Homilía – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

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¿Se preocupa Dios de los males de este mundo?

Parecería imposible, viendo la situación del mundo y los muchos males que le aquejan, tanto de orden natural como humano, creer que Dios es bueno, omnipotente, cercano a nuestra historia.

¿Cómo puede «permitir» Dios que haya catástrofes en que mueren tantos inocentes y que los malvados se salgan con la suya, imponiendo su ley a los demás? ¿cómo se compaginan el hambre, las sequías, las inundaciones, los terremotos y los «tsunamis» con la bondad y la omnipotencia de Dios?

No sabemos la respuesta, que nos resulta misteriosa. Sin embargo, Dios sigue siendo el cercano, y su proyecto salvador continúa, y su poder curativo nos lo aseguran, por ejemplo, las lecturas de hoy, aunque también nos invitan a que colaboremos nosotros con nuestro esfuerzo para vencer al mal en todos los órdenes.

 

Isaías 35, 4-7a. Los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará

El pueblo de Israel estaba en una situación dramática, que parecía sin remedio. Pero el profeta le asegura la cercanía de Dios y su voluntad de curar todos sus males: «mirad a vuestro Dios, viene en persona». Viene a liberarlo del destierro.

El profeta describe esta acción salvadora de Dios enumerando los diversos males que le aquejan a una persona: curará a los ciegos, a los sordos, a los cojos, a los mudos. Además hará brotar manantiales en la estepa y el páramo.

El salmista se invita a sí mismo a expresar la gratitud a Dios: «alaba, alma mía, al Señor». Y enumera los muchos favores que le debemos: Dios «mantiene su fidelidad, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos… abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan».

 

Santiago 2, 1-5. ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del reino?

Santiago pone un ejemplo muy expresivo, precisamente de la celebración litúrgica, de cómo no hay que hacer acepción de personas: lo contrario de lo que hacemos si a un rico le tratamos de manera muy distinta que a un pobre.

Obrar así es «juzgar con criterios malos», porque tendríamos que aprender de Dios mismo, que si por alguien tiene preferencia, ha demostrado que es por los pobres: «¿acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos herederos del reino?».

 

Marcos 7, 31-37. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos

En sus andanzas por diversas regiones, ahora en Sidón, fuera, por tanto, del territorio de Galilea, Jesús cura a un pobre hombre que le presentan, que era sordo y, además, apenas podía hablar.

Lo hace elevando la mirada al cielo, tocando con sus dedos los oídos y con su saliva la lengua del enfermo y, sobre todo, pronunciando con autoridad la palabra «effetá» (palabra aramea: «ábrete»).

Sigue el mandato de guardar el «secreto mesiánico», porque Jesús no quiere que se queden en el mero hecho del milagro, sino que den el paso a la fe en su persona. Pero no le obedecen, aunque la reacción de la gente es muy positiva: «todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos». Se cumple así lo que anunciaba Isaías.

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Poder curativo de Dios

Dios, que creó el universo «y vio que todo era bueno», sigue fiel a su proyecto de salud y salvación, a pesar de la desarmonía que ha traído la malicia humana a nuestra historia.

Muchos de los males suceden por culpa humana, porque a veces actuamos contra el plan de Dios. La naturaleza se venga, por ejemplo, de ciertos abusos de urbanización y del trato indiscriminado de los bienes naturales (riqueza minera, existencias pesqueras, capa de ozono…). Los edificios, los puentes y los túneles fallan a veces porque hubo negligencia en su construcción. Las escandalosas diferencias entre ricos y pobres se deben a la ambición e injusticia de muchos, que no quieren saber del plan de distribución equitativa que Dios ha pensado para los bienes materiales de este mundo.

Sea lo que sea, Dios sigue queriendo el bienestar y la salud para todos, a pesar de nuestros fallos. Como anunciaba Isaías, repetía el salmo y hemos visto que se cumple en Jesús, Dios quiere que los ciegos recobren la luz, los sordos el oído, los mudos el habla, los cojos la agilidad, los desiertos el agua. Sigue siendo verdad lo que decía el profeta: «no temáis: mirad a vuestro Dios, que viene en persona y os salvará». Dios todo lo orienta para nuestro bien y saca bien incluso de los males y de las desgracias. Como

del destierro del pueblo de Israel, fruto en gran parte de la incompetencia política de sus dirigentes.

Este poder curativo de Dios se nos ha manifestado plenamente en Jesús. ¡Cuántas veces aparece a lo largo del evangelio como el que sana a los enfermos, resucita a los muertos, domina la naturaleza y libera integralmente a la persona humana! Jesús cura al hombre entero, no sólo su enfermedad. En verdad, como dicen las gentes en el episodio de Sidón, «todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos», o, como resumió Pedro en su catequesis: «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,39).

No sabemos responder a la pregunta de cómo se compagina el mal que hay en el mundo y la bondad de Dios. Es una pregunta que ya planteaba vigorosamente el libro de Job y que sigue en pie también hoy. Como también surgió en el «mal» por antonomasia, que fue la muerte injusta de Jesús, su Hijo, en la cruz. También allí hubo la gran pregunta: «¿por qué me has abandonado?». No hubo respuesta razonada. Hubo la resurrección. Nosotros no sabemos responder al problema. Pero Dios, sí.

 

La Iglesia sigue curando

El Resucitado sigue curando hoy a la humanidad a través de su Iglesia. Durante dos mil años, la comunidad de Jesús se ha dedicado, no sólo a predicar la Palabra y perdonar los pecados, sino también a curar enfermos, atender a los pobres y marginados, luchar contra la toda opresión e injusticia, trabajar por la liberación integral de la persona.

Es una tarea en la que todos deberían sentirse comprometidos, no sólo los ministros ordenados sino todos los fieles, cada uno en su campo de acción.

De una manera especial actúa la Iglesia esta liberación y poder curativo a través de los sacramentos. Los gestos sacramentales, muy parecidos a los que utilizó Jesús -imposición de manos, contacto con la mano, unción con óleo y crisma, baño en agua- junto con las palabras decisivas que pronuncia el ministro, en nombre de Cristo y en virtud del Espíritu, son el signo eficaz de cómo sigue actuando Dios en el mundo de hoy.

El milagro de hoy nos recuerda el Bautismo, porque uno de los signos complementarios con que se expresa el efecto espiritual de este sacramento es precisamente el rito del «effetá», en el que el ministro toca con el dedo los oídos y la boca del bautizado y dice: «el Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar la Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre».

Un cristiano ha de tener abiertos los oídos para escuchar y los labios para hablar. Para escuchar tanto a Dios como a los demás, sin hacerse el sordo ni a la Palabra salvadora ni a la comunicación con el prójimo. Para hablar

tanto a Dios como a los demás, sin callar en la oración ni en el diálogo con los hermanos ni en el testimonio de su fe.

Podemos aplicarnos esta tarea curativa a nosotros mismos. Ante todo, para pensar si Jesús, o la Iglesia, nos tendrían que curar a nosotros mismos de alguna clase de sordera o de mudez voluntarias. A veces tendríamos que prestar oído a la Palabra de Dios, y no lo hacemos con suficiente atención. A veces tendríamos que alabar con nuestras palabras y cantos a Dios y también hablar a nuestros hermanos con palabras oportunas, y no lo hacemos.

Además, deberíamos pensar si ejercemos la misión de curar a otros. Sin necesidad de hacer milagros, ¿somos capaces de ayudar a los ciegos, las personas que no ven o no quieren ver, para que sepan cuáles son los caminos de Dios? ¿y a los sordos, las personas que no oyen o no quieren oír, para que se enteren del mensaje de salvación de Dios? ¿o a los mudos, las personas que no pueden o no quieren hablar, para que se suelte su lengua y recobren el habla en los momentos oportunos?

 

Sin acepción de personas

Santiago describe muy vivamente lo que ya en su tiempo se ve que era más espontáneo en la vida eclesial y concretamente en la celebración litúrgica: la acepción de personas. Ya el domingo pasado nos decía que la religión verdadera era ayudar en sus tribulaciones a los huérfanos y a las viudas.

En la «Didascalia de los Doce Apóstoles», un documento del siglo III, se le dice al obispo que preside la celebración que, si entra un pobre, sobre todo si es mayor, y no encuentra asiento, que le deje él, el obispo, el suyo, aunque él tenga que sentarse en el suelo.

En nuestra vida tenemos muchas ocasiones de caer en la trampa de mostrar preferencias por unos en razón de su simpatía, sus cualidades o sus riquezas, y, consecuentemente, menospreciar a los demás. Nos va bien la lección de Santiago.

En la liturgia hemos caído con frecuencia exactamente en lo que él desautorizaba, Existían «clases» o diferencias en ciertos sacramentos (funerales, bodas). No es de extrañar que el Vaticano II, en el documento de liturgia, tuviera que mandar que «en la liturgia no se hará acepción de personas o de condición social, ni en las ceremonias en el ornato exterior» (SC 32).

Pero en nuestra vida comunitaria y social podemos seguir faltando a esta regla de oro. Como en la historia ha existido el nepotismo y el favoritismo, o el que ahora llamamos «tráfico de influencias», también nosotros podemos tratar bien a unas personas marginando a otras, usando medidas distintas según los casos, siguiendo el criterio de ricos y pobres, o según la raza o la lengua o la cultura o la simpatía o el interés que nos despierten. ¿A quién no le gusta salir en la foto al lado de personas famosas? Es la regla que se sigue en el mundo: se honra a los ricos, a los que han tenido éxito, a los famosos. A los otros, no.

Dios quiere a todos, hace salir el sol sobre buenos y malos, y si por alguna muestra preferencia, es por las personas sencillas y humildes. Cristo se entregó por todos. Todos somos imagen de Dios. Todos somos hermanos. Una persona, por rica o simpática que sea, no es más que otra. En todo caso, tanto la preferencia de Dios como la de Cristo iban a favor de los pobres y los que han tenido poca suerte en la vida. No precisamente de los ricos, que ya están pagados de sí mismos.

Tendríamos que tratar igual a un pobre, a un emigrante, a un desconocido, que a un rico o un amigo. Antes de ir a comulgar, el darnos la mano como gesto de paz con los que tenemos al lado, conocidos o no, de la misma edad y condición social o no, es un ejercicio de universalidad y fraternidad que nos puede ir corrigiendo precisamente de esta acepción de personas que critica Santiago. Al dar la mano indistintamente a personas simpáticas o no, cercanas o no, lo hacemos pensando que Cristo se ha entregado por nosotros tanto como por los demás y que ahora vamos acudir a comulgar con él unos y otros. Si Cristo les acoge, ¿quiénes somos nosotros para hacer discriminaciones humillantes?

José Aldazábal
Domingos Ciclo B