La misa del domingo

En la primera lectura tomada del libro del profeta Isaías, encontramos una palabra de aliento y ánimo a aquellos que aguardan ansiosos una intervención divina en favor de la restauración de Jerusalén: «Sean fuertes, no teman. Miren a su Dios que… viene en persona a salvarlos». Éstos son los signos acompañarán aquella prometida presencia salvadora: los ciegos verán, los cojos caminarán, los sordos escucharán, los mudos hablarán.

A este anuncio se refiere Cristo mismo para responder a los discípulos del Bautista, a quienes éste había enviado a preguntarle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». El Señor responde: «Vayan y cuenten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva» (Mt 11, 3-5). En el Señor Jesús se realiza la antigua promesa divina. Él es “Dios-con-nosotros”, el Mesías largamente anhelado, que vino al mundo para obrar la restauración no de la Jerusalén física, sino de la humanidad entera.

En el Evangelio, el Señor Jesús realiza justamente uno de los milagros anunciados por Isaías. Usando signos visibles, como lo son el meter sus dedos en los oídos y tocar la lengua con su saliva, «levantando los ojos al cielo» y pronunciando la palabra “¡ábrete!”, cura milagrosa e instantáneamente a un sordomudo. De este hecho palpable y visible debe concluirse: Jesús es el esperado, Él es Dios que ha venido a salvar a su pueblo.

Vale la pena prestar atención a la conclusión a la que llegan los testigos de este milagro: «Todo lo ha hecho bien». Inmediatamente viene a nuestra mente aquella expresión que encontramos en el Génesis, al concluir Dios su obra creadora: «Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien» (Gén 1, 31). En realidad, sólo de Dios, Bien supremo, se puede decir que “todo lo ha hecho bien”. Al crear “todo lo hizo bien”. Mas por el pecado del hombre entró el mal y la muerte en el mundo. Con la presencia de Jesucristo ha llegado el tiempo de restaurar la creación, de hacer nuevamente “todo bien”. Él es “Dios-con-nosotros” (Is 7, 14), Dios que “viene y salva”, Dios que al encarnarse de María Virgen por obra del Espíritu Santo asume la naturaleza humana para reconciliar a la humanidad entera con Dios y realizar una nueva creación. Él, por su muerte y resurrección, y por el don del Espíritu, ha hecho todo nuevo, ha hecho todo bien, ha restaurado lo que el pecado del hombre había dañado.

Dios en Cristo ha venido a salvar y reconciliar a toda la humanidad. Todo ser humano, desde el más culto hasta el más ignorante, desde el concebido no nacido hasta el anciano o enfermo “inútil” a los ojos del mundo, desde el más rico hasta el más pobre, desde el más famoso hasta el más olvidado, son igualmente amados por Él, valen exactamente el mismo precio que Cristo pagó en la Cruz por todos. Sin embargo, Dios sale al encuentro especialmente del más débil, del abatido. Quiere curar, sanar, rescatar y elevar al hombre de su miseria para hacer que participe de su misma naturaleza divina (ver 2 Pe 1, 4). Se fija especialmente en los pobres que se experimentan necesitados de Dios para enriquecerlos en la fe. Y así como Él no hace acepción de personas, tampoco debe hacerla el creyente. (2ª. lectura)

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Al milagro concreto de la curación del sordomudo se le puede dar una interpretación alegórica: el sordomudo es como un signo visible de todo ser humano afectado por el pecado. En efecto, el pecado vuelve al hombre sordo e insensible para escuchar a Dios mismo que le habla de muchas formas y maneras y lo vuelve mudo para proclamar sus maravillas.

Quizá muchas veces hemos pensado en medio de nuestra desesperación o impaciencia, o hemos escuchado decir a otras personas: “¡Dios no me escucha! ¡Quiero que me hable ya!” ¿Es que Dios es sordo a nuestras súplicas? ¿O acaso no nos habla? En realidad, no es Dios quien no nos escucha o habla, sino que somos nosotros quienes no sabemos o no queremos escuchar a Dios cuando nos habla. ¿No nos habla Dios a través de la creación (ver Rom 1, 20)? ¿No habló a través de los profetas (ver Heb 1, 1)? ¿No habla a todo hombre y mujer con potente voz en su Hijo amado, Jesucristo (ver Lc 9, 35)?

Dios también hoy nos habla de muchas maneras: a través de la Iglesia, a través de la Palabra divina leída en la Iglesia e interpretada de acuerdo a la Tradición y Magisterio de la Iglesia, a través de un texto o lectura de la Sagrada Escritura que llega en un momento oportuno, a través de una homilía o una plática, a través de una persona, a través de una “coincidencia” (o más bien habría que decir “Diosidencia”), en la oración, en una visita al Santísimo, etc. En fin, son muchas las maneras por las que Dios está tocando continuamente a la puerta de nuestros corazones. ¡A cada uno le toca abrir sus oídos y escuchar cuando Él habla!

Para escuchar a Dios que habla, es necesario acudir a Él para pedirle que nos cure de la sordera, es necesario purificar continuamente el corazón de todo vicio, pecado o apego desordenado, es necesario también hacer mucho silencio en nuestro interior. Asimismo hay que estar dispuestos a escuchar lo que Él me quiera decir, que no necesariamente es lo que muchas veces yo quisiera escuchar, lo que se ajusta a mis propios planes, proyectos personales o incluso caprichos.

Quien, liberado de esta sordera, escucha y acoge por la fe la Palabra divina con todas sus radicales exigencias y consecuencias, quien se adhiere a ella cordialmente y procura ponerla por obra en su propia vida, experimenta cómo esa Palabra poco a poco transforma todo su ser (ver Heb 4, 12) y experimenta también como se le suelta “la traba de la lengua” para que en adelante pueda proclamar las maravillas de Dios y anunciar el Evangelio de Jesucristo con sus palabras pero sobre todo con la vida misma, con una vida santa que en el cumplimiento del Plan de Dios se despliega y se hace un ininterrumpido canto de alabanza al Padre.