Comentario – Domingo XXI de Tiempo Ordinario

(Jn 6, 60-69)

Muchos de los que oyeron el discurso de Jesús sobre el Pan de Vida se escandalizaron, quedaron desconcertados: «¡Qué forma desagradable de hablar!» (6, 60). Es más, como no entendían lo que Jesús quería decir, no soportaban escuchar esas palabras extrañas, y no se les ocurría pensar que esas palabras podían significar algo nuevo, algo que ellos todavía ni habían imaginado; no se les ocurría pensar que Dios podía ir más allá de lo que ellos conocían y que era capaz de inventar algo desconcertante.

Jesús estaba diciendo que había que comerlo, y eso para los judíos era insoportable. Ellos sólo podían hablar de comer la carne de un enemigo o de alguien odiado (Sal 27, 2; Job 19, 22). Comer a Jesús era convertirlo en un objeto, humillarlo, y ellos lo querían poderoso y deslumbrante.

Pero para Jesús comerlo a él era unirse profundamente a su vida recibiéndolo en la boca, era hacerlo entrar en sus corazones en la apariencia de un pedazo de pan, pero que en realidad él ha tomado y lo ha convertido en su maravillosa presencia.

Pero también muchos de sus discípulos comprendieron mal sus palabras, se horrorizaron y abandonaron a Jesús (6, 66). Entonces, en una escena de intensa ternura, Jesús se dirige al pequeño puñado de apóstoles que todavía lo acompañaba: «¿También ustedes quieren irse?» Y aparece Pedro respondiendo con aparente seguridad: «¿Y dónde vamos a ir? Si en tus palabras hay vida eterna, y nosotros hemos creído en ti» (6, 68-69).

Sin embargo, Pedro no será fiel a esta confesión de fe y de amor, y terminará negando a Cristo. Esto nos muestra cómo las seguridades humanas, también las seguridades religiosas, son frágiles, y por sí solas nunca son estables. Tenemos que pedir cada día el don de la perseverancia.

Y así se acentúa también la soledad, el abandono, la desilusión que Jesús vivió en la cruz. Ni siquiera los más íntimos, salvo el discípulo amado, fueron fieles hasta el fin. Todos se fueron.

Oración:

«Señor, enséñame a descubrir que puede haber una verdad profunda en aquellas cosas que yo no alcanzo a entender, en tus palabras que a veces me desconciertan. Quiero confiar en tu luz Señor, también cuando mi fe se llena de tinieblas».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día