Vincularnos

Todavía estamos en pandemia que ha marcado nuestras vidas, y la historia, que determinará un antes, un durante y un después… como realidad que nos abrió un poco los ojos hacia una realidad de la que nos gusta ser ciegos: nuestra vulnerabilidad como personas. Somos seres frágiles, de una fragilidad que no solo requiere protección personal si no social. Como nos dijo el papa Francisco “Nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos”.

En el texto de hoy descubrimos que Jesús unió al inmenso poder de su palabra «Effetá», esto es: «Ábrete», y de su comunicación no verbal “mirando al cielo, suspiró”, la capacidad sanadora de sus manos, su saliva,… siempre un contacto de tú a tú, pese al tumulto rehúye las multitudes, “apartándolo de la gente a un lado”, esto es entre tú y yo, amigo sordomudo, ¿quieres curarte? ¿confías en mí? ¿dejas que mi saliva toque tu lengua? Jesús nos e anda por las ramas cuando de necesidades se trata.

Todavía en los últimos coletazos de esta tormenta, leer un texto en el que Jesús mete sus dedos en los oídos de un sordomudo y con su saliva le tocó la lengua, nos saca de esta normalidad aséptica donde hoy por hoy no existen besos, abrazos o contacto físico entre no convivientes. Pero más allá del contacto afectiva, podemos transmitir afectividad, podemos manifestar cariño, queremos vincularnos con las personas, ¿también con los sordos mudos? No habla obviamente de los físicos, si no de quienes viven sordos a la realidad del mundo, quienes asumen un silencio cómplice, miedoso, que permite que las cosas estén como estén, que nada mejore, todo siga igual, Pues sí, parece que Jesús también se acercaría hoy a estas personas que tanta pena y tristeza nos dan, y tantas veces porque no reconocerlo rabia, con quienes convivimos pensando ojalá despertaras ojalá vieras lo necesario, que sería tu papel desde otros parámetros.

Pero Jesús no tenía nunca esa mirada decepcionada que tenemos nosotros, en Jesús había confianza. Establecía un extraño vínculo con las personas no sólo acercándose a personas recién conocidas a quienes cambiaba gratuitamente la vida, a cambio del silencio respecto a su persona y su alabanza a Yahvé, si no con sus mismos discípulos a quienes quería de una forma extraña puesto que no le importaba su ceguera, su tozudez, sus normalizados esquemas mentales sobre el salvador. Jesús tejía vínculos fuertes que no consistían en lo que él quería, con quienes pensaban como él, le entendieran, respondieran a sus expectativas, estaba empeñado en confiar y querer.

Ojalá, si como nos decía el papa “La tempestad, (…) dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”, entendamos la necesidad de vincularnos con todos, no hemos sido creados para ser islas. Especialmente queramos vincularnos con las personas que peores situaciones viven, los empobrecidos, los sufrientes, los afincados en las periferias de nuestros mundos… que merecen más que nadie nuestro acercarnos, escuchar, escucharles mucho qué necesitan, y tratar de estar ahí en plena tormenta, confiando, sin expectativas, sin condiciones, sin pensar seré tu voz si tú…

Queramos vincularnos con todos esos hermanos y hermanas, mirar al cielo, suspirar, y desear con fuerza que se abran, que confíen, que su vida cambie… que sus males sanen, que sus ojos vean y sus voces se eleven.

Elena Gascón
Revista Dabar nº 48