¡Effetá, ábrete!

1.- “Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará” (Is 35, 4) El miedo, Señor, nos acorrala a veces. Nos asusta la incertidumbre de un futuro poco claro, el peligro de ser atacados en la noche, la posibilidad de que esa enfermedad, cuyo nombre es tabú, nos muerda el cuerpo. Miedo a la muerte, miedo a la dificultad, a la prueba, a menudo tan penosa. No tengas miedo, no seas cobarde, llena de fortaleza tu corazón, anímate. Es preciso que levantes la mirada, que mires esa bondad sin límites de tu buen Padre Dios. Él es fuerte, muy fuerte, con un poder infinito. Lo puede todo, absolutamente todo. Y viene en persona.

No quiere valerse de intermediarios, quiere venir Él mismo hasta el lugar donde te debates, en tremenda lucha quizás… Mantente firme. No flaquees, resiste. Basta con que pongas todo el empeño que te sea posible, seguro de que Dios te ayudará. El está para llegar, y trae el desquite de tanta miseria. El te resarcirá, te salvará. Te dará la valentía necesaria para seguir caminando en la noche hacia el Señor de la Luz.

“Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará” (Is 35, 5) Ciegos, con los ojos vacíos, sumidos en una noche sin fin. Sin poder contemplar el color y la luz, la belleza radiante del viento y del sol, de los árboles y el agua. Así caminamos, como metidos en un túnel sin fin. Somos pobrecitos ciegos que no acaban de ver ese mundo luminoso que nos envuelve, la presencia inefable de ese Dios bueno y maravilloso que eres tú.

Y sordos. Insensibles a esa sinfonía de mil voces, de mil melodías sonoras que resuenan bajo la bóveda infinita de los cielos, en la tierra y en el mar. Tu voz, Señor, tu melodía sin nombre, tus palabras de esperanza y de amor se apagan, se estrellan, sin hacernos vibrar, ante la membrana enferma de nuestros oídos muertos.

Inmóviles, mudos. Sin pronunciar una palabra que pida auxilio, ayuda y compasión para tanta pobreza… Así estamos, Jesús, así estamos. Compadécete de nosotros, haz que se cumpla la palabra profética de Isaías. Da luz a nuestros ojos, sensibiliza nuestros oídos, comunica agilidad a nuestros miembros, palabras a nuestra lengua. Que nuestra tierra se llene de gozo: “Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial”.

2.- “Alaba alma mía al Señor” (Sal 145, 1) A veces la oración es un diálogo con uno mismo, realizado en la presencia de Dios. Y esto es lo que hace hoy el salmista, y lo que la Iglesia, nuestra Madre, nos invita a que hagamos nosotros también. Digamos, pues: Alaba, alma mía, al Señor. Sí, alábale con toda tus fuerzas, sin palabras quizá, pero con el corazón encendido, vibrante ante el pensamiento y la realidad de que Dios está a nuestro lado, muy cerca, amándonos con esa su fidelidad perpetua.

Él nunca falla, jamás se echa atrás en sus promesas, nunca engaña. Además, nos dice el salmo, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y libera a los cautivo… Nosotros, yo al menos sí, nos sentimos oprimidos con frecuencia, vemos que no se nos hace justicia, que no se justivaloran nuestras acciones o nuestras palabras. O nos sentimos hambrientos, con un hambre indefinida, pero cierta, una ansiedad difícil de expresar con palabras. En otras ocasiones nos vemos cautivos, sin cadenas de hierro, pero atados e inmóviles para querer, para hablar, o para actuar.

“El Señor abre los ojos a los ciegos” (Sal 145, 8) Muchas veces lo hizo nuestro Señor cuando estuvo en la tierra entre los hombres. Sí, muchos como Bartimeo, el mendigo de Jericó, sintieron el gozo de pasar de las tinieblas a la luz, de la oscuridad incolora a la gama luminosa de todos los colores, de un mundo sin formas a un país variopinto y multiforme. Y sobre todo, abrió muchas veces los ojos del alma para que el hombre descubriera el verdadero valor de las cosas, el sentido auténtico y luminoso de la vida, el camino que lleva a la felicidad perpetua, que comienza de forma parcial en esta vida, y llega a su culminación y plenitud en el más allá.

Además, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda, trastorna el camino de los malvados. El Señor, en fin, reina de edad en edad, tu Dios permanece eternamente… Ante todo eso, alma mía, alaba al Señor, alégrate hondamente al pensar en él, al sentirte junto a él, dentro de él.

3.- “No juntéis la fe en Nuestro Señor Jesucristo glorioso con la acepción de personas” (St 2, 1) La fe en Cristo es algo muy serio, algo que ha de comprometer nuestra vida, algo que ha de estar siempre presente en nuestro pensar, en nuestro decir y en nuestro hacer. Aquí Santiago insiste en la necesidad de no juntar la fe en Jesús con la acepción de personas, esto es, con la distinción de clases. No se puede creer en Cristo, e inclinarse injustamente en favor de unos o de otros. Para un creyente todos los hombres son dignos de consideración y de respeto. Ni se puede menospreciar al pobre por serlo, ni se puede favorecer al rico por el mero hecho de que tenga dinero.

Ni tampoco se puede hacer lo que algunos hacen: Despreciar al rico e idolatrar al pobre. Estuvo de moda en ciertos sectores el hablar de justicia social, hablar mal de los que tienen más, y perorar con demagogia a favor de quienes tienen menos. Tan injusto es despreciar al rico sin más, como defender al pobre sin sopesar antes su conducta. Tan acepción de personas, o favoritismo, es una cosa como otra.

“Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterio malo?” (St 2, 4) Lo triste es que la mayoría de las veces todo el perorar en favor del pobre se limita a eso, a perorar. No conozco a nadie que se convierta de pronto en líder de lo social y que dé lo que tiene a los pobres. Porque, como muy bien dice el refrán, una cosa es predicar y otra dar trigo… Con lo cual se vive de manera inconsecuente, de forma hipócrita y falsa. Totalmente en contra de lo que Cristo ha predicado y vivido.

Es difícil guardar el equilibrio, ser justo según Dios. No obstante hay que intentarlo. Hay que luchar por amar a todos de verdad. Y decirle al rico, porque se le ama, que, además de ser justo, ha de ser desprendido y generoso en favor del necesitado, si de veras quiere ser cristiano. Y también decir al pobre, porque se le quiere, que ha de mirar la pobreza no como una condena, sino como una situación que Cristo mismo vivió, como algo que redime y salva. Y de paso añadir que tiene que trabajar para salir de la pobreza, que hay que luchar para ganarse honradamente una posición más holgada y ventajosa. Pero con una lucha noble, sin amargura ni resquemores, sin odio… Y tener presente, tanto el rico como el pobre, que Dios es nuestro Padre providente y justo, que nos dará a cada uno la verdadera riqueza, según nuestras propias obras.

4.- “Y al momento se le abrieron los oídos…” (Mc 7, 35) Jesús recorre las regiones limítrofes de Palestina. Es cierto que su misión se centraba en Israel, pero también es verdad que él había venido para salvar a todos los hombres. Por eso en ocasiones alarga su palabra y sus obras hasta la tierra de los paganos. Es una primicia gozosa de esa redención que proclamarán a los cuatro vientos sus apóstoles, después de morir y de resucitar Jesús, prendiendo así hasta el último rincón del mundo ese divino fuego que él había venido a traer a la tierra.

En esta ocasión que nos presenta el Evangelio a Jesús haciendo el bien, lo mismo que ocurría siempre, por donde quiera que él pasara. Hoy se trata de un sordomudo al que Jesús cura. El silencio y la soledad de aquel pobrecillo se quebró de pronto. Por sus oídos abiertos ya, penetró el sonido armonioso de la vida. Su corazón, callado hasta entonces, pudo florecer hacia el exterior y comunicar su alegría y su gratitud. ¡Effetá!, dijo Jesús, esto es, ábrete. Son palabras que conservan toda la frescura de la vez primera que fueron pronunciadas. Palabras que durante mucho tiempo formaron parte de la liturgia del Bautismo.

Con ellas el sacerdote abría el oído del catecúmeno a las palabras de Dios, le capacitaba para escuchar el mensaje de salvación. Con ello se vencía la sordera congénita que el hombre tiene para escuchar con fruto el Evangelio. De este modo se rompía el aislamiento que la criatura humana tenía para lo sobrenatural; sordera ante esa armonía de la divina palabra, portadora del gozo y la paz, germen de amor y de esperanza, de felicidad y de consuelo.

Con el tiempo y la malicia del hombre, no curada del todo, los oídos vuelven a entaponarse y originan otra vez la cerrazón para oír al Señor. Y junto con la sordera, la incapacidad para hablar. Se levanta entonces un muro más impenetrable que el anterior, que nos aísla y nos aplasta, nos incomunica y nos deja tristemente solos.

Es preciso en esos momentos clamar a Dios con toda el alma, desde lo más hondo de nuestro ser, sin palabras quizá, con torpeza y balbuceos; pedir a Nuestro Señor Jesucristo que vuelva a tocar nuestros oídos y nuestros labios para que se derrumbe el silencio que nos atormenta y nos destruye. Vayamos al sacerdote con toda humildad y confesemos nuestros pecados, acerquémonos limpios de toda culpa a la Sagrada Eucaristía y oiremos la voz del Maestro que, apiadado de nuestro mal, nos dice: ¡Effetá!

Antonio García Moreno