Comentario – Miércoles XXII de Tiempo Ordinario

(Lc 4, 38-44)

La curación de la suegra de Simón (Pedro) destaca un detalle no despreciable: que apenas fue curada se puso a servir a los demás, con lo cual se indica que la obra de Jesús en nuestras vidas pide como respuesta una actitud de servicio.

También es importante el detalle de la mano de Jesús que la toca para curarla, ya que hace referencia a “la mano fuerte de Dios” tan mencionada en el Antiguo Testamento (Sal 62, 9; 73, 23).

Este texto resalta de distintas maneras el poder de Jesús que viene a hacer presente el Reino de Dios y a liberar al hombre del poder del mal. La mano de Jesús que sostiene y cura a la suegra de Pedro recuerda la figura de la mano fuerte de Dios tan presente en el Antiguo Testamento. Esa mano da seguridad: “Tu mano me sostiene” (Sal 63, 9; 73, 23). Con ese mismo poder de su mano Jesús pasa por todas partes curando enfermos y expulsando demonios; el poder del mal se rinde ante su mano fuerte.

En el encuentro con el Padre, muy de madrugada, Jesús bebía del poder que se manifestaba durante la jornada.

Esa misma mano fuerte de Jesús es la que puede fortalecernos y liberarnos de nuestros males más profundos, esa misma mano que acaricia con ternura pero que tiene potencia divina, puede sostenernos en la dificultad y arrancar de nuestras vidas los poderes del mal que a veces nos esclavizan.

Este texto indica también que Jesús no quería clausurarse en un lugar porque tenía que llegar a todos. Del encuentro del Padre sacaba una libertad interior que le permitía no aferrarse a nada y lanzarse a lo que el Padre le indicara.

Oración:

“Sáname Señor, para que pueda servir mejor a los hermanos; libérame Señor, para que pueda ayudar a los demás en su camino de liberación; pacifica mi vida Señor, para que pueda llevar a los demás un poco de felicidad y de paz”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día