Notas para fijarnos en el Evangelio

• Hasta ahora los interlocutores de Jesús eran los judíos (Jn 6,41.52). Ahora, después de la polémica con ellos, son “los discípulos” los que hasta entonces lo seguían (60.61.66), quienes ponen en cuestión las palabras de Jesús.

• Así vemos, por tanto, que el debate no es una tertulia cualquiera sino que está en juego el seguimiento de Jesús. Un seguimiento que, como hemos visto en los domingos anteriores, supone la aceptación del hijo de José, de quien conocemos a su padre y a su madre (v. 42), como Hijo de Dios, pan que ha bajado del cielo (y. 41). Las resistencias de los judíos eran éstas: creer que el Hijo de Dios se ha hecho hombre y creer que por la muerte y resurrección de Jesús se obtiene la vida (vv. 51-59). Ahora se nos dice que también son las resistencias de los discípulos -el “modo de hablar duro” (60) se refiere a las palabras anteriores de Jesús-.

• Por tanto, ante Jesús todos se definen. Pero no hablando de Él en tertulias, para ver quién sabe más. El reconocimiento de que “es duro” (60) quiere decir que lo han entendido, pero que no quieren escucharlo. Lo que define a una persona es la opción de vida una vez que se ha conocido a Jesús: o bien se le sigue -es decir, se vive como Él, se hace lo que Él hace, se llega con Él a la cruz- o bien se le abandona -viviendo según otros criterios que pretenden esquivar la cruz, que no tienen la entrega por amor como norma.

• “Ver (=creer) al Hijo del hombre subir adonde esta- ba antes” (62) se corresponde a la “bajada” de la que se ha hablado a lo largo del capítulo. Sólo la fe puede “ver” en Jesús a aquel que ha bajado del Padre y que sube al Padre habiendo pasado por la muerte.

• Pero eso -la fe- no es posible sin “el Espíritu” (63). Jesús, que se había identificado como quien da la vida (Jn 5,21), identifica “sus palabras” con el don del “Espíritu” (63), el que hace nacer de nuevo (Jn 3,5-8). Sus palabras dan vida. Es lo que dirá Simón Pedro más adelante: “Tú tienes palabras de vida eterna” (68).

• Poniendo “la carne” en oposición al “Espíritu” (63), se indica no un desprecio de la carne (recordamos que la palabra indica la condición humana en su precariedad, la que asume el Hijo de Dios), sino el papel del Espíritu de Dios, que da la capacidad de creer.

• Por tanto, encerrados en los propios razonamientos, encerrados en los propios criterios, no podemos creer en Jesús; es el Espíritu quien permite creer en Jesús como pan bajado del cielo (Jn 6,50). Igualmente, haciendo la lectura en clave sacramental -la clave de los que celebran la Eucaristía-, sólo por el Espíritu podemos creer que en la recepción del Pan Eucarístico estamos recibiendo a Cristo y, con Él, la vida nueva y eterna.

• El v. 64 constata la libertad humana ante Dios que se hace hombre: hay algunos que no creen. Los “muchos discípulos suyos” que “no volvieron a ir con él” (66), además, anticipan la traición de uno de los Doce (Jn 6,71). El v. 66 será el definitivo en constatar el abandono. Creer es “ir con él”, ser su seguidor.

• Y el v. 65, como antes el v. 44, nos recuerda que eso de la fe es iniciativa del Padre. En Jn 6,44 se hablaba de “atracción”; aquí se subraya el don. Pero ni allá ni aquí se supone determinismo alguno: lo que se dice es que la fe no nos la inventamos nosotros sino que la recibimos. La recibimos si la queremos, ya que es un don para todos.

• El capítulo termina con el diálogo con Simón Pedro. Es un auténtico diálogo; de tú a tú. Antes, los que Jesús tenía ante sí no se le dirigían sino que murmuraban entre ellos (vv. 41.61). Ahora Jesús es directo: “vosotros” (67); y ellos, por boca de Simón Pedro, también: “Tú” (68).

• Ése que vemos entre Jesús y Pedro es el diálogo de la fe. Pedro representa a los verdaderos discípulos de Jesús: personas que dialogan con Jesús -le hablan y lo escuchan-, mirándolo cara a cara, que lo quieren conocer para seguirlo de cerca.

• Los “Doce” hacen su opción (68), como los otros (66) han hecho la contraria. Los “Doce” se arriesgan, dan confianza a las “palabras” de Jesús, portadoras de “vida eterna”.