es otra cosa que la resurrección, que tiene en la de Cristo su eficiencia y su modelo; lo mismo que sucederá con nosotros.

Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab (1ª lectura Asunción de la Virgen María)

¡El cielo siempre nos espera!

Se ha querido comenzar esta lectura poniendo la manifestación celestial del Arca de la Alianza, que ya había desaparecido del Santuario de Jerusalén, probablemente con la conquista de los babilonios. ¡Es imposible encontrarla en alguna parte, a pesar de que se alimente la leyenda de mil maneras! Y ni siquiera será necesaria en un cielo nuevo, porque entonces habrá perdido su sentido. En nuestro texto es todo un símbolo de una nueva época escatológica que revela las nuevas relaciones entre Dios y la humanidad.

Y si de signos se trata, el de la mujer encinta ha sido identificado en María durante mucho tiempo. Esta lectura ya no tiene sentido, aunque se haya escogido este texto para la fiesta de la Asunción. No es posible que el niño que ha de nacer se identifique con Jesús que sería arrebatado al cielo para evitar que sea destrozado por el dragón. Si fuera así, toda la historia de Jesús de Nazaret, el Señor encarnado que vivió como nosotros y fue crucificado, perdería todo su sentido. La transposición no sería muy acertada.

El símbolo del cielo, apocalíptico desde luego, es el de la nueva comunidad, la Iglesia liberada y redimida por Dios que engendra hijos a los que les espera una vida nueva más allá de la historia. También María es “hija” de esa Iglesia liberada y salvada que vive como nosotros, siente con nosotros y es resucitada como nosotros, aunque sea madre de nuestro Salvador. Y por eso es también “madre” nuestra.

Comentario al evangelio – Santa Teresa Benedicta de la Cruz

Recordamos hoy a Edith Stein , filósofa, pensadora judía convertida al cristianismo y carmelita descalza a la hora de morir en la cámara de gas de Auschwitz, sin dejar que su nueva “condición” carmelitana le evitara lo que su hermana Rosa, sus amigos y tantos otros iban a vivir. Posiblemente no lo hizo por simple solidaridad ni siquiera por coherencia personal; que ya es mucho. Quizá entendió muy bien la afirmación de Jesus: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el almahasta los cabellos de la cabeza tenéis contados No tengáis miedo

Edith decide a los 15 años dejar de rezar pues cuanto más lee, reflexiona y aprende, más imposible le parece que pueda existir un Dios personal, a pesar del gran testimonio creyente que ve en su madre. Estudia fenomenología con Husserl, trabaja en la I Guerra Mundial como enfermera, consigue el doctorado “summa cum laude”, nunca deja de preguntarse y de buscar sinceramente la verdad, aprende con Max Scheler a mirar las cosas sin prejuicios ni barreras… Una tarde de verano lee casualmente la autobiografía de Teresa de Ávila y se convierte al cristianismo; siente que por fin, su búsqueda ha terminado.

Esta mujer “pensadora, mística y mártir” como decía Juan Pablo II al nombrarla copatrona de Europa, que rompe con los tópicos de una vida monástica y religiosa sólo para gente apocada, miedosa, ingenua, resignada, ajena al mundo… Todo lo contrario. Una mujer que supo, al conocer a Cristo, que no hay lugar para el miedo y que toda búsqueda sincera no será nunca en balde.

Ciudad Redonda

Meditación – Santa Teresa Benedicta de la Cruz

Hoy celebramos la fiesta de Santa Teresa Benedicta, patrona de Europa.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 10, 28-33):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: «No tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos. Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos».

Hoy celebramos la fiesta de santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, patrona de Europa. Ella vivió con coraje su conversión desde el judaísmo a la Iglesia Católica, y también con valentía afrontó el martirio durante la II Guerra Mundial. En diversas ocasiones, el Evangelio hace referencia a la expresión «No tengáis miedo». En la mayor parte de ocasiones, lo hace en momentos que revisten una importancia especial. Recordemos, únicamente como botón de muestra significativo, la Anunciación a la Virgen María, Madre de Dios.

Dicha expresión muestra más una exhortación positiva que una actitud negativa. Los textos inmediatamente anteriores de Mateo (que hemos leído en los días anteriores) han mostrado la misión de los discípulos no exenta de dificultades y persecuciones. El texto de hoy es más bien una invitación a la auténtica esperanza. El verdadero discípulo ha de ser una persona intrépida, audaz.

Detrás de estos términos se puede encontrar aquello que la Iglesia ha formulado con el nombre de “santo temor de Dios”, que es uno de los siete dones del Espíritu Santo. El Evangelio de hoy presenta algunas características de este don. No se trata del miedo propiamente dicho, sino de la manera cómo vivir la relación con Dios.

Si Él, que es Padre, vela por los seres humanos de un modo más sublime que el cuidado providente que tiene por los pájaros (cf. Mt 10,29.31), la relación que establece con la criatura más excelente es sobremanera más fuerte todavía. El temor de Dios hace vivir esta relación con respeto, con confianza, con la exigencia y la responsabilidad de aquel que sabe que el propio Jesús lo reconocerá ante el Padre.El verdadero discípulo vive animado por esta relación que tiene sentido si es auténtica. Y la verdadera autenticidad se mide por la parte humana, pues por parte divina ya está presente con creces. Los santos ayudan a expresar y vivir esta relación basada en el santo temor de Dios. Hoy, el recuerdo de santa Teresa Benedicta de la Cruz la hace presente. Ella buscó y, una vez la encontró, permaneció en esta relación fundante.

Rev. D. Fidel CATALÁN i Catalán

Liturgia – Santa Teresa Benedicta

SANTA TERESA BENEDICTA DE LA CRUZ, virgen y mártir, patrona de Europa, fiesta

Misa de la fiesta (rojo)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria. Prefacio de mártires. No se puede decir la Plegaria Eucarística IV.

Leccionario: Vol. IV

  • Os 2, 16b. 17de. 21-22. Me desposaré contigo para siempre.
  • Sal 44. Escucha, hija, mira: inclina el oído. O bien: ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!
  • Mt 25, 1-13. ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!

Antífona de entrada          Gál 6, 14
Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo.

Monición de entrada y acto penitencial
Celebramos hoy la fiesta de santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), patrona de Europa, virgen de la Orden de Carmelitas Descalzas y mártir. Nació en Alemania, de una familia judía, el año 1891. Educada en la religión judía, después de haber enseñado filosofía durante algunos años entre grandes dificultades, recibió por el bautismo la nueva vida en Cristo, entrando unos años después en el Carmelo de Colonia. Fue encarcelada por el régimen nazi y murió el año 1942 en la cámara de gas del campo de exterminio de Auschwitz, cercano a Cracovia, en Polonia.

Yo confieso…

Se dice Gloria.

Oración colecta
DIOS de nuestros padres,
que guiaste a la mártir santa Teresa Benedicta
en el conocimiento de tu Hijo crucificado,
imitándole incluso en la muerte,
concédenos por su intercesión
que todos los hombres reconozcan a Cristo Salvador
y, por medio de él, puedan contemplarte para siempre.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos, hermanos, a Dios nuestro Padre lleno de misericordia, por la intercesión de santa Teresa Benedicta de la Cruz.

1.- Para que la Iglesia de Cristo contribuya a reconstruir la unidad espiritual de Europa en un clima de respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Roguemos al Señor.

2.- Para que la vida contemplativa sea testimonio, con su silencio y oración, de la sabiduría de la cruz que animó en la fe hasta el martirio a santa Teresa Benedicta. Roguemos al Señor.

3.- Para que cuantos se dedican a la investigación, la ciencia y la reflexión ayuden al mundo a esperar con inteligencia, como hicieron las vírgenes prudentes, la venida del Esposo. Roguemos al Señor.

4.- Para que nuestra comunidad aquí reunida encuentre en la eucaristía la lámpara que esclarece y da sentido a las dificultades del camino de la vida. Roguemos al Señor.

Padre misericordioso, concédenos lo que con fe te hemos pedido en la fiesta de santa Teresa Benedicta de la Cruz.. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
ACEPTA, Señor, con bondad estos dones que te ofrecemos
en la fiesta de tu mártir santa Teresa Benedicta
y, ya que has llevado a la perfección del sacrificio único
los diferentes sacrificios de la Antigua Alianza,
actualiza el que tu Hijo te ofreció con su sangre.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Sal 22, 4
Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.

Oración después de la comunión
CONCEDE, Padre misericordioso,
que los frutos celestiales del árbol de la Cruz
fortalezcan el corazón de quienes
veneramos la memoria de santa Teresa Benedicta,
para que, unidos fielmente a Cristo en la tierra,
merezcamos comer del árbol de la vida en el paraíso.
Por Jesucristo, nuestro Señor.