Nunca ha habido más sordos y más mudos

1. – Miles de satélites por los aires. Nuevos cables submarinos por todos los mares. Autopistas que unen naciones. Facilidades de paso por las fronteras. Todo nos lleva a una mayor comunicación y sin embargo nunca ha habido más sordos ni más mudos.

Tantas ondas, tanto ruido ha estropeado nuestro tímpano y cada vez somos menos capaces de oírnos y de oír a los demás. Y el que habla abre y cierra la boca como en el cine mudo, no nos parece que pronuncia palabras inteligibles, porque nadie le presta atención.

Nunca ha habido tanta soledad. Soledad de los ancianos que, o viven solos, o en medio de las familias no encuentran a quien contar sus batallitas. Los esposos no se entienden con los hijos y no pocas veces entre ellos. Los jóvenes nos acusan de que los mayores no les entendemos.

Sea por nuestro propio egoísmo, sea por las desilusiones que nos hemos llevado con lo demás, sea porque nos sentimos llenos de problemas y no nos basta con los propios para ocuparnos de los demás, el caso es que en la era de las comunicaciones estamos incomunicados unos con otros. El contacto de Tú a Tú va pasando a ser pieza de museo, o motivo de novela romántica.

2. – Nunca ha tenido más actualidad el grito de Jesús al sordomudo del evangelio: “¡ÁBRETE!”

* Ábrete al hombre, abre tu corazón y sal al encuentro de los hombres que te necesitan y tú necesitas.

* Ábrete al hombre que te ofrece su amistad

* Ábrete al que necesita tu cariño

* Ábrete al que tiende su mano hacia ti en espera de ayuda

* Ábrete y escucha al que te cuenta esos problemas que nadie más puede contar

* Ábrete al que necesita tus palabras de consuelo, sal de tu mudez y deja oír tus palabras

* Ábrete sobre todo a ese Señor que habla quedito en lo hondo del corazón, apártate de la muchedumbre de vez en cuando, como Jesús apartó al sordomudo para hacerle oír su voz.

3. – En realidad nunca estamos incomunicados con el Señor si sabemos acallar tanto ruido y tantas voces a nuestro alrededor y prestamos atención a la voz tenue de nuestro Dios que no nos habla ni por radio, ni por televisión, sino en lo hondo del corazón. Comencemos por dejar resonar en el corazón ese “¡ÁBRETE!” de Jesús.

José María Maruri, SJ