Comentario – Viernes XXIII de Tiempo Ordinario

(Lc 6, 39-42)

Al que desea agradar a Dios, el evangelio lo invita a no buscar tanto la perfección en otros ámbitos de su ser y de su vida, sino sobre todo en la compasión y en la misericordia; ésa es la belleza que más cautiva a Dios y parece disimular un poco las sombras y defectos de nuestras acciones.

Este texto evangélico nos invita a tratar de descubrir nuestra propia miseria, esa que tantas veces nos escondemos a nosotros mismos, para que así podamos valorar la exhortación a usar con el hermano la medida compasiva que esperamos que usen con nosotros. De este modo se nos indica que, cada vez que intentemos ayudar a otro, tratemos primero de tomar conciencia de nuestros propios pecados, de manera que nos acerquemos al hermano con una profunda humildad y con un deseo sincero de su bien, no como maestros o salvadores que se sienten dignos de señalar los defectos ajenos. Sólo reconociendo sinceramente nuestra propia pequeñez podemos mirar a los demás con la mirada limpia de Dios, que siempre es de misericordia.

Dios no ha llamado a sus hijos a ser jueces implacables que miran a los demás con la medida de la ley y se fanatizan en un permanente moralismo. Porque de esa manera, violan lo más importante de la ley de Dios, la misericordia, cayendo en un pecado peor que los que critican. Impacientes con los defectos y errores ajenos, mirándolos con malos ojos y corazón amargo, deseando que se ajusten a los propios esquemas, de alguna manera se está declarando a los demás indignos de ser amados. Dios en cambio, es compasivo, infinitamente paciente, y es el creador de la diversidad, es el autor de esa variedad que tanto nos cuesta tolerar. Como exhorta San Pablo en Rom 14: “Sean comprensivos con el que es débil en la fe” (v. 1). “¿Con qué derecho juzgas a tu hermano y lo desprecias? Todos estaremos ante el tribunal de Dios” (v. 10).

Oración:

“Ilumíname Señor, tócame con el poder de tu gracia, para que reconozca mi propia miseria, la miseria de donde me has sacado y la miseria que muchas veces me escondo a mí mismo; para que reconociéndola, pueda mirar con ternura y compasión los defectos ajenos”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día