Homilía – Domingo XXIV de Tiempo Ordinario

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Punto crucial en el evangelio de Marcos

Dicen los entendidos que el pasaje que leemos hoy en el evangelio de Marcos es como el final de su primera parte y punto de flexión hacia la segunda. Pronto dejará Galilea y emprenderá la subida a Jerusalén.

Había empezado el libro anunciando: “comienzo del evangelio de Jesús el Cristo (el Mesías), Hijo de Dios”. Hoy leemos la primera confesión clara de Pedro: “Tú eres el Mesías”. Al final escucharemos la sorprendente afirmación del centurión romano: “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Mesías e Hijo de Dios.

También leemos hoy el primero de los anuncios que Jesús hace, “con toda claridad”, de su pasión, muerte y resurrección, preparada por el canto del Siervo de Isaías, y la reacción espontánea de Pedro.

Estamos en el punto central del evangelio: se trata de la recta interpretación de la persona y de la misión de Jesús.

Isaías 50, 5-9a. Ofrecí la espalda a los que me apaleaban

De los cuatro “cantos del Siervo de Yahvé” que nos ofrece Isaías, leemos hoy el tercero, en el que subraya expresivamente las contradicciones que el Siervo tendrá que sufrir en el ejercicio de su misión: “me apaleaban… mesaban mi barba… ultrajes y salivazos”.

Es admirable la serenidad que le infunde al Siervo, ante ese panorama, la confianza que tiene en Dios, “sabiendo que no quedaría defraudado”. “¿Quién tiene algo contra mí? Que se me acerque. El Señor me ayuda, ¿quién me condenará?”.

También el salmista sabe lo que son las situaciones difíciles: “me envolvían redes de muerte, caí en tristeza y en angustia”. Pero también a él le salva la confianza en Dios: “el Señor escucha mi voz suplicante… arrancó mi alma de la muerte… estando yo sin fuerzas, me salvó”. Y está seguro que “caminará en presencia del Señor en el país de la vida”.

 

Santiago 2,14-118. La fe, si no tiene obras, está muerta

Santiago sigue planteando temas muy concretos en su carta. Esta vez es la relación entre fe y las obras.

¿Cómo puede salvar una fe sin obras?: “la fe, sin obras, por sí sola está muerta”. Pone una comparación expresiva: el que a un pobre que está medio desnudo y hambriento, le consuela sólo con palabras: “Dios te ampare, abrigaos y llenaos el estómago”, pero no hace nada para ayudarle de hecho: ¿de qué sirve?

 

Marcos 8, 27-35. Tú eres el Mesías… El Hijo del hombre tiene que padecer mucho

La página de hoy es como el centro de todo el evangelio de Marcos. En Cesárea de Felipe, Jesús hace, ante todo, como un sondeo o encuesta sobre lo que dice la gente de él. En seguida su pregunta interpela a los doce: “y vosotros ¿quién decís que soy yo?”.

La respuesta de Pedro es espontánea y decidida, más breve que en Mateo: “Tú eres el Mesías”. “Mesías” es el término hebreo que en griego se traduce por “Cristo” y en castellano “Ungido”. Sigue el mandato del “secreto mesiánico”, porque la gente todavía no está preparada para entender su identidad profunda.

En seguida se ve que Pedro no ha respondido con una fe madura. Porque, cuando Jesús les anuncia por primera vez “con toda claridad” su pasión, muerte y resurrección, Pedro reacciona “increpando” a Jesús porque eso no cabe en la concepción que él tiene del Mesías. Y recibe una respuesta muy dura: Jesús, a su vez, “increpa” a Pedro y le llama “Satanás”, porque no piensa como Dios, sino como los hombres.

Jesús, además, extiende a todos sus discípulos el estilo con que hay que entender el mesianismo: “el que quiera seguirme, cargue con su cruz y que me siga”.

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¿Quién es Jesús para nosotros?

La pregunta estaba continuamente presente en los capítulos anteriores del evangelio: ¿quién es este? ¿no es este el carpintero? ¿quién es este para perdonar pecados? ¿quién es este a quien los vientos y el mar le obedecen?

Ahora la pregunta se hace explícita y la pone el mismo Jesús: “¿quién dice la gente que soy yo?”. Y, en seguida, más directamente: “y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.

Hemos ido leyendo en los capítulos anteriores unas reacciones muy variadas ante la persona, la doctrina y la actuación de Jesús: desde el estupor, la admiración y la alabanza hasta la persecución y la decisión de eliminarlo.

Ahora, en Pedro, esta reacción llega al acto de fe, a la profesión de que es el Mesías, el Ungido de Dios, el esperado, por tanto, durante tantos siglos.

Es una pregunta clave también hoy: ¿quién es Jesús para la gente? ¿quién es para nosotros, para mí? La fe en Cristo exige una opción personal.

También hoy podemos constatar que hay todo un abanico de posturas e interpretaciones de la figura de Jesús. Junto a los que le rechazan o no creen en él o simplemente le ignoran, están los que le admiran como un gran hombre, un profeta admirable o un modelo de entrega por los demás. Para nosotros seguramente es algo más: él es el Mesías, el Ungido de Dios, más aún, el Hijo de Dios, el hombre en quien habita la plenitud de la divinidad. Por eso creemos en él, le amamos, le intentamos seguir, porque es él quien da sentido a nuestra existencia.

Nos podemos espejar en ese apóstol que se ha constituido en portavoz de los demás, Pedro, que todavía no está maduro, y que en la Pasión de Jesús tendrá momentos incluso de traición y negación. Pero irá madurando, sobre todo por la Pascua y la venida del Espíritu, y comprendiendo más en profundidad a Jesús, y terminará por entregar su propia vida por él.

 

Cómo entendía Jesús su misión de Mesías

Pero hay otro paso. Podemos preguntarnos con sinceridad si de veras aceptamos a Jesús en toda su profundidad, o con una selección de aspectos según nuestro gusto, como hacía a veces Pedro. Claro que “sabemos” que Jesús el Mesías y el Hijo de Dios. Pero una cosa es saber y otra, aceptar su persona juntamente con su doctrina y su estilo de vida, incluida la cruz y la entrega por los demás.

A Pedro le pasó, como seguramente también a los otros apóstoles, que tenían del Mesías una concepción más política que religiosa, más de liberación nacionalista, contra los romanos, que la del Reino tal como Jesús lo entendía. Lo que a Pedro le valió unas de las palabras más duras que leemos en el evangelio: “¡quítate de mi vista, Satanás! ¡tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Ser como Satanás significa que Pedro, sin quererlo, le estaba tentando a Jesús a que no aceptase el plan de Dios, sino que siguiera las apetencias humanas que buscan el éxito y la victoria.

No entendieron el misterio de la personalidad de Cristo. Sobre todo no entendieron, o no quisieron entender, que el camino del Reino fuera la cruz. Se ve que también ellos, y no sólo “la gente”, necesitaban el “secreto mesiánico”, porque tampoco ellos estaban maduros para entender sin equívocos el anuncio de Jesús. Su “mentalidad” (“tú piensas”) está todavía inmadura. Aunque iba unido al anuncio de la resurrección: pero en esto no se fijan, porque no acaba de entrarles en la cabeza que su Maestro, el Mesías, pueda fracasar.

No es por masoquismo: el dolor por el dolor. Sino porque Dios ha querido salvar a la humanidad entregando a su propio Hijo en solidaridad con todos los hombres, que son los que merecían el castigo por su pecado. A Jesús tampoco le gustaba el sufrimiento, y tuvo pavor ante la muerte, y suplicó a su Padre, “con gritos y lágrimas”, como dice la carta a los Hebreos, que le librara de ella. Pero aceptó el plan salvador de Dios por solidaridad absoluta con la humanidad.

No sólo tenemos que aceptarle como Mesías, sino también como el Siervo que se entrega por los demás, que no se echó atrás ni ante los que le apaleaban o mesaban su barba o le inferían ultrajes o le escupían, como hemos escuchado en Isaías y sabemos, sobre todo, de los impresionantes relatos evangélicos de la Pasión.

 

Tome su cruz y sígame

A Pedro le gustaba lo que pasó en el monte Tabor y la gloria de la transfiguración, y allí quería hacer tres tiendas. Pero no le gustaba el monte Calvario con su cruz. ¿Hacemos nosotros una selección semejante? ¿mereceríamos también nosotros el reproche de que “pensamos como los hombres y no como Dios”?

Hoy nos explica Jesús, para que nadie se lleve a engaño, qué significa seguirle como discípulo, y sus palabras no son muy optimistas: “el que quiera venirse conmigo, a) que se niegue a sí mismo, b) que cargue con su cruz c) y me siga”. Con la añadidura de que d) “el que quiera salvar su vida, la perderá, y e) pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”.

Es una opción radical la que se pide al discípulo de Jesús. Creer en él es algo más que saber cosas o rezar. Es seguirle existencialmente. El no nos promete éxitos ni seguridades y nos advierte que su Reino exige un estilo de vida difícil, con renuncias, con cruz. Igual que él no buscó prestigio social o riquezas o el propio gusto, sino el bien de todos, que le llevará a la cruz. Ya avisó Jesús que los caminos del discípulo no pueden ser distintos del de su Maestro.

A todos nos gustan más aquellos aspectos del evangelio que nos resultan consoladores, fáciles de incorporar a nuestra mentalidad. Seguir a Jesús es profundamente gozoso y es el ideal más noble que podemos abrazar. Pero es exigente. Ciertamente nosotros no le seguimos con cálculos humanos y comerciales: “el que quiera salvar su vida…” se llevará un desengaño. Porque los valores que nos ofrece él son como el tesoro escondido, por el que vale la pena venderlo todo para adquirirlo.

Él le pide a su discípulo negarse a sí mismo, cargar con la propia cruz y seguirle en su camino. Tampoco aquí es el dolor por el dolor, o la renuncia por masoquismo; sino por amor, por coherencia, por solidaridad con él y con la humanidad a la que también nosotros queremos ayudar a salvar. Es como la amistad y el amor, que para ser verdaderos, exigen sacrificio y renuncias.

Todo esto supone en nosotros también una gran confianza en Dios, como la que muestra el Siervo cantado por Isaías, o el salmista en el salmo de hoy, y Jesús mismo en el momento crucial de su entrega: “el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?”, “el Señor es benigno y justo, estando yo sin fuerzas, me salvó”, “arrancó mi alma de la muerte”, “a tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.

 

La fe sin obras es muerta

En verdad es expresivo el ejemplo que pone Santiago de lo vacías que pueden ser las palabras y la fe si no van acompañadas de las obras.

Si uno, al que tiene hambre o frío, se conforma con decirle “que Dios te ampare”, “ánimo, vístete, y come”, y no da ningún paso para socorrerle de hecho, es evidente que no tiene auténtica caridad.

Nuestra fe en Cristo y nuestra pertenencia a su comunidad se podrían quedar en puras palabras si no les sigue una vida coherente. Si hablamos mucho de “amor”, de “democracia”, de “comunidad” y de “derechos humanos, pero luego en la práctica no nos portamos como hermanos o como cristianos, nuestras palabras con vacías. Exactamente igual que al que Santiago describe con un tono un poco caricaturesco.

Esta afirmación de Santiago no va en contra., naturalmente, de la que repite Pablo en sus cartas, que no son las obras las que salvan, sino la fe en Jesús. Santiago supone esta fe, pero insiste en que para ser salvadora, tiene que llevar a consecuencias prácticas. Pablo se opone al excesivo aprecio que muestran los fariseos de las obras de la ley de Moisés, y casi pretenden conquistas la salvación por sus obras: él resalta que es Cristo Jesús y la fe en él quienes salvan. Ni Santiago absolutiza las obras, ni Pablo está invitando a una fe sin obras, divorciada de la vida.

La consigna de Santiago se parece a la de Juan: “Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino con obras y de verdad” (Un 3,18), y la del mismo Jesús: “no el que dice: Señor, Señor, sino el que cumple la voluntad de mi Padre…” (Mt 7,21).

José Aldazábal
Domingos Ciclo B