Comentario – Jueves XX de Tiempo Ordinario

(Mt 22, 1-14)

Jesús compara el Reino de los cielos con una fiesta, con un banquete de bodas; es el Reino de la alegría compartida. Es cierto que esta fiesta del Señor supone una experiencia personal, el encuentro con Cristo que “vive en mí” (Gál 2, 20); pero esa identificación espiritual con Cristo nos lleva a identificarnos con su sueño, que es el de reinar en toda la humanidad.

Esta parábola se sitúa en el contexto del rechazo de los judíos, que eran los invitados especiales y rechazaron la invitación, y por eso la invitación se abre a todos los pueblos. Y si recordamos Mt 21, 28-32, vemos que también se aplica a los fariseos y sumos sacerdotes de la época de Jesús, que teniendo toda la riqueza de su religiosidad no supieron aceptar al Redentor, y en cambio lo aceptaron los pecadores y las prostitutas.

Pero la parábola aporta un detalle importante. Si bien todos son invitados y recibidos, se espera que cada uno se adapte a la importancia del banquete y se prepare adecuadamente. Es necesario al menos colocarse un traje de boda. Leyendo el Nuevo Testamento sabemos que ese traje de bodas, la condición indispensable para entrar al Reino, es el amor al prójimo (Mt 25, 34-36; Gál 5, 14; 1 Juan 2, 9; 3, 14). El que rechaza esta invitación al amor no tiene lugar en el banquete, porque el que tiene el corazón cerrado al hermano ni siquiera puede disfrutar de una fiesta comunitaria, simplemente no es su lugar, no tiene nada que hacer allí.

De hecho, casi todos los textos bíblicos que hablan de una vida después de la muerte, la describen de una manera comunitaria: una fiesta, un banquete, una multitud feliz. Por eso, tenemos que pensar en una eternidad comunitaria, y nuestra esperanza debería ser siempre comunitaria, no individual. Pero por eso mismo, ya que nuestra vida cristiana es un anticipo del cielo, también ahora deberíamos vivir nuestro encuentro con el Señor, la fiesta de su amistad, de una manera comunitaria. A su banquete, tanto ahora como en la eternidad, no puede entrar el que no ame a los hermanos. Allí no hay lugar para el que quiera aislarse del resto.

Oración:

“Señor, te doy gracias porque me invitas a vivir mi camino cristiano como una fiesta comunitaria, y porque la vida eterna será esa fiesta en plenitud. Pero te pido la gracia de aprender a amar, para que mi corazón sea capaz de abrirse a un gozo tan grande”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día