Comentario – Domingo XX de Tiempo Ordinario

(Jn 6, 51-59)

Esta parte del discurso del pan de vida habla de comer y beber a Jesús; y el pan es reemplazado por la carne. Por lo tanto ya no se refiere a la Palabra que es recibida con la fe, sino a algo más, a un verdadero «comer» a Jesús. Es lo que sucede en la Eucaristía, donde Jesús se ofrece para ser comido.

Los judíos se daban cuenta que ya no se refería al pan de la Palabra, que verdaderamente se trataba de «comerlo»; y por eso se impresionaban al escucharlo (6, 60). La expresión «comer la carne» se usaba para hablar de violencia y destrucción (Sal 27, 2; Job 19, 22). Además, beber sangre estaba terminantemente prohibido por las leyes judías.

Ellos no advertían que no se trataba de una comida cruenta, de un canibalismo, sino que Jesús había inventado una forma maravillosa de comerlo, de recibirlo también con nuestra boca.

A través de ese gesto sensible de comer, el Cristo entero entra en nuestra vida, porque en realidad «carne y sangre» indican al hombre entero. Los evangelios sinópticos, al narrar la institución de la Eucaristía, usan la palabra «cuerpo» (Mt 26, 26-28), que siempre designa al hombre entero que se abre a la comunicación y a la comunión. Entonces la Eucaristía no es sólo el cuerpo resucitado de Cristo, sino todo su ser: su mente, sus afectos, su divinidad. Al recibirlo entra en nosotros el Cristo entero y se realiza la unión más íntima que podamos esperar en esta vida.

Pero esto supone que se lo coma con fe, que se lo reciba con un corazón bien dispuesto, que uno tenga la convicción de que realmente está recibiendo a su Redentor y Señor que se entrega como alimento espiritual.

La sangre, que en la Eucaristía se consagra por separado, nos recuerda cuánto le costó a Jesús nuestra redención cuando llegó hasta el derramamiento de sangre por nosotros (Heb 2, 14; 9, 22).

Oración:

«Señor, toca mis ojos con la luz de tu Espíritu para que pueda reconocer tu presencia en la Eucaristía, para que cada vez que te coma me deje poseer por tu vida, por tu plenitud, por tu amor inmenso, por todo tu ser resucitado”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día