Comentario – Martes XX de Tiempo Ordinario

(Mt 19, 23-30)

Para completar la narración del encuentro de Jesús con el hombre rico, Jesús resume la enseñanza de ese episodio diciendo que los ricos entran con mucha dificultad en el Reino de los Cielos; a los ricos fácilmente los domina el apego a los bienes y su confianza se deposita demasiado en los bienes que poseen, en el prestigio y el poder que brindan las riquezas.

Por eso los que poseen muchos bienes difícilmente pueden tener un corazón desprendido, que confíe profundamente en Dios, que dependa completamente de él, y que sea capaz de pensar sinceramente en la felicidad de los demás.

Y sólo cuando tenemos esas actitudes de dependencia y de generosidad podemos experimentar lo que significa estar dentro del Reino de Dios. Porque Dios no reina en la idolatría de las riquezas y en los corazones que sólo piensan en sí mismos.

Los discípulos reaccionan diciendo: «Entonces ¿quién puede salvarse?» (v. 25). Queda claro que no se referían al abandono de las riquezas, porque ellos eran pobres y lo habían dejado todo, sino a la dificultad de despojarse por completo ante Dios. Jesús responde que eso es posible, no por las fuerzas humanas, sino gracias a la acción de Dios en los corazones.

Al que acepte ese desafío, que incluye no sólo la renuncia a los bienes, sino a toda relación humana vivida como dominio y posesión, no se le promete únicamente la recompensa celestial, sino también una plenitud terrena; pero esa plenitud no es del orden del dominio, sino de la felicidad, de la realización humana.

Oración:

«Señor, no es posible para mí, pero sí es posible cuando tú invades mi corazón con tu gracia. Libérame, Señor, del apego a los bienes; toca mi intimidad para que deje de estar pendiente de mí y de las cosas que necesito, para que pueda depender de ti y buscar el bien de los demás».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día