Lectio Divina – Lunes XX de Tiempo Ordinario

1.- Oración Introductoria.

Señor, muchas veces he pensado en este joven, buen cumplidor de la ley, a quien Jesús mira con afecto. ¡Qué oportunidad le ofrece Jesús! Seguirle a Él…, disfrutar de su compañía…, compartir su mundo, su riqueza interior, ser plenamente feliz…, y, por ser miope, de mirada corta, de vuelo horizontal,   se quedó solo  con su riqueza humana, es decir, con su pobreza existencial, su limitación, su fragilidad, su finitud.  Señor, yo quiero estar siempre contigo: con  un horizonte abierto al infinito, con una felicidad completa, esa  que sólo Tú me puedes dar.

2.- Lectura reposada del evangelio: Mateo 19, 16-22

En aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó: Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna? Jesús le contestó: ¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Él le preguntó: ¿Cuáles? Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama al prójimo como a ti mismo». El muchacho le dijo: Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta? Jesús le contestó: Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo. Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico.

3.- Que dice el texto

Meditación-reflexión

Este joven rico era un buen judío. Era cumplidor de la Ley y nadie le echaba en cara que su fortuna la hubiera adquirido con medios ilícitos. Y, como buen judío, buscaba la “vida eterna” es decir, ser feliz después de la muerte. Jesús no le recrimina nada de lo que ha hecho, incluso le mira con cariño (Mc. 10,21), Jesús ha visto en él “buen fundamento” para levantar un bonito edificio espiritual. Por eso le dice: “Si quieres llegar hasta el final”, es decir, si no quieres quedarte a mitad del camino, si no quieres ser una medianía, una vulgaridad, un judío más del montón, te hago una oferta; “Deja lo que tienes y vente conmigo”.  Aquel joven vio con claridad lo que Jesús le ofrecía: su persona, su riqueza interior, el gozo de caminar a su lado…Todo lo vio, pero “como era rico” prefirió seguir son su riqueza. Y aquí está el peligro de la riqueza. No es en sí mala, incluso se puede hacer buen uso de ella, pero de tal modo avasalla el corazón de la persona que “no le deja libertad para decidirse por Jesús”.  Y el texto termina diciendo: “se fue triste”. Y uno se pregunta: ¿Por qué tienes que quedarse triste si Jesús no te ha quitado nada? Jesús te ha respetado y has hecho lo que tú has querido. Aquel joven se quedó triste porque “se quedó con su riqueza, pero se quedó sin Jesús”. De una manera sencilla, insinuante, Jesús nos está diciendo que la riqueza es fuente de tristeza y que Jesús es la alegría y la fiesta de la vida. Un judío (y también muchos cristianos) se preguntan por la vida futura, por su salvación eterna. El que de verdad sigue a Jesús experimenta que esa vida futura, “ya está presente aquí en esta vida, siguiendo a Jesús”. El cielo, el reino de Dios “ya está dentro de nosotros”. Ya hoy, aquí y ahora podemos ser felices con Jesús. Y sólo desde esta experiencia puedo esperar con seguridad la vida eterna.

Palabra del Papa

“El joven rico del Evangelio, después de que Jesús le propuso dejar todo y seguirle – como sabemos – se fue de allí triste, porque estaba demasiado apegado a sus bienes. ¡Yo en cambio leo en vosotros la alegría! Y también este es un signo de que sois cristianos: que para vosotros Jesucristo vale mucho, aunque sea comprometido seguirle, vale más que cualquier cosa. Habéis creído que Dios es la perla preciosa que da valor a todo lo demás: en la familia, en el estudio, en el trabajo, en el amor humano… en la vida misma. Habéis comprendido que Dios no os quita nada, sino que os da el ciento por uno y hace eterna vuestra vida, porque Dios es Amor infinito: el único que sacia nuestro corazón”. Benedicto XVI, 5 de julio de 2010

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.-Propósito.  Hoy me hago esta pregunta: ¿Realmente me hace feliz Jesús a mí, o pongo mi felicidad en otras cosas?

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, a veces tengo la tentación de buscar la felicidad fuera de ti, haciendo mis gustos, mis caprichos, mi “santa” voluntad. Pero soy sincero cuando te digo que, fuera de ti, nunca he sido feliz. Siempre me ha quedado un vacío dentro de mí que nadie, excepto Tú, has sabido llenar. Por eso, quiero agradecerte, de todo corazón, esta experiencia maravillosa de no poder disfrutar de nada de este mundo estando Tú ausente. Es una gran gracia que yo te agradezco.

¿También vosotros queréis marcharos?

Vivimos en una sociedad en la que hay muchas personas de vuelta de todo, quizás demasiadas. También de vueltas de la fe. La experiencia de Dios la ven como pasada de moda. Ni siquiera les merece la pena el llegar a cuestionarse la misma existencia de Dios. Vivimos en una sociedad  saciada y muchas veces sumida en la desidia. Hay quienes tienen hambre de tantas cosas, que quizás no tienen tiempo de ocuparse de Dios. Otros están tan hartos, que tampoco  tienen hambre de Dios. Sin embargo, Jesús sigue ofreciéndose como pan de vida, como el verdadero alimento que puede saciar y llenar se sentido la vida de los hombres y mujeres de este mundo.

La Iglesia del siglo XXI sigue ofreciendo a Jesús, pan de vida. Es su misión. Pero incluso muchos que habían sido seguidores de Jesús, ya no quieren cuentas con El. ¿Se habrán escandalizado como aquellos de los que hoy nos habla el Evangelio? Tal vez se hayan visto encandilados por otras realidades que les hayan apartado del camino de la fe. Les puede haber robado el corazón el afán de poder, de tener, de placer, de consumir… Todo lo que los mercados de este mundo ofrecen a cambio de la obtención inmediata de felicidad.

En una Iglesia Comunidad Cristiana, en la que cada vez somos menos, al menos en la vieja Europa, sigue vigente su pregunta: ¿También vosotros queréis marcharos? 

Hay diferentes formas de marcharnos. La más radical es la de olvidarnos de todo lo que hace referencia a Jesús y al Evangelio. También hay formas más refinadas, como relegar la experiencia de Dios a lo más íntimo del corazón, pero sin que se nos note y sin influir absolutamente nada en la vida de cada día. Para otros la fe es una realidad que transformada, o mejor deformada, en simple religiosidad la sacan a pasear en ocasiones como eventos religiosos y situaciones de dificultad como el miedo ante la enfermedad o la muerte.

Es una forma cómoda de vivir lo religioso, que no nos impide contemporizar con una sociedad que se aparta frecuentemente de los valores del Evangelio, pero que no tiene nada que ver con Jesucristo.

La fe que se nos propone en el Evangelio, que tiene que pasar por una elección libre, tras sentir la llamada del Señor, nos tiene que resultar tan necesaria e imprescindible como el alimento de cada día.  La fe no es una realidad que se incorpora como un añadido a nuestra vida, sino una forma diferente de ser y de vivir, que llena de gozo, alegría y esperanza al creyente. Es abrirse a una visión nueva y positiva del mundo en el que nos ha tocado vivir.

Jesús es el verdadero pan del cielo. Pero es un pan que tenemos que digerirlo, haciendo nuestra su causa y la del Evangelio. Por eso nosotros tenemos que hacer nuestra la respuesta de Pedro: “Señor, a quién iremos. Solamente tú tienes palabras de vida eterna”.

La fe cristiana no se impone. La fe se propone. La libertad es fundamental en el seguimiento de Jesús, nuestro único Maestro. Los cristianos somos la Comunidad que come y bebe con Jesús en la mesa de la Eucaristía. Una realidad sacramental que no mira exclusivamente a lo que sucedió en la última Cena y en la Cruz, como nostálgicos del pasado, sino que nos proyecta hacia la otra orilla de esa Vida Eterna, plenitud del Reino, que nos promete el mismo Jesús.

Hacer nuestra la causa del Evangelio pasa por establecer unas relaciones nuevas en todos los ámbitos de nuestra vida. En las relaciones interpersonales, en el mundo del trabajo, en el modo de entender el amor y la familia. El modelo lo tenemos en el Jesús que nos ama y que ama a la Iglesia y al mundo hasta dar la vida. Él nos impulsa a luchar por un mundo más humano y haciéndolo más humano lo hacemos más de Dios.

El pan de la Eucaristía nos da fuerzas y nos reconforta en el camino de la vida. No podemos prescindir de Jesús, de experimentar cada día su cercanía y amor. Sabemos que en el empeño nunca estamos solos. Él cumple su promesa y nos acompaña hasta la meta final.

Fr. Francisco José Collantes Iglesias O.P.

Comentario – Lunes XX de Tiempo Ordinario

(Mt 19, 16-22)

Llega ante Jesús un hombre con actitud de discípulo, dispuesto a recibir la enseñanza, porque trata a Jesús de “maestro”, y le plantea la inquietud que lo atormenta: “¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”

La pregunta del hombre es en realidad una consulta tradicional que se dirigía a los maestros, y expresaba el deseo sincero de saber cuál es la mejor manera para crecer en el camino de Dios.

La respuesta de Jesús apunta a los deberes de amor para con el prójimo, que ya se conocían en el Antiguo Testamento. Es más, en el postexilio se habían acentuado las exigencias fraternas y se había acuñado la ley de oro: “No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan” (Tobías 4, 15).

Sin embargo, el hombre quiere algo más, quiere un nuevo desafío para continuar avanzando en el camino de la ley de Dios y adquirir así una importante herencia de Dios. Pero como el joven quiere “hacer” más para alcanzar algo superior, Jesús accede a su pedido y le pide exactamente lo que él no es capaz de hacer: repartir todo lo que tiene entre los pobres. Al pedirle lo que no estaba dispuesto a dar Jesús desnuda el corazón del hombre mostrándole que sus intenciones de entrega total no son auténticas, y lo coloca en su justo y verdadero lugar.

Por otra parte, Jesús no acepta repetir la expresión del hombre: “alcanzar la vida eterna”; simplemente le habla de un tesoro en el cielo para los que den ese paso, “si quieren alcanzar una perfección mayor”.

Nadie está obligado a dar ese paso despojándose de sus bienes; es sólo una propuesta para los que quieran una ayuda que facilita el crecimiento en el camino espiritual. Tampoco se trata de una propuesta para unos pocos elegidos, para una élite de “consagrados”. La propuesta es para todos, porque Jesús apunta alto. No olvidemos que de hecho nos pide a todos algo que también parece imposible: que seamos perfectos “como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48), aunque el camino sea largo.

Oración:

“Señor, tu sabes que mi corazón se apega y se aferra a cosas y personas como si fueran su Dios y salvador. Dame tu gracia para despojarme ante ti, para tener un corazón disponible para tu Reino”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Homilía – Domingo XXI de Tiempo Ordinario

1

Optar entre Dios y los dioses

Hoy terminamos de leer la selección de la carta a los Efesios con una página famosa: la que habla de las relaciones entre marido y mujer, situándolas en la esfera del amor de Cristo que se entregó hasta el final por su esposa la Iglesia.

Terminamos también la lectura del capítulo 6 de san Juan, que hemos ido escuchando durante cinco domingos, haciendo un paréntesis en el evangelista del año, Marcos. Lo terminamos con las reacciones de los presentes ante las palabras de Jesús y una interpelación también para nosotros: ¿aceptamos o no este “discurso duro” de Jesús? Es también la disyuntiva que ponía Josué a los suyos al entrar en la tierra prometida: ¿prefieren servir a Yahvé o a los dioses falsos?

Josué 24, 1-2a.15-17.18b. Nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!

Josué, el sucesor de Moisés, el que finalmente introdujo al pueblo de Israel a la “tierra prometida”, convoca en asamblea solemne a todos, para renovar la Alianza del Sinaí y les plantea una clara disyuntiva: ¿a quién quieren servir, al Dios que les ha liberado de Egipto o a los dioses que van encontrando en los pueblos vecinos? Porque siguen teniendo la tentación de la idolatría.

La respuesta del pueblo es muy decidida: “¡lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros!”. Ese Dios es quien les ha sacado de Egipto y les ha ayudado en el camino con toda clase de prodigios. Un poco espontánea y optimista parece la respuesta, mirándola desde la historia posterior de este pueblo, siempre a caballo entre la tentación de la idolatría y la fidelidad a la Alianza de Yahvé.

El salmo plantea también la oposición entre los justos y los malvados: “que los humildes lo escuchen y se alegren… Los ojos del Señor miran a los justos, pero el Señor se enfrenta con los malhechores”.

 

Efesios 5, 21-32. Es este un gran misterio y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia

Leemos por última vez la carta de Pablo a los de Éfeso, siguiendo con las consecuencias que tiene la fe en Cristo para la vida de la comunidad, esta vez más específicamente para la familiar. Este era un pasaje que antes se solía elegir bastante para las bodas, pero ahora no tanto, porque refleja una situación social muy poco actual en la vida matrimonial.

Pablo invita a las mujeres a que “se sometan a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer”, comparándolas a “la Iglesia que se somete a Cristo”. Invita en seguida a los maridos a “amar a sus mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”. Amar a la propia mujer es “amarse a sí mismo”, y “nadie jamás ha odiado su propia carne”.

Cita la motivación del Génesis: “serán los dos una sola carne”, pero además añade la más específicamente cristiana: “es un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”.

 

Juan 6, 60-69. ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna

Al final de este capítulo que hemos ido leyendo de Juan escuchamos hoy las reacciones que produjo en los oyentes el discurso de Jesús sobre el Pan de la Vida, y que hacían “vacilar” a algunos, que le empezaron a “criticar”.

Ante todo, les reenvía, para que puedan entender el sentido estas palabras, a cuando vean que “él sube a donde estaba antes” (la objeción era sobre lo que decía que había “bajado” del cielo) y también a la acción del Espíritu, que es quien da vida (la objeción segunda era sobre cómo era posible “comer la carne” del Hijo del hombre).

Al ver que se van marchando algunos discípulos, Jesús plantea la pregunta: “¿también vosotros queréis marcharos?”. Es muy hermosa la respuesta de Pedro, decidido como siempre: “¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

 

2

Hay que hacer la opción

La disyuntiva que propuso Josué a los israelitas y la que Jesús ofrece a los suyos sigue válida también para nosotros. En nuestra vida tenemos que optar: entre Dios y los dioses, entre el bien y el mal, entre el camino que nos parece estrecho pero que lleva a la vida y el que es ancho pero que no lleva a ninguna parte.

El pueblo de Israel, inmediatamente después de salir de Egipto, guiado por Moisés, había sellado con Yahvé una Alianza. El primer mandamiento de esta Alianza es el que sigue siendo primero también ahora: “no tendrás otros dioses más que a mí”. Ahora, al entrar ya en la Tierra Prometida, se trata de ratificar esa Alianza, un tanto olvidada ya, y es lo que Josué les propone: ¿servirán a ese Dios que les ha salvado o prefieren servir a otros dioses que parecen más permisivos? Lo que exige la Alianza de Yahvé es mucho más duro que la floja moral de los dioses de los pueblos vecinos. La opción es libre, pero luego tendrán que ser consecuentes con la que hagan. El pueblo elige ser fiel a Yahvé y a la Alianza con él. Aunque luego, en su historia, falten muchas veces a lo prometido.

Jesús ve que algunos se van marchando, asustados por sus palabras -el “poco éxito” de Jesús debe “consolarnos” ante lo que nos pueda parecer también ahora un fracaso apostólico nuestro o de la Iglesia-, y hace también una pregunta directa a sus apóstoles: “¿también vosotros queréis marcharos?”. Pedro, que no entiende mucho de lo que ha dicho Jesús -como tampoco debían entender los demás- pero que tiene una fe y un amor enormes hacia él, contesta decidido: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. Han hecho la opción por él.

También nosotros hemos de tomar postura. Desde la libertad, pero con coherencia. Es la opción que presenta tantas veces Pablo cuando habla de vivir conforme al Espíritu o conforme a la carne, de acuerdo con el “hombre viejo” o con “el hombre nuevo”, con “el primer Adán” o con “el segundo Adán”, Cristo.

La opción ya la hemos hecho, algunos hacia la vida ministerial o religiosa, otros a la vida matrimonial, todos a una vida cristiana consecuente. El sacramento del Bautismo fue un momento inicial, en el que fueron probablemente nuestros padres y padrinos los que profesaron su fe en Dios y su renuncia al mal, para comprometerse a ayudarnos a crecer en la vida de Dios que entonces recibíamos.

Luego hemos ido renovando personalmente esa fe y esa renuncia, cada año en la Vigilia Pascual, aunque no en asambleas tan solemnes como la de Siquén. Pero también conocemos las tentaciones que nos presentan las idolatrías de todo género.

Aunque no nos suelen gustar las preguntas comprometedoras, ni las disyuntivas, la Palabra de hoy nos invita a decidirnos: “elegid hoy a quién queréis servir”. No podemos servir a dos señores. A la fidelidad y amor que Dios nos ha mostrado siempre, debe responder nuestra fidelidad y nuestro amor. Creer compromete. La fe no es un tranquilizante. Nos obliga a decidirnos y a aceptar el estilo de vida que quiere Jesús. No vale lo de encender una vela a Dios y otra al diablo. No valen las medias tintas. La fe en Cristo Jesús supone aceptarle a él y su estilo de vida, sin rebajas.

 

Es duro este modo de hablar

Lo que proponía Josué a los israelitas no era fácil, aunque contestaran con entusiasmo. Lo que pedía Jesús a los suyos no era fácil, porque suponía un cambio de mentalidad y de vida.

No sabemos qué es lo que más asustó y escandalizó a los oyentes de Jesús para decir que “este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”. Por una parte había dicho que había que creer en él para poder tener vida eterna. Se ponía, por tanto, en el lugar de Dios. Pero igualmente increíble era lo que decía de “comer su carne” y “beber su sangre”.

Aunque Jesús intentó darles una clave para entender las dos cosas, no debieron entender mucho. Por una parte, respondiendo a la primera objeción (cristológica: ¿cómo puede este decir que ha “bajado” del cielo?) les dice que lo entenderán mejor cuando le vean “subir” a donde estaba antes. Podríamos decir, que les emplaza para la “Ascensión”, o sea, hasta el misterio pascual cumplido. Por otra, responde también a la segunda objeción (esta vez eucarística: ¿cómo puede este darnos a comer su carne?), apuntando al Espíritu Santo, que es quien da vida, y que será quien le resucite a él, a Jesús, de entre los muertos y entonces hará posible la donación de su carne, real pero resucitada, y a nosotros nos dará la fe para aceptarla con fruto.

Jesús no rebaja su oferta y les deja ante la disyuntiva: ¿también vosotros queréis marcharos?

Sigue siendo “duro” lo que nos pide Jesús. No tanto el entender o no el misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía -recibir a Cristo en la comunión puede representar, incluso, un momento serenante y tranquilizador en nuestra vida-, sino el estilo de vida que eso comporta. ¿Quién no encuentra duro lo de la otra mejilla y lo del perdón de las ofensas y lo de cargar con la cruz y lo del matrimonio como indisoluble, ya que Pablo habla hoy de ese tema, y que Jesús también había presentado?

Los valores del evangelio no son precisamente los que más aplaude el mundo de hoy ni los más fáciles de asumir.

La sociedad nos ofrece otros valores mucho más “apetitosos” a simple vista y a corto plazo. Confrontando esta mentalidad con la Palabra que escuchamos continuamente, nos damos cuenta de que Dios no piensa como nosotros, o nosotros como él.

No nos debería extrañar que, si Cristo no convenció a muchos, tampoco ahora la Iglesia tenga mucho éxito en su evangelización. La doctrina del evangelio sigue “asustando” a muchos y no tenemos que extrañarnos, aunque nos duela, que la comunidad vaya “perdiendo unidades”.

Pero a la vez podemos alegrarnos de que, así como entonces Pedro y los suyos se mantuvieron fieles a Jesús, millones y millones de personas, a lo largo de los siglos, y también ahora, siguen creyendo en él y le siguen, a veces con verdadero sacrificio.

 

Sed sumisos unos a otros

Para Pablo, creer en Cristo y estar bautizados en él nos pide una serie de nuevas relaciones entre unos y otros. Lo va refiriendo a los diversos aspectos de la vida personal y comunitaria.

Hoy establece el principio fundamental para los cristianos: “sed sumisos unos a otros con respeto cristiano”. Lo aplica a veces a las relaciones comunitarias, otras al comportamiento entre amos y esclavos, o entre hijos y padres.

Esta vez lo aplica a las relaciones entre mujer y marido. Es verdad que refleja una situación de la mujer que está muy lejos de como ha evolucionado en nuestro tiempo, en que se subraya mucho más la igualdad de derechos y deberes entre marido y mujer. En el nuevo Ritual del Matrimonio en castellano, en el rito de las “arras”, hay un cambio significativo. Antes era el novio quien entregaba a la novia las monedas. Ahora son los dos los que se hacen mutuamente esta entrega: lo que era “mío” y “tuyo”, ahora es “de los dos”.

Pero los principios teológicos que aduce Pablo siguen siendo válidos.

Aunque habla de esa sumisión de la mujer al marido, en seguida habla también de los deberes del marido, que debe amar a su mujer y entregarse por ella.

En ambas direcciones, se basa primero en la voluntad originaria de Dios en el Génesis: “abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. Por eso, “que cada uno ame a su mujer como a sí mismo”, como a su propia carne. En seguida añade el ejemplo de Cristo y la Iglesia. La mujer, para con su marido, debe personificar a la Iglesia en su relación de amor y sumisión a Cristo. El marido, para con su mujer, debe personificar a Cristo mismo en su relación de amor y respeto a la Iglesia.

En todo ello, ciertamente no pretende Pablo cambiar la situación social de su tiempo en cuanto a la vida familiar y matrimonial, ni canonizar una situación de sumisión de la mujer con relación al hombre. Lo que hace es sacar las consecuencias de la fe cristiana también sobre la vida matrimonial. Debe prevalecer en ambos el respeto y la sumisión mutuas: “sed sumisos unos a otros con respeto cristiano”, espejándonos en Cristo, que amó y se entregó a sí mismo por la Iglesia. Es como cuando en la vida religiosa se habla de la obediencia que un religioso debe al superior, cosa que hay que verla en conexión con el deber que tiene el superior de entender su autoridad como servicio.

La conclusión solemne de Pablo es que la relación del marido y la mujer es como un “sacramento”, un signo eficaz del amor que se tienen Cristo y su Iglesia: “es este un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”. El amor de Cristo a su Iglesia no es precisamente romántico: lo demostró en su entrega en la cruz y es permanente, indisoluble.

En nuestras relaciones comunitarias -familiar o de comunidad religiosa o parroquial- deberíamos aceptar este criterio profundo: ver a Cristo en los demás, imitar a Cristo en su entrega. Esto vale para todas las culturas y para todas las situaciones.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Jn 6, 60-69 (Evangelio Domingo XXI de Tiempo Ordinario)

Eucaristía y vida

El evangelio del día es la última parte del capítulo sobre el pan de vida y la eucaristía. Como momento culminante, y ante las afirmaciones tan rotundas de la teología joánica sobre Jesús y la eucaristía, la polémica está servida ante los oyentes que no aceptan que Jesús pueda dar la vida eterna. Se habla, incluso, de discípulos que, escandalizados, abandonan a Jesús. Deberíamos entender, a su vez, que abandonan la comunidad que defendía esa forma de comunicación tan íntima de la vida del Señor resucitado. Pero la eucaristía es solamente un anticipo, no es toda la realidad de lo que nos espera en la comunión con la vida de Cristo. Por ello se recurre al símil del Hijo del hombre que ha de ser glorificado, como nosotros hemos de ser resucitados.

Ahora, el autor o los autores, se permite una contradicción con las afirmaciones anteriores de la “carne”: “el Espíritu es el que da vida, la carne no sirve para nada”. Nunca se han podido explicar bien estas palabras en todo el contexto del discurso de pan de vida, donde la identidad “carne” es el equivalente a la vida concreta que vivimos en este mundo. Es la historia del Hijo del hombre, de Jesús, en este mundo. ¿Por qué ahora se descarta en el texto? Porque en este final del discurso se carga el horizonte de acentos escatológicos, de aquello que apunta a la vida después de la muerte, a la resurrección y la vida eterna. Y la vida eterna, la de la resurrección, no es como vivir en este mundo y en esta historia. Tiene que ser algo nuevo y “recreado”. Es una afirmación muy en la línea de 1Cor 15,50: “la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de los cielos”.

Este es uno de los grandes valores de la eucaristía cristiana y en este caso de la teología joánica. La Eucaristía no se celebra desde la memoria del pasado solamente: la muerte de Jesús en la cruz. Es también un sacramento escatológico que adelanta la vida que no espera tras la muerte. Esto es lo admirable de la eucaristía. Jesús, pues, les pide a sus discípulos, a los que le quedan, si están dispuestos a llegar hasta el final, a estar con El siempre, más allá de esta vida. E incluso les da la oportunidad de poderse marchar libremente. Las palabras de Pedro, que son una confesión de fe en toda regla, descubren la verdadera respuesta cristiana: ¿A dónde iremos? ¡Tú tienes palabras de vida eterna! Todo esto acontece en la eucaristía cuando se celebra como mímesis real y verdadera de lo que Jesús quiere entregar a los suyos, por ello es un pacto de vida eterna.

Ef 5, 21-32 (2ª lectura Domingo XXI de Tiempo Ordinario)

La familia cristiana vive en el amor de entrega

La segunda lectura es uno de los textos más expresivos y polémicos del NT, ya que el simbolismo de la cabeza y el cuerpo (Cristo y la Iglesia), aplicado a las relaciones hombre y mujer en el matrimonio, ha dado mucho que hablar en estos tiempos de reivindicaciones de los derechos de la mujer. Pero este texto no está escrito en esos términos polémico-reivindicativos. Se trata de hacer una lectura de la familia (técnicamente se le conoce como «código familiar») aplicando los principios de la eclesiología: la Iglesia no es nada sin su Señor, que ha dado su vida por ella. Eso no es lo mismo en el matrimonio, donde hombre y mujer están en el mismo plano de igualdad, pero donde cada uno desempeña su papel y su misión. La sumisión es de uno a otro si se entiende positivamente, ya que en el matrimonio no hay sumisión, sino entrega mutua.

Pues a pesar de todo, como el prototipo de esta forma de hablar es el romance de Cristo con su Iglesia, el matrimonio debe entenderse así en su realidad radical; es un romance de amor, de entrega, de generosidad, de dar la vida el uno por el otro, como Cristo y la Iglesia. Este romance de amor tiene todo su sentido si el amor de los esposos toma como prototipo el de Cristo a su Iglesia. Quiere eso decir que el amor del que aquí se habla no es el erótico, ni el de pura amistad, ni siquiera el amor “familiar” que es un amor específico. Los cristianos viven, pueden vivir todos esos amores, sin duda, y los necesitan. Pero el que da sentido al matrimonio “cristiano” es el amor de entrega absoluta a ejemplo de cómo Cristo se ha entregado por la Iglesia.

Jos 24, 1-2a. 15-17. 18b (1ª Lectura Domingo XXI de Tiempo Ordinario)

Israel en las manos de Dios

La primera lectura nos habla del famoso pacto de Siquén en el que el sucesor de Moisés al frente del pueblo liberado de la esclavitud de Egipto, y ya introducido y poseedor de la tierra prometida, convoca a todas las tribus para hacer un pacto, una alianza con Yahvé. ¿Por qué? Cuando los israelitas llegaron a Canaá se encuentran con que sus habitantes tienen sus dioses, sus santuarios, lo cual ha de influir bastante en los advenedizos; no se cambia de la noche a la mañana una cultura religiosa acendrada en la situación social y antropológica de ese pequeño territorio. Este pacto, desde luego, es presentado en la Biblia como el prototipo de la unidad de tribus, cada una de las cuales tenía sus intereses sociales y políticos; e incluso, lo más probable, es que no todas las tribus hubieran tenido la experiencia de la esclavitud de Egipto y del paso por el desierto.

Habría que considerar en el marco de la lectura de este texto de Josué una serie de propuestas sobre el origen de “Israel” en la tierra prometida, que hoy se proponen desde la arqueología y desde un planteamiento de sociología religiosa. Se ha llegado a hablar que el origen de Israel en Palestina es el fruto de una “revuelta campesina” (cito los autores más famosos: G. Mendenhall y N. K. Gottwald) que se ha trasmitido a la posteridad bajo un pacto religioso de las tribus para dar coherencia y unidad. No quiere decir que las tesis tradicionales de la Biblia: un grupo de esclavos que sale de Egipto bajo el liderazgo de Moisés se deba descartar. Pero la forma en que la Biblia narra las cosas no han de ser aceptadas sin tener en cuenta los datos de la arqueología, la antropología y la sociología religiosa. La Biblia ha escrito su “historia” desde arriba, desde el proyecto de Dios, eso es lo importante. Pero eso no significa que “Israel” sea un puro proyecto divino en sus pormenores.

El autor de este relato quiere decir que la unidad de las tribus había que conseguirla con un pacto religioso con el que se comprometían en servir a Yahvé y abandonar a los dioses cananeos. Es lo que algunos han llamado la “anfictionía” a imagen de lo que se conoce de Grecia e Italia, en torno a un santuario común. No está claro este asunto y hoy es históricamente menos interesante. Lo que importa para el autor deuteronomista, es el reto constante de la religión de Israel, nunca conseguido, como combaten frecuentemente los profetas y los encargados de la ortodoxia religiosa de Israel y Judá. El texto de hoy es propio de una escuela teológico-catequética, llamada deuteronomista (porque se inspira en el libro de Deuteronomio), idealizando los orígenes y las fidelidades del pueblo a su Dios. Es una propuesta, además, de futuro: sólo Dios puede salvar a su pueblo en todas las situaciones. ¿Es eso así? Para un pueblo que ha construido su vida en torno a Yahvé como identidad no es y no debe ser nada extraño. Desde el punto de vista teológico y espiritual tener confianza (emunah) en Dios es decisivo.

Comentario al evangelio – Lunes XX de Tiempo Ordinario

La primera lectura nos presenta la experiencia de fe de una forma dramática: supone la opción entre la fidelidad o el rechazo de Dios. En una interpretación superficial podríamos pensar que Dios es responsable de las cosas que van mal en nuestra vida, como castigo al hecho de haber sido infieles a sus mandamientos. Aunque la primera lectura da la impresión de que afirma que Dios castiga a los que caen en la idolatría, sería un error juzgar a Dios con nuestros criterios humanos. Pensar que Dios nos castiga por ser malos y nos recompensa cuando nos portamos bien es muy propio de la relación de los hijos con los padres, pero posiblemente no sea así la relación que Dios tiene con nosotros. La bondad de Dios no depende de nuestra fidelidad o infidelidad.

La enérgica oposición que encontramos en el Antiguo Testamento ante la idolatría es, ante todo, fruto de la acción liberadora de Dios, como se ve en la primera lectura. A diferencia de la relación de Dios con el pueblo de Israel, los dioses ignoraban a los seres humanos y los hacían esclavos de su propia gloria. Los templos paganos no eran como las iglesias cristianas. Eran más bien un lugar donde las personas se sometían al poder de los dioses haciendo sacrificios. No eran un lugar de comunión con Dios y con los hermanos. Por eso Dios se ve obligado a enviar, una y otra vez, a jueces, consejeros, líderes… que recuerden a todos la Alianza de Dios con su pueblo. 

En esa misma línea, el Evangelio nos muestra otra forma de idolatría: el dinero. Esa idolatría tal tenga más actualidad para nosotros, especialmente en las sociedades más consumistas. La actitud del joven que se acerca a Jesús cambia radicalmente a lo largo del relato. Al principio, se le ve una actitud reverencial ante Jesús. Al final, se aleja entristecido. Entre ambos momentos y actitudes, hay una propuesta de Jesús que le desconcierta: que venda todo lo que tiene para que Dios sea su única riqueza y que le siga. Pero las riquezas se habían convertido para aquel joven en su ídolo. Y, aunque el joven busca sinceramente el Bien, no es capaz de dar el paso decisivo que le haría alcanzarlo en plenitud: no es capaz de renunciar a las riquezas de este mundo para conseguir el tesoro del cielo.

La aparente libertad que la posesión de bienes materiales nos ofrece puede en realidad esclavizarnos cuando no sabemos relativiar lo que tenemos. Que acojamos la propuesta de Jesús en nuestros corazones: “vende lo que tienes, da el dinero a los pobres… y, luego, vente conmigo”.

Ciudad Redonda

Meditación – Lunes XX de Tiempo Ordinario

Hoy es lunes XX de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 19, 16-22):

En aquel tiempo, un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?» —le dice él—. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?». Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

Hoy, viendo la “parálisis” de este joven rico —incapaz de responder a la llamada del amor— nos planteamos el sentido de la actividad económica y su finalidad. Los bienes materiales son “bienes”, pero no tienen razón de fin, sino de medios: el auténtico desarrollo humano debe ser “integral”; debe promover a todos los hombres y a todo el hombre.

El desarrollo necesita ser ante todo auténtico e integral: el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre mismo, la persona en su integridad, pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social. Las crisis económicas suelen tener una raíz moral, lo cual nos obliga a revisar nuestro camino: nuestro mundo necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo.

—El “subdesarrollo moral” —caracterizado por una visión restringida y corta de la persona y su destino— entorpece el desarrollo auténtico: los costes humanos son siempre también costes económicos, y las disfunciones económicas comportan igualmente costes humanos.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Lunes XX de Tiempo Ordinario

LUNES DE LA XX SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de feria (verde)

Misal: Para la feria cualquier formulario permitido; Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-impar

  • Jue 2, 11-19. El Señor suscitó jueces, pero tampoco les escucharon.
  • Sal 105. Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo.
  • Mt 19, 16-22. Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, así tendrás un tesoro en el cielo.

Antífona de entrada          Sal 83, 10-11
Fíjate, oh, Dios, escudo nuestro; mira el rostro de tu Ungido, porque vale más un día en tus atrios que mil en mi casa.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, dispongámonos a celebrar con devoción la Eucaristía, y para que esta celebración de fruto en nosotros, pidamos al Señor que prepare nuestros corazones pidiéndole perdón por nuestros pecados.

• Tú que nos ayudas a convertirnos. Señor, ten piedad.
• Tú que intercedes por nosotros. Cristo, ten piedad.
• Tú que eres capaz de hacernos criaturas nuevas. Señor, ten piedad.

Oración colecta
OH, Dios, que has preparado bienes invisibles
para los que te aman,
infunde la ternura de tu amor en nuestros corazones,
para que, amándote en todo
y sobre todas las cosas,
consigamos alcanzar tus promesas,
que superan todo deseo.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos, hermanos, a Dios nuestro Señor, que nos invita constantemente a seguir a Jesucristo como bien supremo de nuestra vida.

1.- Para que la Iglesia sea el hogar de la misericordia para todos los hombres y mujeres del mundo. Roguemos al Señor.

2.- Para que los jóvenes sean una fuerza renovadora de la Iglesia. Roguemos al Señor.

3.- Para que los violentos dejen caer las armas, y todas las naciones de la tierra sean lugar de convivencia pacífica y cordial. Roguemos al Señor.

4.- Para que mejore la situación económica de nuestro país y tengamos prosperidad en la agricultura, la industria y en los demás trabajos. Roguemos al Señor.

5.- Para que todos nosotros seamos colaboremos activamente en construir el Reino de Dios. Roguemos al Señor.

Señor y Padre nuestro, que eres el único Dios que nos libera, escucha nuestras plegarias y ayúdanos con tu gracia para que nana ni nadie impida que sigamos a tu Hijo por el camino de la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
ACEPTA Señor, nuestras ofrendas
en las que vas a realizar un admirable intercambio,
para que, al ofrecerte lo que tú nos diste,
merezcamos recibirte a ti mismo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Sal 129, 7
Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Oración después de la comunión
DESPUÉS de haber participado de Cristo
por estos sacramentos,
imploramos humildemente tu misericordia, Señor,
para que, configurados en la tierra a su imagen,
merezcamos participar de su gloria en el cielo.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.