Comentario – Martes XXIII de Tiempo Ordinario

(Lc 6, 12-19)

Jesús pasó la noche orando. No es raro que Lucas nos cuente esto, porque el tema de la contemplación es uno de los más presentes en todo su evangelio. A Lucas le gusta presentar a la madre de Jesús como una mujer contemplativa, le agrada destacar que la gente alababa a Dios por los prodigios de Jesús, etc.

Es interesante este detalle, porque Lucas es al mismo tiempo el evangelio de la misericordia. Y así vemos que la contemplación y la acción no se oponen entre sí, sino que deben estar íntimamente unidas. La misericordia con el hermano no es puro activismo sin espíritu, y la oración no debe ser una forma de escaparse de los compromisos con el hermano.

Y aquí es Jesús mismo el que ora, y se pasa toda la noche en diálogo íntimo con Dios Padre. Jesús mismo, en su corazón humano, necesitaba buscar ese tiempo de intimidad orante, y no le bastaba una hora. Toda la noche.

Pero la importancia de esa noche de oración se advierte en lo que sucede después. Jesús “llamó a sus discípulos, y eligió entre ellos a doce”. Los eligió. No los llamó al azar, no designó a doce porque sí; su llamado era el fruto de una elección que había sido madurada en toda una noche de encuentro con su Padre.

Pero no eligió a los doce apóstoles para entretenerse con ellos, o para crear una élite privilegiada, porque inmediatamente Jesús baja con ellos a encontrarse con los demás discípulos y con una gran multitud, para enseñarles y curarlos de sus males. Es importante advertir que la gente no lo buscaba solamente para ser curados, sino también para escuchar su enseñanza.

Oración:

“Jesús, enséñame a orar, enséñame a encontrarme con el Padre Dios, a dedicarle mi tiempo, a consultar con él mis decisiones importantes. Para que mi vida no transcurra en la superficialidad, sino en la profundidad”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día