Comentario – Viernes XXII de Tiempo Ordinario

(Lc 5, 33-39)

Los discípulos de Juan todavía estaban centrados en costumbres y prácticas ascéticas que para Jesús no son lo verdaderamente importante, porque habiendo llegado el Mesías se trata de vivir una verdadera fiesta de amor, más que de buscar sacrificios. En todo caso basta con llevar la cruz de cada día, que se nos presenta sin que la busquemos.

En este texto Jesús aparece como el novio que se casa con su pueblo, y que invita a sus amigos a vivir esa fiesta sublime.

Cuando Jesús dice “a vino nuevo, odres nuevos”, quiere mostrar que el estilo de vida y la riqueza que él viene a traer es superior a las prácticas judías tradicionales, y que lo importante no es dedicarse a controlar que la gente cumpla con esas prácticas, sino desear que todos reciban la nueva vida, la gracia salvadora que trae el Mesías.

Esto no significa que Jesús descalificara o anulara todas esas prácticas. Responde así porque los fariseos, que se sentían más importantes que el resto por cumplir al pie de la letra el ayuno y otras prácticas, querían hacer aparecer a los discípulos de Jesús como imperfectos porque no ayunaban.

Aquí tampoco se le quita valor a la práctica del ayuno ni se la anula, pero se la relega a los momentos de especial dificultad, ya que según una tradición judía hay ciertas dificultades que se superan gracias a la oración y el ayuno. En realidad los discípulos tendrán que soportar persecuciones y angustias que serán sacrificios más intensos y valiosos que el ayuno.

Leyendo los versículos 16-17 queda claro que en la nueva vida que trae Jesús lo más importante no son los ayunos, sino vivir la presencia del Señor en nuestras vidas, reconocer gozosamente que él está entre nosotros.

Oración:

“Señor, ayúdame para que las cosas secundarias me lleven a las cosas verdaderamente importantes, y que mi vida no se construya sobre lo que no es esencial. Enséñame a vivir con gozo en tu presencia”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día