Sin intermediarios

1.- Los apóstoles acompañando a Jesucristo se lo pasaban muy bien, obrando como el Maestro les indicaba, se sentían satisfechos. Todo lo que les decía les parecía nuevo y obraban con sinceridad y espontaneidad. Pero a los ilustres, a quienes les gustaba figurar en público y ser tenidos por hombres importantes y de reconocida prosapia, no les hacía ninguna gracia que estos pobres galileos, se saltaran normas que venían de antiguo. A ellos les interesaban los detalles y cualquiera que se saltara sus leyes les era despreciable, molesto y debía ser extirpado de la consideración pública. Pienso ahora en una tira cómica de Mafalda, que no me resisto a que conozcáis. Resulta que ven pasar unos elegantes caballeros, a unos chicos melenudos y barbudos y, con arrogancia y desprecio, dirigido a los chavales, dicen: esto es el acabose. La parlanchina y simpática chiquilla, les replica con desparpajo: esto es el continuose, del empezose, de ustedes. Os lo aseguro: muchas manifestaciones sorprendentes o simplemente chocantes, surgen de procederes de orgullosos ciudadanos. Oiréis decir a veces, mis queridos jóvenes lectores, que a algunos les molesta pertenecer a la Iglesia. Vosotros mismos pensaréis tal vez, y con razón, que la historia de Jesús, tiene un atractivo inmenso, pero os sentís, en algunas ocasiones, incómodos ante algo que os imponen y os preguntáis el porque de tantos ritos, prohibiciones y preceptos que no sabéis de donde se los han sacado. Deseáis sentiros libres y no lo sois, porque no sabéis de donde han salido tantas obligaciones con las que a veces os cargan y que vosotros no habéis encontrado en el Evangelio.

2.- Dejadme que os diga, para empezar, que fue el mismo Jesús el que deseó que lo que Él enseñaba, se viviera en comunidad. El hombre solitario es vulnerable y Él quería que todos fueran salvados. Un amigo junto a otro amigo, son torre fuerte, dice un texto bíblico. Donde dos o más se reúnen en su nombre, Él mismo hace acto de presencia, se dirá en otro lugar. Esta comunidad de los amigos de Jesús, es la Iglesia, la esposa queridísima de Cristo. Yo, que ya soy viejo, os aseguro que se vive muy bien con Jesús, en su seno, que los que se entienden, se exigen y se sienten miembros de ella, están satisfechos de su experiencia. Que se consideran, y están, muy próximos a los valientes misioneros, a los austeros ermitaños, a los que arriesgan su vida en defender los derechos de los más pobres. Se sienten, sin duda, con frecuencia, mas cercanos a ellos que a su beato entorno. Una realidad maravillosa de nuestro hoy, y yo me siento muy satisfecho de vivir estos tiempos, es el poder estrechar lazos de amor con gente que a lo mejor se encuentra a kilómetros de distancia. Pero, con sinceridad, no se puede ignorar que a grupos y grupitos, les nacen costumbres que les gustan y les van muy bien a ellos, pero que, más tarde o más temprano, a los demás, les pueden resultar pesadas, aburridas y molestas. Y a causa de ello, algunos que se toman en serio y con simplicidad el evangelio, se alejan de “los de siempre”, de los que toda la vida han hecho igual, y les reprochan que se alejen de sus costumbres y lamentablemente se crean, que están fuera de la Iglesia.

3.- Creeréis que estoy divagando, voy, pues, a descender a ejemplos concretos. Comulgar, recibir el Cuerpo sacramental de Cristo, que nos procura fortaleza, es una cosa maravillosa. Pero algunos nos encontramos que, en vez de descubrirnos esta riqueza, nos atosigan diciéndonos que no se puede ni siquiera tocar con los dientes la Eucaristía y, mucho menos, pretender masticarla. Como si Jesús en la última Cena hubiera dicho: tomad y tragad. Esta prohibición nos produjo a muchos en la infancia, grandes angustias. Vamos a otra cuestión. Habrás observado que muchas parejas que se aman con ternura y compromiso, no se casan. Creen, porque se lo han dicho, que es preciso tener dinero para las ostentosas bodas que se estilan, pisos amueblados a la última moda para presumir, electrodomésticos de la última generación, para estar al día. El Sacramento del Matrimonio no implica estas exigencias. Muchos que esperan a tener estas cosas superfluas y no edifican con seriedad su amor y fortifican su voluntad ejercitándose en serios compromisos, fracasan posteriormente, sin que la causa sea el fallo del magnífico equipo de “home cinema” que se instalaron, ni la rotura de la pata de un butacón de postín que lucían. Ni procesiones, ni alfombras florales, ni derrochadoras fiestas patronales, son necesarias para honrar a los santos más santos, que podamos admirar. Ni para que Cristo y María nos protejan. Me quedo aquí. Vosotros, mis queridos jóvenes lectores, deberéis analizar que pertenece al Cristianismo y que son puras costumbres heredadas. En la primera lectura se ponía en boca de Moisés, inspirado por Dios, la prohibición de añadir nada a los preceptos que Dios ofreció a los hombres para que iluminaran su camino. No os atreváis vosotros a introducir nuevas manías, los Apóstoles, que fueron criticados por no seguir costumbres muy acostumbradas, os lo agradecerán.

Pedrojosé Ynaraja