La misa del domingo

Como la semana pasada, la primera lectura de este Domingo habla de una situación en extremo desesperada. Esta vez se trata de Elías, el más importante profeta de Israel, quien huyendo de sus perseguidores da a parar al desierto. Es allí donde, física y psicológicamente extenuado, con hambre y sin alimento alguno a la mano, solo, en medio de la terrible sequedad y del calor sofocante del desierto, experimenta su total impotencia para hacer frente a una situación que parece no tener salida. Es esta profunda experiencia de debilidad, de desolación y angustia la que le impulsa a elevar a Dios una súplica pavorosa: «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo!» (1Re 19, 4)

Dios no escucha semejante súplica porque no quiere la muerte de sus elegidos: «¿Por qué habéis de morir, casa de Israel? Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien fuere» (Ez 18, 31-32). En cambio, la respuesta que el Señor da a la súplica dramática de su siervo es ésta: «¡Levántate, come!» (1Re 19, 5). Dios no libera a Elías del sufrimiento y de las circunstancias difíciles que afronta por su fidelidad a Dios, antes bien, lo insta a sobreponerse, a levantarse de su tristeza y postración, a comer del pan que Él le ofrece y a ponerse en marcha. El alimento que Dios le da es un alimento en apariencia normal y sencillo, pero esconde en sí una singular virtualidad. Al ser comido por él le comunica una fuerza sobrenatural por la que resistirá cuarenta días y noches de caminata por el desierto hasta llegar al Horeb, la montaña de Dios. Por este alimento es Dios mismo quien sustenta y sostiene a Elías en su caminar.

En el Evangelio el Señor se revela a sí mismo como «el Pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera». En Él se cumple en plenitud lo que prefiguraba aquel otro pan enviado por Dios a Elías.

Frente al pan que comieron sus padres en el desierto y murieron, Él les ofrece un Pan que les comunicará la vida eterna. El Señor asegura de este modo la resurrección futura a quien coma de este Pan. “Eterna” es la vida que el Señor promete y da, porque es participación plena de la vida del “Eterno”.

Este “Pan de Vida”, Pan que contiene en sí mismo la Vida (ver Jn 1, 4) y la comunica al ser humano, es el mismo Cristo que por la encarnación “bajó del Cielo”.

Al decir que el pan que Él dará «es mi carne para la vida del mundo» expresa la relación de ese misterioso pan con su futuro sacrificio en el Altar de la Cruz. Esta “carne” (en griego sarx y en hebreo basar) que Él entregará para ser comida es la carne en cuanto entregada en la Cruz para dar la vida a los hombres.

Para entender mejor el significado de esta afirmación del Señor hay que tomar en cuenta que tanto en el ambiente cultual greco-romano como en el judío era usual ofrecer sacrificios de animales, en un caso a los dioses paganos, en Israel al Dios único. Normalmente la carne de aquellos holocaustos se comía posteriormente, y se pensaba que al comer aquella carne uno se hacía partícipe del sacrificio ofrecido. Teniendo esto en cuenta podemos pensar que la carne que ofrece el Señor es aquella que procederá de su propio sacrificio reconciliador. Su «carne (entregada) para la vida del mundo» es Él mismo, el Cordero de Dios que mediante su sacrificio quitará el pecado del mundo y por su resurrección comunicará su Vida a quienes al comerlo entrarán en comunión con Él, haciéndose partícipes de su mismo sacrificio reconciliador.

En el uso semita carne (así como también la expresión carne y sangre) designa al hombre en su totalidad, y no solamente la parte muscular de su cuerpo. Por tanto, comer su carne es más que masticar un pedazo de músculo, es entrar en comunión con la totalidad de Cristo, muerto y resucitado.

Este misterioso pan que el Señor dará no es otro que la Eucaristía, pan que al ser consagrado se convierte en la Carne de Cristo y vino que se convierte en su Sangre, de modo que llegan a ser para nosotros Cristo mismo, muerto y resucitado.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El camino de la vida cristiana excede absolutamente a nuestras solas fuerzas y posibilidades. Y es que para ser cristiano «no se trata solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre» (S.S. Juan Pablo II, Veritatis splendor, 19). Y como «seguir a Cristo no es una imitación exterior», sino que «afecta al hombre en su interioridad más profunda» (Veritatis splendor, 21), nadie jamás sería capaz de “seguirlo” del modo dicho si este “poder” no le fuese dado de lo Alto, por el Espíritu Santo que lo transforma radicalmente y hace de él o ella una nueva criatura a imagen de Jesucristo, el Señor.

Quien olvida que el camino de la plena conformación con el Señor Jesús es muy superior a sus solas fuerzas no tardará en experimentar la rebeldía, el desaliento y la desesperanza en el momento de la dura prueba. Para quien no aprende a buscar su fuerza en el Señor, el peso de la cruz se hace demasiado grande y el camino demasiado cuesta arriba o “imposible”. El Señor en determinadas circunstancias permitirá que experimentemos nuestra radical fragilidad hasta el extremo para que aprendamos aquello de que su fuerza «se muestra perfecta en la flaqueza» (2 Cor 12, 9). En esas ocasiones el Señor no nos liberará del peso de la cruz y nos invitará más bien a buscar en Él nuestra fuerza para poder abrazarnos a ella con decisión y cargarla con paciencia.

Pero si bien es cierto que por nuestras solas fuerzas y sin el Señor nada podemos (ver Jn 15, 5), es igualmente cierto que no debemos esperarlo todo de Él sin hacer nada nosotros. Nuestra cooperación es indispensable e insustituible, debiéndose dar siempre al máximo de las propias capacidades y posibilidades. En este sentido, todo don de Dios, todo talento que Él nos ha dado, es al mismo tiempo una tarea que exige de nuestra activa cooperación para su multiplicación. También a Elías Dios le invita a levantarse de su postración, a ponerse en pie y a comer del pan que Él le ofrece, para que fortalecido y sostenido por ese singular alimento, camine decidido hacia la montaña de Dios. La fuerza de Dios que se le ofrece por medio de este pan no sustituye la voluntad del elegido ni prescinde de sus propios esfuerzos, sino que los requiere. Del mismo modo, a decir de San Francisco de Sales, «Él nos despierta cuando dormimos… pero en nuestra mano está el levantarnos o no levantarnos, y si bien nos ha despertado sin nosotros, no quiere levantarnos sin nosotros».

Como en el caso de Elías, también nosotros hemos de estar preparados para recorrer el camino que excede absolutamente nuestras limitadas fuerzas y capacidades humanas. Nuestro camino, a través de la paulatina conformación con el Señor Jesús, lleva al encuentro pleno con Dios, en la participación de su misma comunión divina de Amor en la vida eterna. Por ello, para no desfallecer en medio de las pruebas y sucumbir por nuestra debilidad e insuficiencia, el Señor nos ha dado un sencillo pero muy singular alimento: la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de su propio Hijo, que aparecen ante nuestros ojos como cualquier trozo de pan y un poco de vino común, pero que sin embargo es este Pan del Cielo que nos sostiene y fortalece con la fuerza divina, es Cristo mismo quien se nos entrega para ser nuestro Alimento.

Conscientes de la fuerza que recibimos en este singular Alimento también nosotros podemos afirmar que «todo lo que en nosotros es fuerte, robusto y sólido, gozoso y alegre para cumplir los mandatos de Dios, soportar el sufrimiento, practicar la obediencia, defender la justicia, todo esto es fruto de la fuerza de este Pan y de la alegría de este Vino» (Balduino de Ford). Cristo es verdaderamente el Pan de la Vida que nos asegura la fuerza de Dios mismo, y para quien lo recibe en la fe es garantía de vida eterna.

Recordemos que cada vez que en la Eucaristía se nos ofrece este Alimento ya no es un ángel el que a nosotros nos dice: «¡Levántate, come!», sino que es el mismo Hijo de Dios, Jesucristo el Señor, quien nos dice: «¡Toma y come! (…) ¡Toma y bebe!», «éste es mi cuerpo… ésta es mi sangre» (Mt 26, 26.28). ¿Comprendemos este don enorme, por el que Él mismo se nos da como Alimento, indispensable para poder realizar nuestras “jornadas por el desierto” hasta el encuentro definitivo con Dios en su “monte santo”, es decir, en la gloria y plena comunión con Él?