La dormición de María

1.- Las Iglesias Orientales hablan de la Dormición de María como titularidad de la presente fiesta. Es, tal vez, más completa la nomenclatura eclesial de Occidente que habla de asunción: de subida al cielo. Pero la Dormición –el plácido sueño– como tránsito de esta vida a su presencia eterna en la Gloria de Dios es algo muy bello. En la Liturgia de las Horas, en las Completas, todas las noches, antes de rezar la última antífona que está dedicada a la Virgen, se repite: “El Señor todopoderoso nos conceda una noche tranquila y una muerte santa”. El sueño parece una antesala de la muerte cuando los cristianos despegamos del hecho de morir todo lo truculento o desagradable que culturalmente hemos añadido y la fe nos lleva a considerarlo como una Dormición.

Sabemos que la Virgen María está, junto a Jesús, en el cielo y en cuerpo y alma. Esos dos cuerpos gloriosos, no sometidos –ya– a mutación alguna son la promesa de lo que ocurrirá después de nuestra resurrección. Y en la esperanza gloriosa de la vida eterna hay mucha fuerza para seguir nuestro camino, acompañando a Jesús, a la Virgen, a la Iglesia. Es cierto que hay una tendencia a amortiguar lo maravilloso que encierra el mundo futuro del que nos habla Cristo. Da un cierto vértigo pensar en la forma de nuestro futuro cuerpo glorioso. Y, sin embargo, va a ser real. Jesús, en su conversación con un grupo de saduceos, quienes le planteaban la trampa de la viuda, sucesivamente casada con varios hermanos, habló de que “seremos como ángeles”. No, ángeles. Y esa es una alusión muy directa a la glorificación de nuestra humanidad.

2.- Hemos repetido varias veces que algo que nos produce estupor es que las iglesias llamadas protestantes -su gran mayoría- han prescindido de dos ayudas fundamentales para la vida del cristiano: la Eucaristía y el culto a la Virgen. Los católicos encontramos en esos dos caminos una fuerza enorme para continuar todos los días la senda de seguimiento de Cristo. No establecemos comparación –ni competición– entre ambas. En la Eucaristía está Jesús y es, fehacientemente, alimento espiritual. La devoción a María es para la mayoría un camino amable –y entrañable– de devoción popular. Muchos los han experimentado como un remedio “in extremis” para sus dolencias espirituales. Ocurre, entonces, que sin contar con la ayuda de la Eucaristía tiene que ser más difícil y más lejana la vivencia de la amistad, de la proximidad de Cristo. Y algo parecido puede decirse de la ausencia de la devoción mariana, aunque como decíamos sin comparaciones entre ambos caminos.

3.- En las lecturas de la Misa del 15 de Agosto tenemos el relato impresionante del libro del Apocalipsis. Aparece en el cielo una imagen portentosa, el de una mujer encinta. Y el dragón está presto a devorar al niño que va a nacer. Los tratadistas ven en esa mujer a la Iglesia y, sin embargo, nada puede estar mejor dibujado en la alegoría de San Juan como la irrupción de María en la acción salvadora de Cristo. Y el relato del Apocalipsis enlaza directamente con la Epístola de Pablo. Se refiere a la victoria final, a la derrota de la muerte y al establecimiento del reino del futuro.

San Lucas nos va a traer el episodio de la visitación de María a su prima Isabel que termina con el rezo ilusionado del Magnificat, una de las páginas más bellas de los Evangelios. El Himno del Magnificat está presente en la Liturgia de las Horas, en el rezo de las Vísperas y tiene especiales resonancias para muchos. Es la contribución diaria a ese culto hermoso y sereno a la Madre de Dios.

Ángel Gómez Escorial