Homilía – Domingo XXI de Tiempo Ordinario

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Optar entre Dios y los dioses

Hoy terminamos de leer la selección de la carta a los Efesios con una página famosa: la que habla de las relaciones entre marido y mujer, situándolas en la esfera del amor de Cristo que se entregó hasta el final por su esposa la Iglesia.

Terminamos también la lectura del capítulo 6 de san Juan, que hemos ido escuchando durante cinco domingos, haciendo un paréntesis en el evangelista del año, Marcos. Lo terminamos con las reacciones de los presentes ante las palabras de Jesús y una interpelación también para nosotros: ¿aceptamos o no este “discurso duro” de Jesús? Es también la disyuntiva que ponía Josué a los suyos al entrar en la tierra prometida: ¿prefieren servir a Yahvé o a los dioses falsos?

Josué 24, 1-2a.15-17.18b. Nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!

Josué, el sucesor de Moisés, el que finalmente introdujo al pueblo de Israel a la “tierra prometida”, convoca en asamblea solemne a todos, para renovar la Alianza del Sinaí y les plantea una clara disyuntiva: ¿a quién quieren servir, al Dios que les ha liberado de Egipto o a los dioses que van encontrando en los pueblos vecinos? Porque siguen teniendo la tentación de la idolatría.

La respuesta del pueblo es muy decidida: “¡lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros!”. Ese Dios es quien les ha sacado de Egipto y les ha ayudado en el camino con toda clase de prodigios. Un poco espontánea y optimista parece la respuesta, mirándola desde la historia posterior de este pueblo, siempre a caballo entre la tentación de la idolatría y la fidelidad a la Alianza de Yahvé.

El salmo plantea también la oposición entre los justos y los malvados: “que los humildes lo escuchen y se alegren… Los ojos del Señor miran a los justos, pero el Señor se enfrenta con los malhechores”.

 

Efesios 5, 21-32. Es este un gran misterio y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia

Leemos por última vez la carta de Pablo a los de Éfeso, siguiendo con las consecuencias que tiene la fe en Cristo para la vida de la comunidad, esta vez más específicamente para la familiar. Este era un pasaje que antes se solía elegir bastante para las bodas, pero ahora no tanto, porque refleja una situación social muy poco actual en la vida matrimonial.

Pablo invita a las mujeres a que “se sometan a sus maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer”, comparándolas a “la Iglesia que se somete a Cristo”. Invita en seguida a los maridos a “amar a sus mujeres como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”. Amar a la propia mujer es “amarse a sí mismo”, y “nadie jamás ha odiado su propia carne”.

Cita la motivación del Génesis: “serán los dos una sola carne”, pero además añade la más específicamente cristiana: “es un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”.

 

Juan 6, 60-69. ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna

Al final de este capítulo que hemos ido leyendo de Juan escuchamos hoy las reacciones que produjo en los oyentes el discurso de Jesús sobre el Pan de la Vida, y que hacían “vacilar” a algunos, que le empezaron a “criticar”.

Ante todo, les reenvía, para que puedan entender el sentido estas palabras, a cuando vean que “él sube a donde estaba antes” (la objeción era sobre lo que decía que había “bajado” del cielo) y también a la acción del Espíritu, que es quien da vida (la objeción segunda era sobre cómo era posible “comer la carne” del Hijo del hombre).

Al ver que se van marchando algunos discípulos, Jesús plantea la pregunta: “¿también vosotros queréis marcharos?”. Es muy hermosa la respuesta de Pedro, decidido como siempre: “¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

 

2

Hay que hacer la opción

La disyuntiva que propuso Josué a los israelitas y la que Jesús ofrece a los suyos sigue válida también para nosotros. En nuestra vida tenemos que optar: entre Dios y los dioses, entre el bien y el mal, entre el camino que nos parece estrecho pero que lleva a la vida y el que es ancho pero que no lleva a ninguna parte.

El pueblo de Israel, inmediatamente después de salir de Egipto, guiado por Moisés, había sellado con Yahvé una Alianza. El primer mandamiento de esta Alianza es el que sigue siendo primero también ahora: “no tendrás otros dioses más que a mí”. Ahora, al entrar ya en la Tierra Prometida, se trata de ratificar esa Alianza, un tanto olvidada ya, y es lo que Josué les propone: ¿servirán a ese Dios que les ha salvado o prefieren servir a otros dioses que parecen más permisivos? Lo que exige la Alianza de Yahvé es mucho más duro que la floja moral de los dioses de los pueblos vecinos. La opción es libre, pero luego tendrán que ser consecuentes con la que hagan. El pueblo elige ser fiel a Yahvé y a la Alianza con él. Aunque luego, en su historia, falten muchas veces a lo prometido.

Jesús ve que algunos se van marchando, asustados por sus palabras -el “poco éxito” de Jesús debe “consolarnos” ante lo que nos pueda parecer también ahora un fracaso apostólico nuestro o de la Iglesia-, y hace también una pregunta directa a sus apóstoles: “¿también vosotros queréis marcharos?”. Pedro, que no entiende mucho de lo que ha dicho Jesús -como tampoco debían entender los demás- pero que tiene una fe y un amor enormes hacia él, contesta decidido: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. Han hecho la opción por él.

También nosotros hemos de tomar postura. Desde la libertad, pero con coherencia. Es la opción que presenta tantas veces Pablo cuando habla de vivir conforme al Espíritu o conforme a la carne, de acuerdo con el “hombre viejo” o con “el hombre nuevo”, con “el primer Adán” o con “el segundo Adán”, Cristo.

La opción ya la hemos hecho, algunos hacia la vida ministerial o religiosa, otros a la vida matrimonial, todos a una vida cristiana consecuente. El sacramento del Bautismo fue un momento inicial, en el que fueron probablemente nuestros padres y padrinos los que profesaron su fe en Dios y su renuncia al mal, para comprometerse a ayudarnos a crecer en la vida de Dios que entonces recibíamos.

Luego hemos ido renovando personalmente esa fe y esa renuncia, cada año en la Vigilia Pascual, aunque no en asambleas tan solemnes como la de Siquén. Pero también conocemos las tentaciones que nos presentan las idolatrías de todo género.

Aunque no nos suelen gustar las preguntas comprometedoras, ni las disyuntivas, la Palabra de hoy nos invita a decidirnos: “elegid hoy a quién queréis servir”. No podemos servir a dos señores. A la fidelidad y amor que Dios nos ha mostrado siempre, debe responder nuestra fidelidad y nuestro amor. Creer compromete. La fe no es un tranquilizante. Nos obliga a decidirnos y a aceptar el estilo de vida que quiere Jesús. No vale lo de encender una vela a Dios y otra al diablo. No valen las medias tintas. La fe en Cristo Jesús supone aceptarle a él y su estilo de vida, sin rebajas.

 

Es duro este modo de hablar

Lo que proponía Josué a los israelitas no era fácil, aunque contestaran con entusiasmo. Lo que pedía Jesús a los suyos no era fácil, porque suponía un cambio de mentalidad y de vida.

No sabemos qué es lo que más asustó y escandalizó a los oyentes de Jesús para decir que “este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”. Por una parte había dicho que había que creer en él para poder tener vida eterna. Se ponía, por tanto, en el lugar de Dios. Pero igualmente increíble era lo que decía de “comer su carne” y “beber su sangre”.

Aunque Jesús intentó darles una clave para entender las dos cosas, no debieron entender mucho. Por una parte, respondiendo a la primera objeción (cristológica: ¿cómo puede este decir que ha “bajado” del cielo?) les dice que lo entenderán mejor cuando le vean “subir” a donde estaba antes. Podríamos decir, que les emplaza para la “Ascensión”, o sea, hasta el misterio pascual cumplido. Por otra, responde también a la segunda objeción (esta vez eucarística: ¿cómo puede este darnos a comer su carne?), apuntando al Espíritu Santo, que es quien da vida, y que será quien le resucite a él, a Jesús, de entre los muertos y entonces hará posible la donación de su carne, real pero resucitada, y a nosotros nos dará la fe para aceptarla con fruto.

Jesús no rebaja su oferta y les deja ante la disyuntiva: ¿también vosotros queréis marcharos?

Sigue siendo “duro” lo que nos pide Jesús. No tanto el entender o no el misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía -recibir a Cristo en la comunión puede representar, incluso, un momento serenante y tranquilizador en nuestra vida-, sino el estilo de vida que eso comporta. ¿Quién no encuentra duro lo de la otra mejilla y lo del perdón de las ofensas y lo de cargar con la cruz y lo del matrimonio como indisoluble, ya que Pablo habla hoy de ese tema, y que Jesús también había presentado?

Los valores del evangelio no son precisamente los que más aplaude el mundo de hoy ni los más fáciles de asumir.

La sociedad nos ofrece otros valores mucho más “apetitosos” a simple vista y a corto plazo. Confrontando esta mentalidad con la Palabra que escuchamos continuamente, nos damos cuenta de que Dios no piensa como nosotros, o nosotros como él.

No nos debería extrañar que, si Cristo no convenció a muchos, tampoco ahora la Iglesia tenga mucho éxito en su evangelización. La doctrina del evangelio sigue “asustando” a muchos y no tenemos que extrañarnos, aunque nos duela, que la comunidad vaya “perdiendo unidades”.

Pero a la vez podemos alegrarnos de que, así como entonces Pedro y los suyos se mantuvieron fieles a Jesús, millones y millones de personas, a lo largo de los siglos, y también ahora, siguen creyendo en él y le siguen, a veces con verdadero sacrificio.

 

Sed sumisos unos a otros

Para Pablo, creer en Cristo y estar bautizados en él nos pide una serie de nuevas relaciones entre unos y otros. Lo va refiriendo a los diversos aspectos de la vida personal y comunitaria.

Hoy establece el principio fundamental para los cristianos: “sed sumisos unos a otros con respeto cristiano”. Lo aplica a veces a las relaciones comunitarias, otras al comportamiento entre amos y esclavos, o entre hijos y padres.

Esta vez lo aplica a las relaciones entre mujer y marido. Es verdad que refleja una situación de la mujer que está muy lejos de como ha evolucionado en nuestro tiempo, en que se subraya mucho más la igualdad de derechos y deberes entre marido y mujer. En el nuevo Ritual del Matrimonio en castellano, en el rito de las “arras”, hay un cambio significativo. Antes era el novio quien entregaba a la novia las monedas. Ahora son los dos los que se hacen mutuamente esta entrega: lo que era “mío” y “tuyo”, ahora es “de los dos”.

Pero los principios teológicos que aduce Pablo siguen siendo válidos.

Aunque habla de esa sumisión de la mujer al marido, en seguida habla también de los deberes del marido, que debe amar a su mujer y entregarse por ella.

En ambas direcciones, se basa primero en la voluntad originaria de Dios en el Génesis: “abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. Por eso, “que cada uno ame a su mujer como a sí mismo”, como a su propia carne. En seguida añade el ejemplo de Cristo y la Iglesia. La mujer, para con su marido, debe personificar a la Iglesia en su relación de amor y sumisión a Cristo. El marido, para con su mujer, debe personificar a Cristo mismo en su relación de amor y respeto a la Iglesia.

En todo ello, ciertamente no pretende Pablo cambiar la situación social de su tiempo en cuanto a la vida familiar y matrimonial, ni canonizar una situación de sumisión de la mujer con relación al hombre. Lo que hace es sacar las consecuencias de la fe cristiana también sobre la vida matrimonial. Debe prevalecer en ambos el respeto y la sumisión mutuas: “sed sumisos unos a otros con respeto cristiano”, espejándonos en Cristo, que amó y se entregó a sí mismo por la Iglesia. Es como cuando en la vida religiosa se habla de la obediencia que un religioso debe al superior, cosa que hay que verla en conexión con el deber que tiene el superior de entender su autoridad como servicio.

La conclusión solemne de Pablo es que la relación del marido y la mujer es como un “sacramento”, un signo eficaz del amor que se tienen Cristo y su Iglesia: “es este un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia”. El amor de Cristo a su Iglesia no es precisamente romántico: lo demostró en su entrega en la cruz y es permanente, indisoluble.

En nuestras relaciones comunitarias -familiar o de comunidad religiosa o parroquial- deberíamos aceptar este criterio profundo: ver a Cristo en los demás, imitar a Cristo en su entrega. Esto vale para todas las culturas y para todas las situaciones.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B