La Virgen se nos va de las manos

1.- Este evangelio es lo menos oportuno que se puede pensar, cuando parece que todos nosotros como aquella buena mujer del pueblo tendríamos que decir bendita sea tu Madre precisamente por ser tu Madre, y como consecuencia bendita por su Inmaculada Concepción. Y por su Asunción a los cielos, el Señor pone en su punto todas estas alabanzas de esa mujer de pueblo y de todos nosotros.

Porque ser Madre de Dios, ser Inmaculada por ello y ser asunta a los cielos no es mérito ninguno de la Virgen Santísima y ella lo sabe muy bien. La Virgen María no se glorió en vida más que de uno de sus títulos, es verdad que se sintió dichosísima de ser madre de Jesús, se sentiría orgullosísima de ello a sabiendas de que todo lo debía a la libre elección de Dios.

Pero si hay un título en el evangelio del que Ella hace gala desde un principio y es precisamente de lo mismo que Jesús la alba en el evangelio de hoy, Feliz el que conoce la voluntad de Dios y la cumple, feliz y bienaventurada la Esclava del Señor. He aquí la esclava del Señor.

2.- La Virgen Santísima ascendida por los aires al cielo se nos va de las manos y Ella misma no sé yo si se siente muy a gusto separándose así de sus hijos.

Es mucha verdad que Ella resucitada y ascendida al cielo es para todos nosotros el ejemplo palpable de lo que va a ser con nosotros. María es el primer ser puramente humano que alcanza del Señor su plena resurrección y en el mismo tren que Ella vamos nosotros y donde Ella ya ha llegado llegará un día nuestro vagón para encontrarnos en el mismo andén que ella y en ese estado de una nueva vida resucitada.

Pero lo mismo el Señor Jesús que nos avisa hoy en el evangelio que nuestra Madre que en esta vida no quiso más que ser la esclava nos hace bajar los ojos del cielo por el que se nos va nuestra Madre a esta tierra llena de hermanos, llena de hijos de Dios y de la Virgen, a cuya suerte va unida la nuestra.

3.- Ninguno de nosotros va a ir al cielo solo, los compartimentos del tren del cielo son familiares, son comunitarios, hay que llenarlos de gente antes que el tren se ponga en marcha.

El egoísta que quisiera meterse en uno de esos compartimentos y cerrar la puerta para ir más cómodo al cielo se quedaría en tierra, su vagón se desengancharía automáticamente del tren y nunca llegaría a la estación de término.

El que quiera suplir con oraciones y novenas y muchos golpes de pecho al amor a los demás la preocupación por los demás, el que quiera cambiar el tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber por muchas indulgencias plenarias compostelanas se queda en tierra, no sale en la foto.

Al andén del cielo hay que bajar llevando de la mano un montón de hermanos y hermanas formando una larga fila en la que se vea una carilla negrita y con unas tirantes trenzas, unos ojillos rasgados con un flequillo que casi tapa los ojos, un mocosillo gitano con la tripa al aire, todos felices y contentos de ir de la mono a ver a nuestra común Madre. Madre de todos cristianos y no cristianos.

Llenemos nuestro vagón a tiempo antes que salga el tren, porque si estamos solos nuestro vagón se desengancha automáticamente, no lo olvidemos.

José María Maruri SJ