Comentario – Miércoles XIX de Tiempo Ordinario

(Mt 18, 15-20)

Jesús invita a expresar nuestro amor al hermano corrigiéndolo. Pero no se trata aquí de corregirlo por un error o por una falta ocasional; se trata de un pecado persistente y público, cuando el hermano está cayendo reiteradamente en una falta grave y visible. Por eso, si es necesario, se pueden buscar testigos que hayan visto esos pecados y nos ayuden a convencer al hermano descarriado. Pero el primer paso es siempre una corrección en privado, íntima, personal y directa, cara a cara.

Es importante leer esta invitación a la corrección en el contexto de lo que sigue. Por ejemplo, en los versículos 21-22 se invita a perdonar al hermano todas las veces que sea necesario. Por lo tanto, la corrección no se refiere a ofensas personales. Luego, en los versículos 23-35 se invita a una actitud de compasión, la misma que desearíamos que el Padre Dios tuviera ante nuestros pecados.

Si el hermano pecador, luego de hablarlo entre dos o tres, y después de haber orado por él (18, 19-20), tampoco quiere reconocer su pecado y se obstina en ese mal comportamiento público, se puede hacer un planteo en la comunidad más amplia, para tratar de ayudarlo entre todos; pero si aún así se empecina en mantener su opción por el mal, la comunidad no puede identificarse con él y debe dejar en claro cuál es el estilo de vida que en ella se propone.

La comunidad, en ese caso, al considerarlo como un pagano o un pecador público, no lo desprecia ni lo declara muerto, sino que comienza a verlo como alguien que debe ser nuevamente evangelizado, alguien a quien se debe hacer llegar una vez más el anuncio del Señor que lo invita a la conversión. Pero si al corregirlo advertimos que lo hacemos sin amor sincero, y más bien estamos descargando nuestro rencor e incomprensión, tendríamos que seguir el consejo de San Agustín: “reconocer nuestra propia miseria, abrazarnos a él, y llorar juntos la miseria de los dos”.

Oración:

“Señor, ayúdame a tomar en serio la vida de mi hermano, a no desentenderme cuando veo que se hunde en el mal y arruina su vida. Dame el amor necesario y la palabra justa para poder ayudarlo, pero ayúdame a hacerlo con humildad, reconociendo mi propia miseria”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día