Comentario – Sábado XXII de Tiempo Ordinario

(Lc 6, 1-5)

Cuando Dios pide algo al hombre es en realidad para bien del hombre, no porque él necesite imponer leyes. La Ley de Dios es liberadora, porque nos indica un camino para romper nuestras cadenas de esclavitud interior. Pero cuando esas leyes se absolutizan y las utilizamos para dominar a los demás y hacerlos sufrir, ya no cumplen la voluntad de Dios. Dios ama al hombre y desea su felicidad, su gozo, su plenitud. Por eso deberíamos buscar que nuestras costumbres y prácticas religiosas no sean una obligación que debemos cumplir, sino un medio para encontrarnos con Dios, para recibir su gracia, para encontrar la paz y su presencia. Las costumbres que no nos dejan vivir con alegría la fe y nos impiden servir a los demás con generosidad, no son más que esclavitudes que alejan del camino de la libertad.

Es cierto que encontramos en la Palabra de Dios el mandato de respetar el sábado, y que para la Ley de Dios violar el día de descanso era una falta gravísima (Núm 15, 32-36). También hoy respetamos un día de descanso consagrado al Señor resucitado, que es el domingo.

Pero la Ley de Dios nunca había llegado a decir que arrancar algunas espigas para comer violaba este descanso sagrado; esas exageraciones eran agregados de las tradiciones que los fariseos defendían como si fuesen también Palabra de Dios. La obligación de descansar era una forma de asegurar que el hombre viviera con dignidad, no se convirtiera en esclavo del trabajo, y tuviera un tiempo de serenidad para encontrarse con Dios en familia.

Jesús acude a la misma Palabra de Dios para defender a sus discípulos y mostrar su inocencia, haciendo ver que ninguna norma es absoluta. Porque también estaba terminantemente prohibido comer los panes sagrados que se ofrecían a Dios en el templo (Lev 24, 5-9), y sin embargo David lo había hecho en un momento de necesidad (1 Sam 21, 2-7).

Oración:

Señor, que me pediste que buscara el descanso para adorarte a ti y para reencontrar el sentido de mi trabajo, enséñame a trabajar con gozo en tu presencia y a quedarme descansando en tus brazos”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día