Comentario – Lunes XX de Tiempo Ordinario

(Mt 19, 16-22)

Llega ante Jesús un hombre con actitud de discípulo, dispuesto a recibir la enseñanza, porque trata a Jesús de «maestro», y le plantea la inquietud que lo atormenta: «¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?»

La pregunta del hombre es en realidad una consulta tradicional que se dirigía a los maestros, y expresaba el deseo sincero de saber cuál es la mejor manera para crecer en el camino de Dios.

La respuesta de Jesús apunta a los deberes de amor para con el prójimo, que ya se conocían en el Antiguo Testamento. Es más, en el postexilio se habían acentuado las exigencias fraternas y se había acuñado la ley de oro: «No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan» (Tobías 4, 15).

Sin embargo, el hombre quiere algo más, quiere un nuevo desafío para continuar avanzando en el camino de la ley de Dios y adquirir así una importante herencia de Dios. Pero como el joven quiere «hacer» más para alcanzar algo superior, Jesús accede a su pedido y le pide exactamente lo que él no es capaz de hacer: repartir todo lo que tiene entre los pobres. Al pedirle lo que no estaba dispuesto a dar Jesús desnuda el corazón del hombre mostrándole que sus intenciones de entrega total no son auténticas, y lo coloca en su justo y verdadero lugar.

Por otra parte, Jesús no acepta repetir la expresión del hombre: «alcanzar la vida eterna»; simplemente le habla de un tesoro en el cielo para los que den ese paso, «si quieren alcanzar una perfección mayor».

Nadie está obligado a dar ese paso despojándose de sus bienes; es sólo una propuesta para los que quieran una ayuda que facilita el crecimiento en el camino espiritual. Tampoco se trata de una propuesta para unos pocos elegidos, para una élite de «consagrados». La propuesta es para todos, porque Jesús apunta alto. No olvidemos que de hecho nos pide a todos algo que también parece imposible: que seamos perfectos «como el Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48), aunque el camino sea largo.

Oración:

«Señor, tu sabes que mi corazón se apega y se aferra a cosas y personas como si fueran su Dios y salvador. Dame tu gracia para despojarme ante ti, para tener un corazón disponible para tu Reino».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día