Lectio Divina – Lunes XXII de Tiempo Ordinario

1.- Oración Introductoria.

Señor, vengo a la oración con el corazón abierto de par en par, porque “tus caminos no son nuestros caminos”. Tus caminos son anchos, tus miras son grandiosas, tus proyectos de salvación son inabarcables. Los caminos de los hombres son estrechos y    mezquinos. Tú quieres la salvación para todos y no para unos pocos; Tú quieres que el amor y la gracia se apoderen de la ira y la venganza. Gracias, Señor.

2.- Lectura reposada del evangelio: Lucas 4, 16-30

En aquel tiempo fue Jesús a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre,    entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy. Y todos daban testimonio de Él y     estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: ¿No es éste el hijo de José? Él les dijo: Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria. Y añadió: En verdad os digo que ningún profeta es    bien recibido en su patria. Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio. Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión.

Me impresionan mucho las últimas palabras de este relato evangélico:” Le llevaron a una altura escarpada del monte… para despeñarle”. ¿Por qué quieren despeñarle? ¿Qué crimen ha cometido? ¿Qué es lo que no le toleran los judíos?

1) Ha hecho una lectura a-patriótica. Ha hablado bien de un extranjero: Naamán el Sirio, que fue curado en territorio de Israel. Y de una viuda de Sarepta, fuera del territorio judío. Y es intolerable que Yavé, el Dios de los judíos, sea también Dios de otros pueblos paganos.

2) Y más insoportable todavía es que no haya citado el texto de Isaías completo. En efecto, Is. 61,1 dice: “Año de gracia, año de venganza, de nuestro Dios”. Y Jesús sólo ha hablado de la gracia y ha omitido la venganza; y naturalmente, esto es imperdonable. Hay que despeñar a Jesús porque ¿dónde vamos con un Dios que sólo habla de gracia, de perdón, de misericordia, de ternura, de comprensión?, ¿Dónde vamos con un Dios que no castiga?, ¿Dónde vamos con un Jesús que, al pretender defenderlo Pedro con la espada, le dice: “Mete la espada en la vaina porque el que a hierro mata a hierro muere”? (Mt. 26,52). Hoy día muchos dicen: ¿Dónde vamos con el Papa Francisco que ni siquiera se atreve a juzgar a los homosexuales? ¿Dónde va la Iglesia con un Papa que se abraza con judíos y musulmanes?

Palabra del Papa

“Después de una primera reacción positiva, alguno movido por la polilla de la envidia comenzó a decir: ¿Dónde estudió éste? ¿No es el hijo de José? Y nosotros conocemos a toda su familia, ¿y en qué universidad estudió? Entonces pretendían que le hiciera un milagro: solamente después habrían creído. Entonces comenzaron a empujarlo para tirarlo por un barranco por celos, por envidia.  Pero no se trató de un evento de hace dos mil años atrás, esto sucede cada día, cada vez que se acoge a alguien hablando bien el primer día y después siempre menos, hasta llegar a la habladuría, casi hasta desollarlo. Quien en una comunidad habla contra un hermano acaba por querer asesinarlo… Para que haya paz en una comunidad, en una familia o en un país, en el mundo, tenemos que empezar a estar con el Señor. Porque donde está el Señor no hay envidia, no hay criminalidad, no hay celos, hay hermandad. Pidamos esto al Señor: nunca asesinar al prójimo con nuestra lengua y estar con el Señor, como estaremos todos nosotros en el     cielo. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 2 de septiembre de 2013, en Santa Marta).

          4. Qué me dice hoy a mí esta palabra que acabo de meditar. (Silencio).

          5.- Propósito: En este día sólo hablaré palabras de bondad, de ternura, de  misericordia.

          6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo      con mi oración.

Señor, hoy te doy infinitas gracias porque acabo de entender un poco más el evangelio. El evangelio es maravilloso. Me habla de un Dios que es “Abbá” Papá y quiere que mis relaciones con Él sean las de un niño con su papá. Quiero quitar de mi corazón todos los miedos, las angustias, las preocupaciones. No para abusar de ese cariño de Dios sino, al contrario, para darle gracias por tanto derroche de amor y verme impulsado a obrar siempre el bien con alegría y generosidad.

Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos

El ministerio profético es una de las realidades más características, y hasta conmovedora, de la experiencia religiosa en el pueblo de Israel. En muchas ocasiones vemos al profeta denunciando con fuerza y valentía admirables el olvido de la Alianza por parte del pueblo, acarreando con ello múltiples desprecios e injusticias a los más desvalidos a quienes el profeta pretender devolver a los ámbitos de la dignidad.

En otras ocasiones, con sentimientos de ternura y compasión, el profeta anuncia consuelo y esperanza ante el abatimiento de sus contemporáneos.

En la liturgia de la Palabra de hoy, la segunda lectura, tomada de la Carta de Santiago (2, 1-5), contiene ciertos ecos de denuncia profética:

“No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con el favoritismo!”

No siempre es fácil, ni ayer ni hoy, vernos libres de la acepción de personas, de cierta tendencia al favoritismo de los mejor “situados” en diversos contextos sociales. La carta de Santiago denuncia como impropias de la fe cristiana estas prácticas. Puede también acecharnos a nosotros esta misma tentación. Hace ya años, decadas, escuché decir a un buen cristiano, con cierto sentido del humor, la recomendación que desde siempre le había hecho su madre: “¡Tú, hijo, siempre con corbata; que, como te ven, te tratan!”.

Cuando nosotros nos veamos, cuando nosotros nos miremos, no veamos solo corbatas, ni captemos solo olor a dinero, veamos y captemos, más allá de cualquier apariencia, a hijas e hijos de Dios. No en vano, la propia carta de Satiago apunta, y nos alerta: “¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe?”. Que este sea siempre para nosotros el bien más preciado: el tesoro de la fe; muy por encima de cualquier otra consideración.

El texto de la primera lectura, del profeta Isaías (35, 4-7a), es un magnífico y elocuente ejemplo del profetismo de anuncio, consuelo y esperanza:

“Sed fuertes, no temáis… Vuestro Dios viene en persona y os salvará”

Vemos cumplido este anuncio y esta promesa en el Evangelio del Señor Jesucristo. Su paso por el mundo haciendo el bien, su vida entregada por amor hasta la dramática muerte en cruz, su resurgimiento Vivo, Glorioso y Resucitado del poder de la muerte, son señal y realidad del cumplimiento de la promesa.

El texto del Evangelio que hoy se nos ofrece (Mc 7, 31-37), transcurre por estos mismos derroteros de amor y salvación arrancando la admiración de los testigos:

“Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos”

Este bien hacer del Señor Jesucristo viene a nuestro encuentro e interroga nuestra vida de discípulos y seguidores suyos. ¿Estamos siendo una buena noticia para alguien? ¿Lo estamos siendo, particularmente, para los acallados por las circunstancias adversas de la vida, para los que se han quedado sin vista de horizontes de futuro?

Llevamos largos meses de vida sobresaltada, anómala, por la situación pandémica que asola al mundo, y está provocando tanto sufrimiento. Abatidos, nos vemos caminar y deambular cabizbajos, un tanto desorientados, con la amarga pregunta de: “¿Hasta cuándo?”. A veces, incluso podemos tener la impresión de que la esperanza se desvaneció de nuestro corazón. Diversos temores nos circundan.

Y sin embargo la Palabra de Dios ha sido proclamada por nosotros y para nosotros. ¡Hasta el salmista alaba, confía, espera! Sabe que el Señor reina eternamente.

¡Somos testigos y portadores de esta esperanza!

Muchas realidades se han tambaleado a nuestros pies. Pero Él, el que porta Vida y Amor, está siempre ahí. Lo está hoy, en su Día, en medio de su Asamblea, y nos grita a cada uno de nosotros: “Effetá. Ábrete”: a la alegría, a la esperanza, a la dicha de ser justo, al esfuerzo siempre renovado de construir un mundo mejor, al susurro de todas las aspiraciones para hacer el bien, al gozo de ver en cualquier rostro una hermana o un hermano.

“Effetá. Ábrete”: a la luz suave y acariciadora de quien en medio de cualquier realidad de destrucción y muerte, se sabe y se siente llamado a la Vida-por-siempre-duradera.

Fr. César Valero Bajo O.P.

Comentario – Lunes XXII de Tiempo Ordinario

(Lc 4, 16-30)

Este texto nos muestra a Jesús predicando en la sinagoga. Allí Jesús, luego de leer el texto de Isaías 61, 1-2 afirma “esta Escritura que acabo de leer se ha cumplido hoy”. Jesús se presenta así como el ungido del Señor, el Mesías que viene a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a devolver la vista a los ciegos, a liberar a los cautivos. Y para nosotros, que tenemos a Jesús resucitado, esto es una realidad cotidiana, esto siempre se cumple “hoy”; él está presente con su amor y su poder para fortalecernos y alentarnos: ¡Ahora es el momento favorable, añora es el día de la salvación!” (2 Cor 6, 2). No sigamos dilatando y postergando lo que vale la pena.

Pero es interesante advertir que en este texto la cita del profeta Isaías está modificada. El texto original dice al final “a proclamar un año de gracia del Señor, día de venganza de nuestro Dios”, pero el evangelio sólo dice “un año de gracia del Señor” y omite “día de venganza”. Jesús nos libera de la ira de Dios, de su justa venganza, nos libera de lo que mereceríamos en justicia por nuestro pecado, mediocridad, olvido de Dios, y viene a proclamar que Dios siempre nos da una nueva oportunidad.

Con la venida de Jesús se inaugura un tiempo de gracia, de misericordia, y se nos ofrece una buena noticia que es luz para nuestros ojos y liberación de nuestras esclavitudes. Pero cabe recordar que este triunfo de la misericordia ya aparecía anunciado en varios textos proféticos, como el de Oseas 11, 1-9, donde en la lucha entre la misericordia y la justicia, termina triunfando la misericordia: “Porque soy Dios, no un hombre; contigo soy el Santo, y no vendré con ira” (11, 9). Jesús es la manifestación de ese triunfo de la misericordia en el corazón de Dios.

Cuando Jesús dice que “nadie es profeta en su tierra” no pretende afirmar que todos los profetas son despreciados en su propio pueblo; simplemente acude a un refrán popular para expresar lo que estaba sucediendo con él en ese momento, cuando en su propia tierra no era bien recibido.

Oración:

“Te doy gracias Jesús, que anunciaste la Buena Noticia a los pobres, que nos trajiste la verdadera libertad. Gracias porque en ti se manifiesta el rostro misericordioso del Padre, que ofrece gracia y perdón, que da una nueva oportunidad”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Homilía – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

1

¿Se preocupa Dios de los males de este mundo?

Parecería imposible, viendo la situación del mundo y los muchos males que le aquejan, tanto de orden natural como humano, creer que Dios es bueno, omnipotente, cercano a nuestra historia.

¿Cómo puede “permitir” Dios que haya catástrofes en que mueren tantos inocentes y que los malvados se salgan con la suya, imponiendo su ley a los demás? ¿cómo se compaginan el hambre, las sequías, las inundaciones, los terremotos y los “tsunamis” con la bondad y la omnipotencia de Dios?

No sabemos la respuesta, que nos resulta misteriosa. Sin embargo, Dios sigue siendo el cercano, y su proyecto salvador continúa, y su poder curativo nos lo aseguran, por ejemplo, las lecturas de hoy, aunque también nos invitan a que colaboremos nosotros con nuestro esfuerzo para vencer al mal en todos los órdenes.

 

Isaías 35, 4-7a. Los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará

El pueblo de Israel estaba en una situación dramática, que parecía sin remedio. Pero el profeta le asegura la cercanía de Dios y su voluntad de curar todos sus males: “mirad a vuestro Dios, viene en persona”. Viene a liberarlo del destierro.

El profeta describe esta acción salvadora de Dios enumerando los diversos males que le aquejan a una persona: curará a los ciegos, a los sordos, a los cojos, a los mudos. Además hará brotar manantiales en la estepa y el páramo.

El salmista se invita a sí mismo a expresar la gratitud a Dios: “alaba, alma mía, al Señor”. Y enumera los muchos favores que le debemos: Dios “mantiene su fidelidad, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos… abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan”.

 

Santiago 2, 1-5. ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del reino?

Santiago pone un ejemplo muy expresivo, precisamente de la celebración litúrgica, de cómo no hay que hacer acepción de personas: lo contrario de lo que hacemos si a un rico le tratamos de manera muy distinta que a un pobre.

Obrar así es “juzgar con criterios malos”, porque tendríamos que aprender de Dios mismo, que si por alguien tiene preferencia, ha demostrado que es por los pobres: “¿acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos herederos del reino?”.

 

Marcos 7, 31-37. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos

En sus andanzas por diversas regiones, ahora en Sidón, fuera, por tanto, del territorio de Galilea, Jesús cura a un pobre hombre que le presentan, que era sordo y, además, apenas podía hablar.

Lo hace elevando la mirada al cielo, tocando con sus dedos los oídos y con su saliva la lengua del enfermo y, sobre todo, pronunciando con autoridad la palabra “effetá” (palabra aramea: “ábrete”).

Sigue el mandato de guardar el “secreto mesiánico”, porque Jesús no quiere que se queden en el mero hecho del milagro, sino que den el paso a la fe en su persona. Pero no le obedecen, aunque la reacción de la gente es muy positiva: “todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Se cumple así lo que anunciaba Isaías.

2

Poder curativo de Dios

Dios, que creó el universo “y vio que todo era bueno”, sigue fiel a su proyecto de salud y salvación, a pesar de la desarmonía que ha traído la malicia humana a nuestra historia.

Muchos de los males suceden por culpa humana, porque a veces actuamos contra el plan de Dios. La naturaleza se venga, por ejemplo, de ciertos abusos de urbanización y del trato indiscriminado de los bienes naturales (riqueza minera, existencias pesqueras, capa de ozono…). Los edificios, los puentes y los túneles fallan a veces porque hubo negligencia en su construcción. Las escandalosas diferencias entre ricos y pobres se deben a la ambición e injusticia de muchos, que no quieren saber del plan de distribución equitativa que Dios ha pensado para los bienes materiales de este mundo.

Sea lo que sea, Dios sigue queriendo el bienestar y la salud para todos, a pesar de nuestros fallos. Como anunciaba Isaías, repetía el salmo y hemos visto que se cumple en Jesús, Dios quiere que los ciegos recobren la luz, los sordos el oído, los mudos el habla, los cojos la agilidad, los desiertos el agua. Sigue siendo verdad lo que decía el profeta: “no temáis: mirad a vuestro Dios, que viene en persona y os salvará”. Dios todo lo orienta para nuestro bien y saca bien incluso de los males y de las desgracias. Como

del destierro del pueblo de Israel, fruto en gran parte de la incompetencia política de sus dirigentes.

Este poder curativo de Dios se nos ha manifestado plenamente en Jesús. ¡Cuántas veces aparece a lo largo del evangelio como el que sana a los enfermos, resucita a los muertos, domina la naturaleza y libera integralmente a la persona humana! Jesús cura al hombre entero, no sólo su enfermedad. En verdad, como dicen las gentes en el episodio de Sidón, “todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”, o, como resumió Pedro en su catequesis: “pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,39).

No sabemos responder a la pregunta de cómo se compagina el mal que hay en el mundo y la bondad de Dios. Es una pregunta que ya planteaba vigorosamente el libro de Job y que sigue en pie también hoy. Como también surgió en el “mal” por antonomasia, que fue la muerte injusta de Jesús, su Hijo, en la cruz. También allí hubo la gran pregunta: “¿por qué me has abandonado?”. No hubo respuesta razonada. Hubo la resurrección. Nosotros no sabemos responder al problema. Pero Dios, sí.

 

La Iglesia sigue curando

El Resucitado sigue curando hoy a la humanidad a través de su Iglesia. Durante dos mil años, la comunidad de Jesús se ha dedicado, no sólo a predicar la Palabra y perdonar los pecados, sino también a curar enfermos, atender a los pobres y marginados, luchar contra la toda opresión e injusticia, trabajar por la liberación integral de la persona.

Es una tarea en la que todos deberían sentirse comprometidos, no sólo los ministros ordenados sino todos los fieles, cada uno en su campo de acción.

De una manera especial actúa la Iglesia esta liberación y poder curativo a través de los sacramentos. Los gestos sacramentales, muy parecidos a los que utilizó Jesús -imposición de manos, contacto con la mano, unción con óleo y crisma, baño en agua- junto con las palabras decisivas que pronuncia el ministro, en nombre de Cristo y en virtud del Espíritu, son el signo eficaz de cómo sigue actuando Dios en el mundo de hoy.

El milagro de hoy nos recuerda el Bautismo, porque uno de los signos complementarios con que se expresa el efecto espiritual de este sacramento es precisamente el rito del “effetá”, en el que el ministro toca con el dedo los oídos y la boca del bautizado y dice: “el Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar la Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre”.

Un cristiano ha de tener abiertos los oídos para escuchar y los labios para hablar. Para escuchar tanto a Dios como a los demás, sin hacerse el sordo ni a la Palabra salvadora ni a la comunicación con el prójimo. Para hablar

tanto a Dios como a los demás, sin callar en la oración ni en el diálogo con los hermanos ni en el testimonio de su fe.

Podemos aplicarnos esta tarea curativa a nosotros mismos. Ante todo, para pensar si Jesús, o la Iglesia, nos tendrían que curar a nosotros mismos de alguna clase de sordera o de mudez voluntarias. A veces tendríamos que prestar oído a la Palabra de Dios, y no lo hacemos con suficiente atención. A veces tendríamos que alabar con nuestras palabras y cantos a Dios y también hablar a nuestros hermanos con palabras oportunas, y no lo hacemos.

Además, deberíamos pensar si ejercemos la misión de curar a otros. Sin necesidad de hacer milagros, ¿somos capaces de ayudar a los ciegos, las personas que no ven o no quieren ver, para que sepan cuáles son los caminos de Dios? ¿y a los sordos, las personas que no oyen o no quieren oír, para que se enteren del mensaje de salvación de Dios? ¿o a los mudos, las personas que no pueden o no quieren hablar, para que se suelte su lengua y recobren el habla en los momentos oportunos?

 

Sin acepción de personas

Santiago describe muy vivamente lo que ya en su tiempo se ve que era más espontáneo en la vida eclesial y concretamente en la celebración litúrgica: la acepción de personas. Ya el domingo pasado nos decía que la religión verdadera era ayudar en sus tribulaciones a los huérfanos y a las viudas.

En la “Didascalia de los Doce Apóstoles”, un documento del siglo III, se le dice al obispo que preside la celebración que, si entra un pobre, sobre todo si es mayor, y no encuentra asiento, que le deje él, el obispo, el suyo, aunque él tenga que sentarse en el suelo.

En nuestra vida tenemos muchas ocasiones de caer en la trampa de mostrar preferencias por unos en razón de su simpatía, sus cualidades o sus riquezas, y, consecuentemente, menospreciar a los demás. Nos va bien la lección de Santiago.

En la liturgia hemos caído con frecuencia exactamente en lo que él desautorizaba, Existían “clases” o diferencias en ciertos sacramentos (funerales, bodas). No es de extrañar que el Vaticano II, en el documento de liturgia, tuviera que mandar que “en la liturgia no se hará acepción de personas o de condición social, ni en las ceremonias en el ornato exterior” (SC 32).

Pero en nuestra vida comunitaria y social podemos seguir faltando a esta regla de oro. Como en la historia ha existido el nepotismo y el favoritismo, o el que ahora llamamos “tráfico de influencias”, también nosotros podemos tratar bien a unas personas marginando a otras, usando medidas distintas según los casos, siguiendo el criterio de ricos y pobres, o según la raza o la lengua o la cultura o la simpatía o el interés que nos despierten. ¿A quién no le gusta salir en la foto al lado de personas famosas? Es la regla que se sigue en el mundo: se honra a los ricos, a los que han tenido éxito, a los famosos. A los otros, no.

Dios quiere a todos, hace salir el sol sobre buenos y malos, y si por alguna muestra preferencia, es por las personas sencillas y humildes. Cristo se entregó por todos. Todos somos imagen de Dios. Todos somos hermanos. Una persona, por rica o simpática que sea, no es más que otra. En todo caso, tanto la preferencia de Dios como la de Cristo iban a favor de los pobres y los que han tenido poca suerte en la vida. No precisamente de los ricos, que ya están pagados de sí mismos.

Tendríamos que tratar igual a un pobre, a un emigrante, a un desconocido, que a un rico o un amigo. Antes de ir a comulgar, el darnos la mano como gesto de paz con los que tenemos al lado, conocidos o no, de la misma edad y condición social o no, es un ejercicio de universalidad y fraternidad que nos puede ir corrigiendo precisamente de esta acepción de personas que critica Santiago. Al dar la mano indistintamente a personas simpáticas o no, cercanas o no, lo hacemos pensando que Cristo se ha entregado por nosotros tanto como por los demás y que ahora vamos acudir a comulgar con él unos y otros. Si Cristo les acoge, ¿quiénes somos nosotros para hacer discriminaciones humillantes?

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Mc 7, 31-37 (Evangelio Domingo XXIII de Tiempo Ordinario)

El Effatá del Reino

El evangelio de Marcos (7,31-37) nos narra la curación de un sordomudo en territorio de la Decápolis (grupo de diez ciudades al oriente del Jordán, en la actual Jordania), después de haber actuado itinerantemente en la Fenicia. Se trata de poner de manifiesto la ruptura de las prevenciones que el judaísmo oficial tenía contra todo territorio pagano y sus gentes, lo que sería una fuente de impureza. Para ese judaísmo, el mundo pagano está perdido para Dios. Pero Jesús no puede aceptar esos principios; por lo mismo, la actuación con este sordomudo es un símbolo por el que se va a llegar hasta los extremos más inauditos: Va a tocar al sordomudo. No se trata simplemente de una visita y de un paso por el territorio, sino que la pretensión es que veamos a Jesús meterse hasta el fondo de las miserias de los paganos.

Vemos a Jesús actuando como un verdadero curandero; incluso le cuesta trabajo, aunque hay un aspecto mucho más importante en el v. 34, cuando el Maestro “elevó sus ojos al cielo”. Es un signo de oración, de pedir algo a Dios, ya que mirar al cielo, como trono de Dios, es hablar con Dios. Y entonces su palabra Effatá, no es la palabra mágica simplemente de un secreto de curandero, sino del poder divino que puede curarnos para que se “abran” (eso significa Effatá) los oídos, se suelte la lengua y se ilumine el corazón y la mente. Y vemos que el relato quiere ser también una lección de discreción: no quiere ser reconocido por este acto taumatúrgico de curación de un sordomudo, sino por algo que lleva en su palabra de anunciador del Reino. Dios actúa por él, curando enfermedades, porque el Reino también significa vencer el poder del mal. Los enfermos en aquella sociedad religiosa, eran considerados esclavos de “Satanás” o algo así.

Su «tocar» es como la mano de Dios que llega para liberar los oídos y dar rienda suelta a la lengua. La significación, pues, por encima de asombrarnos de los poderes taumatúrgicos, es poner de manifiesto que con los oídos abiertos aquél hombre podrá oír el mensaje del evangelio; y soltando su lengua para hablar, advierte que, desde ahora, un pagano podrá también proclamar el mensaje que ha recibido de Jesús al escucharlo en la novedad de su vida. Esta es una lección que hoy debemos asumir como realidad, cuando en nuestro mundo se exige la solidaridad con las miserias de los pueblos que viven al borde de la muerte.

Sant 2, 1-5 (2ª lectura Domingo XXIII de Tiempo Ordinario)

La fe que vivifica y hace justicia

La segunda lectura de la carta de Santiago es una de las exhortaciones que ponen de manifiesto el objetivo pragmático de esta carta cristiana. La polémica que provoca en la comunidad la división de clases, la atención a los ricos en detrimento de los pobres, es un problema tan viejo como la vida misma. Pero es ahí donde la comunidad cristiana tiene que mostrar su identidad más absoluta. El pragmatismo de la carta de Santiago no nos da la posibilidad de matices de ningún género, y es que en estas exigencias de favoritismo. Santiago lo plantea desde la fe en Jesucristo. Entre las pocas veces que se nombre a Jesucristo en esta carta, esta es una, y precisamente en uno de los momentos más significativos de lo que debe ser la praxis cristiana en la “asamblea”, que es donde se retrata una comunidad. Aunque esto debe aplicarse a toda la vida de la comunidad en el mundo.

La fe debe mostrarse en la práctica, porque de lo contrario la fe se queda en una cuestión ideológica y es eso lo que en nombre del Señor no se puede justificar. Los pobres, en la asamblea, deben tener la misma dignidad, porque en ella son elevados a la dignidad que el mundo no quiere otorgarles, pero la comunidad cristiana no puede caer en el mismo favoritismo por los ricos.

Is 35, 4-7 (1ª lectura Domingo XXIII de Tiempo Ordinario)

El Dios de la vida

La primera lectura se toma del libro de Isaías y forma parte del llamado pequeño Apocalipsis de ese libro (cc. 34-35); como tal se expresa en unas imágenes que pueden sorprendernos de parte de Dios. Probablemente estos capítulos no pertenecen al gran profeta del s. VIII a. C, sino que corresponderían mejor a los tiempos del Deutero-Isaías, que es quien continua el libro. Lo que verdaderamente llama la atención es la actuación personal de Dios sobre la ciudad de Sión-Jerusalén, que ha sido sometida al desastre.

Pero en la mentalidad de los profetas verdaderos, al juicio siempre sigue la salvación, la restauración, ya que el juicio de Dios nunca es definitivamente de destrucción, ni sobre las personas, ni sobre los pueblos. Los que están viviendo la depresión, serán curados por la salvación de Dios; los que padecen un mal físico serán liberados. Y todo culmina con la expresión del agua en el páramo, en la estepa, en el desierto. La vida es el signo más claro y contundente de la vida en un pueblo rodeado de desiertos. Este oráculo de esperanza, pues, es todo un precedente para los signos mesiánicos que Jesús llevó a cabo.

Comentario al evangelio – Lunes XXII de Tiempo Ordinario

Para anunciar Buenas Noticias

“Con los ojos fijos en él”, en Jesús, como los judíos en la sinagoga de Nazaret. Así estamos nosotros hoy. Es sábado, y Jesús, judío devoto, acude a leer y comentar la palabra en comunidad. Así comienza, en su propio pueblo, su misión evangelizadora. Aquí, el hijo del carpintero tiene la osadía de aplicarse a sí mismo el pasaje de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí,porque me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de Gracia del Señor”.  Es el programa marco que aparece al inicio de su ministerio,émulo de la ley fundamental que son Bienaventuranzas

Jesús se autodescribe como el enviado, el  Ungido por el Espíritu del Señor. Es su definición, su ser cabal. Por eso, luego, hará  obras como Mesías, Hijo de Dios, Hijo del Hombre,  Maestro. Los destinatarios de su programa son los pobres, los cautivos, los ciegos, los oprimidos.  Sobre ellos quiere actuar anunciando la Buena Noticia, anunciando libertad, dando libertad, dando luz a los ojos, anunciando la Gracia de Dios para los hombres. Ahora cabe preguntarse, ¿cómo es posible que, pregonando cosas tan buenas, Jesús sea rechazado por sus paisanos?

Somos y nos llamamos cristianos, seguidores de Cristo. Cristo es la palabra griega de Ungido. Somos ungidos, empapados por el Espíritu en el Bautismo. Y robamos la exclamación a San León Magno: “Reconoce, oh cristiano, tu dignidad”.

Y el cristiano sale a la palestra del mundo con el mismo programa de Jesús. ¿Cómo? Anunciando y siendo la Buena Noticia para todos. Ya hemos apuntado que, desde el texto de Isaías, estamos en la misma línea programática de las Bienaventuranzas, de las razones grandes por las que somos llamados dichosos.  Si el mundo, si la gente no nos ve como señales vivas de Buena Noticia, ¿qué pintamos? ¿Cómo podremos presentarnos como predicadores del Evangelio de Jesús? Nuestras palabras y gestos han de brillar desde esos motivos de esperanza que nos marca Jesús: libertad, gracia, luz, noticia grata para todos. Lo contrario serán anatemas, fama de gruñones, instalarse en sesudos documentos que no llegan o en liturgias formales y barrocas. Algunos, también de los nuestros, hablarán de buenismo o de estilo ligt. ¿Sí? Pues volvamos, detenidamente y con corazón abierto, al evangelio de hoy.

Y en el centro, los pobres, los sufrientes. Es Jesús quien lo clarifica en el evangelio; no, el Vaticano II  que acuñó la expresión “Iglesia de los pobres”, ni Pablo VI que clamaba por una Iglesia “servidora de la humanidad”, ni Francisco que repite “quiero una Iglesia que sea hospital de campaña para tantos heridos”. Nos preocupamos de los pobres, no porque sean más buenos sino porque son más necesitados. Esta será la prueba del algodón. El programa de Jesús habla de sanar; no, de estructuras, de ritos, de estrategias en las que gastamos tantas energías. Por aquí va el Espíritu de Jesús, esto es ser espirituales. Hacer otras cosas sería un espiritualismo. Y los “ismos” no suelen ser muy buenos.

Ciudad Redonda

Meditación – Lunes XXII de Tiempo Ordinario

Hoy es  lunes XXII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 4, 16-30):

En aquel tiempo, Jesús se fue a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».

Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?». Él les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Hoy, las palabras proféticamente anunciadas y concretamente cumplidas en Jesucristo —según su propio testimonio— nos hablan de la necesidad de la gracia (ayuda) de Dios para el bien del hombre. La Doctrina Social de la Iglesia ha acuñado el concepto de “bien común”, destacándolo como una exigencia moral para el desarrollo de la humanidad.

No hay desarrollo pleno sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo. A la vez, en una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él, han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la “ciudad del hombre”, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras. 

—Consecuentemente, la Doctrina Social de la Iglesia ha llegado a definir el “bien común” como el “bien de todo el hombre para todos los hombres”.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Lunes XXII de Tiempo Ordinario

LUNES DE LA XXII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido . Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-impar

  • 1Tes 4, 13-18. Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto.
  • Sal 95. El Señor llega a regir la tierra.
  • Lc 4, 16-30. Me ha enviado a evangelizar a los pobres… Ningún profeta es aceptado en su pueblo.

Antífona de entrada          Sal 83, 10-11
Fíjate, oh, Dios, escudo nuestro; mira el rostro de tu Ungido, porque vale más un día en tus atrios que mil en mi casa.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, comencemos la celebración de los sagrados misterios guardando silencio en nuestro corazón, y poniendo nuestra vida en manos de Dios, pidiéndole humildemente perdón por nuestros pecados.

• Tú, que eres compasivo y misericordioso. Señor, ten piedad.
• Tú, que has pasado por la vida haciendo el bien. Cristo, ten piedad.
• Tú, que quieres la salvación de todos. Señor, ten piedad.

Oración colecta
MUÉSTRATE propicio con tus siervos, Señor,
y multiplica compasivo los dones de tu gracia sobre ellos,
para que, encendidos de fe, esperanza y caridad,
perseveren siempre, con observancia atenta,
en tus mandatos.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Como pueblo convocado por el Señor presentemos ahora nuestras súplicas a Dios Padre, que nos ha enviado a su Hijo Jesucristo.

1.- Para que Dios proteja y guíe a su Santa Iglesia. Roguemos al Señor.

2.- Para que muchos jóvenes descubran la voz del Maestro que los llama. Roguemos al Señor.

3.- Para que dé a los gobernantes el sentido de la justicia, de la libertad y de la paz. Roguemos al Señor.

4.- Para que crezca entre todos los ciudadanos el sentido de la solidaridad. Roguemos al Señor.

5.- Para que acoja siempre nuestra oración suplicante. Roguemos al Señor.

Oh Padre, que has enviado a Cristo a proclamar la buena noticia a los pobres de tu reino; escucha nuestras oraciones y haz que tu palabra nos haga instrumento de liberación y de salvación . Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
ACEPTA Señor, nuestras ofrendas
en las que vas a realizar un admirable intercambio,
para que, al ofrecerte lo que tú nos diste,
merezcamos recibirte a ti mismo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Sal 129, 7
Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

Oración después de la comunión
ASISTE, Señor,
a tu pueblo y haz que pasemos
del antiguo pecado a la vida nueva
a los que hemos sido alimentados
con los sacramentos del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.