La misa del domingo

Luego de la muerte de Moisés y luego de cuarenta años de peregrinación en el desierto, Josué será el elegido de Dios para introducir a su pueblo a la tierra prometida. Él es quien con la ayuda divina conquista la tierra de Canaán y la distribuye entre las doce tribus de Israel. Hacia el final de sus días convoca a los israelitas en Siquem para invitarlos a tomar una posición clara y asumir un compromiso definitivo frente a Dios: «Si no les agrada servir al Señor, digan aquí y ahora a quién quieren servir». Todos rechazan servir a otros dioses y afirman unánimemente: «Serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Al llegar la plenitud de los tiempos Dios envía a su Hijo al mundo para reconciliar consigo a la humanidad entera. En Cristo Dios verdaderamente se hace hombre, asumiendo plenamente la naturaleza humana. Por tanto, servir a Cristo es servir a Dios.

Al mismo tiempo, el Hijo es paradigma de una elección radical por servir a Dios. Por esta elección que brota de su amor al Padre, toda su vida es una vida hecha obediencia y servicio del Plan divino hasta la total donación de sí mismo (ver Jn 4, 33-34).

Mirando a su Maestro y Señor, todo aquel o aquella que verdaderamente elije servir a Dios busca hacer lo mismo que Él: amar a su Iglesia y entregarse a sí mismo por ella (2ª. lectura). Quien desde el recto ejercicio de su libertad opta servir al Señor elige de este modo abrirse a un gran misterio de amor que se verifica en la donación total de sí mismo a Dios y a aquellos a quienes ama. Esta donación tiene una aplicación muy concreta en el matrimonio cristiano.

También en el Evangelio vemos cómo los seguidores del Señor son puestos en una posición extrema, en una situación de definición. Ante las enseñanzas del Señor, que aseguraba que Él les daría a comer de su Carne y beber de su Sangre para que tuviesen vida eterna, ellos se encuentran ante lo que califican como un “lenguaje duro”, una enseñanza que tomada en sentido literal era demasiado chocante, aberrante y macabra. ¿Cómo podían aceptar algo semejante? Ante la confusión y disputa generada por sus enseñanzas, el Señor Jesús no retracta, ni siquiera suaviza lo dicho, tampoco dice que haya que tomar sus palabras en sentido figurado, sino que reafirma lo dicho e insiste en la literalidad de sus palabras. Quienes entonces escuchaban al Maestro se encontraban en la situación de tomar la decisión de seguirlo o de dejarlo, de creer y confiar en Él aunque de momento no comprendiesen el alcance de sus enseñanzas y les sonasen demasiado “duras”, o de negar la fe en Él.

Al no creer en Él y debido a esto que les resultaba demasiado escandaloso, muchos de sus discípulos optaron por alejarse. Tampoco en ese momento en que muchos se marchan el Señor hace algún esfuerzo por retenerlos. ¿Cómo podía permitir que se marchen, que se aparten de quien es la Vida misma, si sus palabras tan sólo hubieran tenido un sentido figurativo? El Señor no los retiene, porque sus enseñanzas sobre el Pan de Vida no son metafóricas y deben entenderse en toda la literalidad de sus letras.

Una vez que se han marchado aquellos que no podían aceptar sus enseñanzas, el Señor se vuelve a aquellos que aún permanecen con Él, especialmente a sus Apóstoles, para preguntarles si también ellos quieren marcharse, dando a entender nuevamente que sus palabras hay que aceptarlas tal cual Él las ha pronunciado, y no de manera simbólica.

La respuesta de Pedro, en nombre de todos, expresa su fe y confianza en el Señor a pesar de que sus palabras sean tan “duras”: «Señor… Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios». Aunque de momento no comprendan cómo se va a realizar este anuncio tremendo, los Apóstoles creen en Él, confían en Él y en lo que dice, y optan decididamente por seguir con Él hasta que en el momento oportuno Él les revele cómo les dará de comer su carne y beber su sangre.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Con renovada actualidad resuenan también hoy, en cada Eucaristía, aquellas “duras” palabras y anuncio que fue ocasión para que muchos se alejaran del Señor: «el Pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo» (Jn 6, 51), «mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Jn 6, 55-56).

¿No son “duras” también las palabras que todo sacerdote, en Nombre de Cristo y con su poder, pronuncia en la consagración del pan y el vino: «Esto es mi Cuerpo… esto es mi Sangre»? ¡Estas palabras son palabras que, como enseña la Iglesia, transforman verdaderamente ese pan en cuerpo de Cristo y el vino en su sangre! ¡Es Cristo que se hace realmente presente, todo Él, ofreciéndose a nosotros como verdadera comida y bebida! ¡Es Dios mismo, bajo la apariencia de un trozo de pan y un poco de vino! ¡Dios! ¡Dios infinito, aunque ante los sentidos no aparezca nada sino el pan y el vino! ¿No es tremenda esta enseñanza? ¿No es para muchos algo absolutamente absurdo?

Ante lo que a los ojos del mundo aparece como un disparate sin igual, es decir, que Cristo-Dios esté realmente presente en la Hostia consagrada, ¿no se nos exige también a nosotros una opción radical, una definición clara? O creo, o no creo.

Ahora bien, si decimos que creemos, ¿no tiene que reflejarse esa convicción en nuestra vida cotidiana? ¿No tiene que ser la Eucaristía lo más importante para nosotros? ¿No se nos exige abandonar toda actitud indolente e indiferente frente al Sacramento? ¿No tienen que expresar y demostrar nuestras palabras, nuestro comportamiento y obras, que somos de Cristo porque comulgamos su Cuerpo y Sangre? Si recibimos a Cristo, ¿cómo no comprometernos con Cristo para ser sus portadores, a transmitirlo a Él con nuestro apostolado y caridad?

Ante esta “locura” que afirma que el pan y el vino consagrados son verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo ningún cristiano puede permanecer impasible e indeciso. Por eso también hoy se dirigen a nosotros las palabras que Josué dirige al pueblo de Israel: Si no te parece bien servir al Señor, escoge hoy a quién quieres servir (ver Jos 24, 15). ¿Quieres tú servir al Señor, Dios único y verdadero? ¿O quieres servir a los falsos dioses, a los ídolos del poder, del placer, del tener? Estos ídolos, aunque deslumbran, aunque seducen, aunque producen seguridades y gozos pasajeros, no harán sino dejarte cada vez mas vacío, más triste, más solo. ¡Producen la muerte del espíritu! ¡Llevan a perder la vida verdadera! Sólo el Señor llena nuestros vacíos mas profundos, sólo Él es capaz de saciar nuestra sed de infinito, nuestra hambre de amor y comunión, porque sólo Él tiene y da la vida eterna!

¡Tú eliges! ¿A quien quieres servir? ¿En quien quieres poner tu confianza? ¿Cuál es tu respuesta? ¿Serás de quienes deciden abandonar al Señor —o lo han abandonado ya en la práctica— por sus “duras palabras”, porque afirma que tienes que comer su carne y beber su sangre para tener vida eterna? ¿O serás de los que confían en el Señor y creen en sus palabras aún cuando no entiendas “cómo puede ser esto”? ¡Ante el don de la Eucaristía se nos exige también hoy una opción clara, sin medias tintas, sin componendas! O le creo al Señor y lo sigo, o no le creo y me aparto. ¡Tú eres libre, pero haz buen uso de tu libertad! Por ello, ten en cuenta que al apartarte de Él, te apartas de aquel único que tiene “palabras de vida eterna”, te apartas de aquel que el Padre ha enviado para reconciliarte y darte la vida, su misma vida, por toda la eternidad.