Comentario – Miércoles XX de Tiempo Ordinario

(Mt 20, 1-16)

Este texto debe leerse a partir de 19, 30, porque así queda enmarcado en una frase que se repite al comienzo y al final: “los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”. Es una advertencia para los que ya han hecho un camino en la vida cristiana y pretenden ser los primeros; es una amonestación para los que sienten que tienen más derechos que los demás, como si en el Reino de Dios las cosas funcionaran a la manera de una empresa, como si el amor divino tuviera que someterse a la matemática.

En esta parábola, los trabajadores convocados a la mañana recibieron la promesa de un pago determinado y estuvieron de acuerdo. Terminada la jornada, el dueño de la viña les pagó lo prometido. Pero el dueño de la viña quiso pagarles la misma suma a los que sólo habían estado una hora trabajando. Al hacerlo no fue injusto con los primeros, ya que les pagó lo que correspondía. Pero eran corazones egoístas, incapaces de alegrarse con el bien ajeno.

Los que se han acercado a Dios y han trabajado para él, y se han esforzado por ser fíeles, reciben de Dios muchos bienes espirituales, y muchos dones de todo tipo; reciben de Dios la fuerza que necesitan para ser felices y para enfrentar las dificultades, y recibirán un premio de vida y de felicidad eternas. Pero Dios podría conceder lo mismo a los que se han acercado a él después de muchos años de pecado y de maldad, y podría ser generoso con ellos también si se acercarán a él en el último instante de sus vidas. En este caso, los servidores de Dios que de verdad tienen el corazón abierto, capaces de amar al hermano y de desear su felicidad, se alegrarían profundamente contemplando la generosidad de Dios, que se derrama gratuitamente. Pero no siempre sucede así. El egoísmo suele oscurecer tanto la mirada, que les lleva a pretender un Dios a la medida pequeña de esa incapacidad de amar.

Oración:

“Ayúdame Señor, sana mi egoísmo, para que tenga siempre una mirada buena, capaz de desear el bien de los demás, capaz de alegrarme con su felicidad, deseoso de compartir gratuitamente con ellos lo que pude alcanzar en mi vida”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día