Asunción o dormición

1.- Cuentan viejas historias, mis queridos jóvenes lectores, que Santa María, la buena madre del Salvador, llegó a la ancianidad. Había sido acogida por Juan, el discípulo joven y predilecto, que, sin perder la juventud espiritual, se había hecho hombre maduro. Son diversas las historias que se cuentan de aquella etapa. Unos lo sitúan en las cercanías de Esmirna, o Éfeso, donde se conserva un santuario al que llaman la cocina de la Virgen. Otra historia explica que estaba en Jerusalén y, ante el agravamiento de su salud, los ángeles corrieron, (los ángeles ya sabéis no corren, tampoco vuelan, es un decir), visitando a cada uno de los discípulos del Señor y diciéndoles que acompañaran a la Madre del Maestro en su tránsito definitivo. Se reunieron a su alrededor. El icono de la dormición es un prodigio de ternura. Estaban, según cuentan, en la misma habitación alta donde se reunieron aquella última Pascua, donde estaban también, cuando el Espíritu Santo descendió como una tormenta sobre la pequeña comunidad de discípulos. Seguramente esta última historia es del todo correcta. En Jerusalén se ha edificado una Basílica en lugar muy próximo al acontecimiento. Es un precioso homenaje a Nuestra Señora.

2.- Los discípulos tomaron el cuerpo de la Santa Madre y lo bajaron a enterrar a Getsemaní, aquel lugar tan querido de Jesús, que se cree era propiedad de una amiga de Ella. Otro Santo Entierro. Con seguridad se acordarían del primero. Y pasó un tiempo y, al ir un día a visitar la tumba, la encontraron, como la otra, vacía. No cuentan las crónicas que se le apareciera a ninguna magdalena. Continúa, según dicen, apareciéndose. Y Lourdes y Fátima, La Salette y Guadalupe, Medjugorje y Betania de Venezuela, y otras muchas, son pruebas de ello. Santa María no abandona a nadie, parece repetirnos estos lugares. Desde entonces, a orillas del torrente Cedrón, permanece muda la losa donde un tiempo reposó aquel cuerpo inmaculado. Arqueológicamente, es auténtica.

Seguramente os ha chocado la descripción que se narraba en la primera lectura. Me refiero al texto enigmático del Apocalipsis. Se escribió este libro en tiempos de persecución y, ya sabéis que en estas circunstancias, se utiliza un lenguaje cifrado. Sea lo que fuere, nosotros aplicamos el párrafo a Santa María. Aunque esto que os voy a decir, muy pocos de vosotros, mis queridos jóvenes lectores, podáis realizarlo, os recomiendo que, si os desplazáis por la vieja Europa y os acercáis a los Alpes, no dejéis de visitar la iglesita, frente al Mont Blanc y Chamonix, del Plateau d’Assy. Allí veréis un precioso tapiz de Lurçat, que ilustra esta primera lectura. De todos modos, aunque no podáis ir, podéis sin duda ver una buena reproducción por Internet, acudiendo a la web de la población francesa. La lectura y la ilustración os ayudarán a comprender la importancia de la Señora. Y es que María en su maravillosa sencillez, encierra el gran misterio de su fidelidad, que dio paso a la aceptación de la maternidad, a la protección del mismo Hijo de Dios y a la aceptación de su maternidad en favor nuestro. El recinto del que os acabo de hablar se llama “Nuestra Señora de todas las gracias” y allí, rodeado de muchas obras de arte, os resultará fácil recordar que al ser llevada al Cielo, María se convierte en madre generosa de toda la humanidad.

3.- Nos toca hoy unirnos espiritualmente a los apóstoles, acompañarles en su piadosa procesión y descubrir en nuestro interior, que está muy próxima y pedirle entonces que interceda por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. Y repetir esta súplica millones de veces en la vida. La lectura evangélica nos lleva a otra reflexión. ¿Como sería la convivencia con Isabel aquellos tres meses? Porque Maria era santísima, pero era una joven, matrimoniada, todavía sin boda, y lo más normal, a los ojos de los vecinos, es que estuviera embarazada. Ahora bien, a los ojos del vulgo, lo extraordinario era que una mujer de avanzada edad, esperara un hijo. E Isabel no era tan santa y el marido, Zacarías, un mudo histérico, no sería demasiado fácil de tratar. La convivencia, en algunos momentos, no sería fácil. Se lo confirmaría más tarde el viejo Simeón. Ahora lo iba adivinando: aquel hijo que esperaba, no le proporcionaría una vida cómoda. El chiquillo adoptivo, que somos cada uno de nosotros, tampoco se lo facilitamos. Pero ella aceptó, generosa, ser intercesora nuestra ante su Hijo.

Cerca del núcleo urbano de Ein-Karen, donde se recuerda la visitación que narra el evangelio de hoy, está la tumba de Isabel. Al visitarla, o al recordarla, no dejéis de admirar a esta pareja de viejecitos, relacionados, por familia y por los designios de Dios, a la salvación de la gran familia humana.

Pedrojosé Ynaraja