Comentario – Sábado XXIII de Tiempo Ordinario

(Lc 6, 43-49)

El corazón tiene gran importancia en la Biblia, porque es la sede de las decisiones más profundas del hombre. En el corazón están las verdaderas intenciones, no lo que uno aparenta. Las acciones y palabras que son verdaderamente buenas y agradables a Dios son las que brotan de un corazón bueno, que realmente guarda amor, generosidad y es bien intencionado. El bien nace de adentro, cuando el interior fue renovado por la gracia de Dios.

Sin embargo, el texto paralelo de Mt 12, 33-37 nos dice que tendremos que rendir cuentas no solamente de las intenciones del corazón, sino también de nuestras palabras. Si leemos Santiago 3, 1-12 podemos advertir el valor que tiene el cuidado de la lengua y el mal que se puede hacer con la lengua.

El texto de Lucas no se refiere al valor de las palabras, pero tampoco se queda solamente en las intenciones del corazón, ya que indica que “cada árbol se reconoce por su fruto”. Si bien lo más importante es el corazón, las obras exteriores ayudan a discernir lo que hay realmente en el corazón, porque las intenciones que no se traducen en obras buenas tampoco son auténticas. Por eso, a continuación, el texto nos recuerda que la Palabra de Dios debe ser puesta en práctica.

En la Biblia aparece una profunda relación entre el corazón y la lengua, o entre el corazón y la mano; no hay un corazón bueno si no llega a expresar esa bondad en las palabras (lengua) y en las obras (mano). Aunque es cierto que puede haber palabras y obras aparentemente buenas, pero cuando el corazón es malo no nos sirven de nada. La relación que debe haber entre ambas cosas está bellamente expresada en el himno de 1 Cor 13; allí dice San Pablo que todo lo que hagamos no tiene valor, por más grande que sea, si no hay amor (13, 1-3), pero luego afirma que ese amor debe expresarse hacia fuera: debe ser paciente, servicial, etc. (13, 4-7).

Oración:

“Señor, transforma mi corazón con tu gracia para que se llene de bondad y broten de él obras bellas que sean de tu agrado. No permitas que caiga en la falsedad ni que me quede sólo con las buenas intenciones, sino que te adore con toda mi vida

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día