La misa del domingo

San Juan refiere una visión, un fenómeno cósmico extraordinario (1ª. lectura): «una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza». También aparece la figura de un gran dragón rojo, símbolo de un poderoso imperio antagónico a Dios (ver Jer 51,34; Is 51,9-10; Ez 29), que desencadena su furia contra «los astros del cielo» (ver Dan 8,10), es decir, contra los elegidos.

El dragón se detiene delante de la Mujer con la intención de devorar al Niño que ella está a punto de dar a luz. Esta actitud de agresión, de oposición y confrontación trae a la memoria un antiguo pasaje del Génesis, llamado ‘protoevangelio’: «Enemistad pondré entre ti y la Mujer, y entre tu linaje y su linaje» (Gén 3,15).

El hijo de la Mujer es arrebatado y llevado junto al trono de Dios, hecho partícipe de su mismo poder y gloria. Aquel niño simboliza a Cristo, Aquel a quien la muerte no pudo retener en su dominio. Resucitado de entre los muertos ascendió victorioso a los Cielos. Su triunfo es total, un triunfo que anuncia y garantiza la salvación para toda la humanidad.

San Pablo (2ª. lectura) explica la íntima conexión que existe entre la resurrección de Cristo y la futura resurrección de los creyentes. Si por Adán vino la muerte, por Cristo viene la resurrección. Su Victoria sobre el mal y la muerte es también la victoria de la humanidad entera. Él ha resucitado como primicia, y en Cristo y por Él también los creyentes resucitarán para la Vida cuando Él vuelva glorioso al final de los tiempos.

Mas esta resurrección gloriosa ha sido ya anticipada en el caso de aquella Mujer, la Madre de Jesús. La Asunción de la Santísima Virgen «constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos» (Catecismo de la Iglesia Católica, 966).

María es la Mujer anunciada desde el principio, Mujer cuya descendencia pisaría la cabeza de la serpiente como signo de triunfo sobre el poder del mal y de la muerte. Ella es llamada dichosa no sólo por haber sido elegida por Dios y regalada con gracias especiales para realizar su vocación y llevar a cabo su misión de ser la Madre del Señor, sino también por su libre cooperación y respuesta generosa a Dios y a sus designios reconciliadores.

En su favor el Poderoso ha hecho grandes maravillas. También ha obrado esas maravillas en favor de toda la humanidad por medio de María. Es por ello que todas las generaciones la llamarán bienaventurada, rindiéndole agradecidas un filial y amoroso homenaje.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Santa María, asunta a los Cielos, es para nosotros, hijos de la Iglesia peregrinante, un signo de esperanza que brilla intenso en el horizonte, signo que nos atrae, nos alienta, nos anima y estimula a seguir sus huellas y caminar confiadamente hacia donde Ella se encuentra gloriosa junto a su Hijo resucitado.

¡El triunfo de María nos llena de esperanza! Sí, al mirarla gloriosa tenemos la confianza de que también nosotros, bajo su guía y cuidado maternal, avanzamos hacia la transfiguración gloriosa de nuestras existencias, hacia la plena participación del amor y comunión de Dios, hacia la gloria definitiva y máxima felicidad que sólo Dios puede dar al ser humano.

Nos acompaña la certeza de que Santa María, asunta a los Cielos, no se desentiende del destino terreno y eterno de sus hijos e hijas. ¡Todo lo contrario! Ella, desde el Cielo, ejerce activamente su misión maternal: «¡Mujer, he allí a tu hijo!». Enaltecida y glorificada al lado de su Hijo, como Madre nuestra que es, nos sigue acompañando y sigue intercediendo por nosotros, continúa alentando nuestra esperanza y confianza en las promesas de su Hijo, no cesa de invitarnos a vivir con visión de eternidad, cuidándonos, protegiéndonos, educándonos con sus palabras y el ejemplo de su vida entregada al amoroso y servicial cumplimiento del Plan divino.

Finalmente, la Mujer que ahora y por toda la eternidad ve plenamente colmada las esperanzas de su terreno peregrinar, nos invita también a nosotros a ser hombres y mujeres de esperanza para tantos que en el mundo de hoy carecen de esperanza. De este modo, todo hijo e hija de María está llamado a ser signo de esperanza para muchos, apóstol que lleve a cuantos más pueda al encuentro con el Señor resucitado.