Comentario – Lunes XIX de Tiempo Ordinario

(Mt 17, 22-27)

Este episodio del impuesto para el templo nos ayuda a ver mejor la manera de actuar de Jesús y cómo él, siendo el Hijo de Dios, se adaptó a nosotros en todo, menos en el pecado.

Estamos en Cafarnaúm que era un pueblo muy pequeño. Los descubrimientos arqueológicos nos indican que tenía poco más de trescientos metros de largo, de manera que todo lo que Jesús hacía era sabido inmediatamente por todos. Allí se acercaron a Pedro, que era un habitante de esa población, los que cobraban el impuesto para sostener el templo de Jerusalén. Querían saber si Jesús iba a pagar ese impuesto.

No pagar ese impuesto era como rebelarse contra las tradiciones del pueblo y ser visto como una especie de ateo. Los habitantes de Cafarnaúm no verían esa actitud con agrado y les resultaría difícil aceptar a Jesús como maestro si se negaba a aportar una ayuda para el templo. Por otra parte, Jesús era el Hijo de Dios, y el templo la casa de su Padre, que lo había enviado; no estaba obligado a pagar. Además, allí se celebraba el culto judío, de sacrificios de animales, que él venía a declarar innecesario, ya que Jesús mismo entregará su propia vida en sacrificio (Heb 10, 4-10).

Sin embargo, para no ser una causa de escándalo para la gente, Jesús pide a Pedro que pague el impuesto. Así Jesús somete su libertad al bien del pueblo, y piensa más en evitar hacerles daño que en imponerles una verdad que ellos todavía no podrían entender. Esa misma delicadeza se espera de nosotros en nuestro trato con los demás.

Pueden ilustrar esta misma actitud las consideraciones de San Pablo en Rom 14 y en 1 Cor 8, donde Pablo concluye diciendo: «Si un alimento es ocasión de caída para mi hermano, nunca más lo comeré para evitar su caída» (1 Cor 8, 13).

Oración:

«Señor Jesús, te adoro en tu delicadeza, en tu amable consideración ante el pueblo amado; contemplo tu misericordia, tu compasión y tu paciencia, tu capacidad de adaptarte a la pequeñez y a los límites humanos. Gracias Señor».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día